Este año se cumplen 75 años de la muerte de Wittgenstein, uno de los filósofos más celebrados del siglo XX. La huella de su pensamiento se difundió desde Cambridge hacia el mundo, incluyendo nuestro país. Como suele ocurrir con algunos pensadores y artistas recordados, la singularidad de su personalidad es tan atrayente como su propia obra. La extrañeza del individuo Wittgenstein siempre despertó curiosidad. Antes de la Primera Guerra Mundial, su primer interés era la ingeniería aeronáutica. Luego lo apasionó la filosofía de las matemáticas. Estudió entonces en Cambridge bajo la tutela de Russell, el destacado humanista, lógico y matemático. Hay que imaginar quizás una primera situación: las bombas caen entre las trincheras. Los soldados cubren el suelo, muertos o heridos. Alguien está al borde de la Tierra de nadie, esperando su turno para atacar. Tiene miedo, pero no se inmoviliza y ninguna bala lo alcanza. Ve lo más horroroso. Lo acompaña una copia de El Evangelio resumido de León Tolstói. Lo lee muchas veces. Lo apodaban “el hombre de los evangelios”. Pero es Wittgenstein.
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