Actualizado Mi�rcoles,
julio
21:31A Gerturde Stein le vino bien nacer en una rica familia jud�a norteamericana, de origen austriaco, para concretar la biograf�a que desde los 15 a�os decidi� que ser�a la suya: existir rodeada de est�mulos intelectuales, de genios a los que pasar la mano por el lomo y convocar alrededor de su tresillo lo mejor de la cultura mundana de aquel Par�s de 1910 (el de la irrupci�n del cometa Haley en la �rbita de la tierra, fotografiado por primera vez), el de 1920, el de 1930, hasta que la II Guerra Mundial termin� con su fiesta. Gertrude Stein se instal� en 1903, poco antes de cumplir los 30, en una casa de dos plantas y jard�n en la rue de Fleurus 27, junto a los Jardines de Luxemburgo. Ven�a de Londres, pero naci� en el condado de Allegheny (Pensilvalnia) en 1874. Tuvo cuatro hermanos. A los 14 a�os ya era hu�rfana de padres. Estudi� en EEUU. Tuvo varias amantes en los campus universitarios. A Europa entr� por Inglaterra y no volvi� a salir del continente.Aquella muchacha de fortuna, con una base fuerte donde asentar la autoestima, coexisti� en un Par�s efervescente y entusiasta con una turba de artistas y escritores de vocaci�n hambrienta que intentaba hacerse el sitio en una ciudad atestada de creadores. Alrededor del pabell�n que levant� en el jard�n de su casa reuni� con esmero un cartel de genios arrebatados en el que no faltaba nadie: desde los tarambanas de la Generaci�n Perdida, Hemingway y Scott Fitzgerald, a los experimentales como Joyce y los poetas Guillaume Apollinaire y Ezra Pound (que en una de las cenas se comi� todos los tulipanes rojos que decoraban la mesa para hacerse notar), pasando por surrealistas tipo Man Ray, cubistas como Braque, para rematar el �ltimo piso de la tarta con los dos bisontes de aquellos encuentros alrededor de la estufa de la Stein: Picasso y Matisse. En p�blico mostraban una cortes�a mutua y en privado el hondo recelo que incuba la competici�n.Para saber m�sLa extravagancia de Gertrude Stein no se alimentaba de la prote�na fr�vola de otras millonarias que alcanzaban el �xtasis encargando Rolls Royce a medida, a la manera de Barbara Hutton. Ella, robusta de personalidad, irradiaba un cosmopolitismo de muchas lecturas adobado con las conversaciones acumuladas entre las paredes del pabell�n del jard�n, donde recib�a los s�bados. All�, junto a su pareja Alice B. Toklas y su hermano Leo, fue acumulando manuscritos propios y ajenos, pintura, escultura, fotograf�a... Y cajas de vino y champ�n para saciar a los sedientos artistas que se atropellaban si en alg�n momento se le volaba el sombrero a la anfitriona y hab�a que lanzarse de cabeza al suelo para rescatarlo. De alguna manera cambi� la suerte de aquellos pintores y escultores buscavidas. Fue de las primeras coleccionistas de C�zanne, Picasso, Matisse, Picabia, Juan Gris. Y manejaba un humor desentendido de las convenciones del humor. En sus memorias escribi�: "Una de las cosas que m�s me han gustado en estos a�os es estar rodeada de gentes que no saben ingl�s. Esto me ha dejado m�s a solas con mi vista y con mi ingl�s". Y cuando alguien le alab� algo de las rosas cultivadas en el jard�n respondi�: "Una rosa es una rosa es una rosa es una rosa". Este verso de orden dada�sta se lo celebraron mucho.El �xito social de Gertrude Stein se debe a que permite sentirse plenamente artistas a los artistas que estaban hambreando por Par�s. Alimentaba con su narcisismo de mecenas generosa el ego enflaquecido de los otros. Todos la retrataron con af�n de ganarse su favor, pero s�lo Picasso la someti� a la tortura de posar unas 90 veces para hacerle su retrato, el �nico, el universal. Era 1906. Entonces el pintor viv�a en un galp�n del Beateau Lavoir con olor a lej�a, donde pint� un a�o despu�s la tela con la que parti� en dos la pintura del arranque del siglo XX, Las se�oritas de Avignon. Con incontenible ansiedad, Stein pidi� en distintas ocasiones ver el proceso de aquel retrato. Picasso se lo neg� hasta que estuvo rematado. Y ese d�a el estupor de esta mujer cult�sima y dif�cil de asombrar rebot� contra las paredes de la casa/taller del malaguelo: "Monsieur Picasso, no me parezco en nada". La respuesta es formidable: "Madame Stein, ya se parecer�". Y acab� pareci�ndose. El cuadro cuelga en una sala del Metropolitan de Nueva York. Lo dej� ella en su testamento para el gran museo de Manhattan abriendo as� otra puerta de oro a Picasso.Aquel ideal de vida que Gertrude Stein se marc� en la adolescencia se fue cumpliendo. Ser absolutamente millonaria le permiti� ejercer una osad�a de pionera sin miedo a descalabrarse. Compr� obras de todos aquellos pintores que en los a�os locos y felices en que Par�s parec�a una fiesta no quer�a casi nadie. Acert� de lleno. Dos de los grandes cuadros de aquella �poca colgaron de la pared de su casa: Las se�oritas de Avignon, con el que Picasso parti� en dos las aguas de la pintura del siglo XX, y Joie de vivre, una pieza fenomenal y festiva de Matisse. De echo, el del malague�o sustituy� al del franc�s despu�s de una envolvente de Picasso para que su pieza tuviese lugar de preferencia en la casa de la calle Fleurus 27.Gertrude Stein, que termin� contagi�ndose del af�n experimental de algunos de sus invitados, public� unas memorias muy bien surtidas de aventura y chisme centradas en esos a�os circulares y radiantes de cuando los artistas de Montparnasse le hac�an en casa de gato de angora: Autobiograf�a de Alice B. Toklas, tomando de protagonista de su propia memoria a su amante. En 1935 viaj� a EEUU durante un a�o despu�s de 30 de ausencia. Regres� a Francia, pero ya nada era igual. Poco despu�s estall� la Segunda Guerra Mundial y march� a vivir al campo con Alice. Lo que ocurri� despu�s s�lo es muerte y destrucci�n. De aquellos tiempos de champ�n y risas s�lo quedaban los reflejos en un ojo dorado.








