“Ludwig no conoció las tecnologías modernas, pero sabría que multiplican su punto por 10”. ILUSTRACIÓN: BRAULIO MONTES
M+ Mi interés por escribir sobre el significado del amor y la felicidad surge de mi deseo de entender más profundamente estos aspectos de la vida y compartir con otros la comprensión que logre alcanzar. Confieso que a veces resulta una tarea frustrante, pues siento que nunca logro captar la esencia de estas sublimidades; las palabras siempre me parecen insuficientes. Durante mucho tiempo creí que en algún momento —tal vez después de escribir un millón de palabras más— finalmente lograría expresar adecuadamente lo que busco.El filósofo austriaco Ludwig Josef Johann Wittgenstein, quien falleció en 1951, probablemente me habría dicho que estaba equivocado. El escritor y también filósofo Bertrand Russell consideró la obra de Wittgenstein como “tal vez el ejemplo más perfecto que he conocido de genio en su concepción tradicional: apasionado, profundo, intenso y dominante”. Sin embargo, Wittgenstein no nos dejó mucho de ello. En su vida, publicó un único libro de filosofía, el Tractatus Logico-Philosophicus, de apenas 75 páginas. En él, Wittgenstein explicaba que el lenguaje jamás puede transmitir la comprensión plena de la vida. “Los límites de mi lenguaje”, escribió, “significan los límites de mi mundo”.Sin duda, Wittgenstein era consciente de la ironía de plantear este argumento a través del lenguaje. Pero al hacerlo, ofreció un camino para ir más allá de las palabras y comprender, en definitiva, la esencia inefable de lo que buscamos.La comunicación humana está plagada de malentendidos, como han observado desde hace tiempo los científicos sociales. Investigadores que publicaron en el Journal of Experimental Social Psychology, demostraron en 2011 que las personas malinterpretan el significado que otros pretenden transmitir, especialmente entre conocidos cercanos como familiares y amigos. Los investigadores descubrieron que los que hablaban con desconocidos se comunicaban con mayor claridad que los que lo hacían con personas cercanas, creyendo —erróneamente— que estas últimas comprenderían las frases ambiguas debido a su estrecha relación. Entonces, ¿cuáles son las probabilidades de que comprendas correctamente la siguiente cosa que te diga tu pareja? La comunicación digital empeora la situación porque elimina las señales no verbales.Una explicación que ofrecen los psicólogos como causa común de malentendidos es el razonamiento motivado, en el que nuestros propios deseos y creencias determinan lo que percibimos como verdadero, en lugar de lo que nos dice otra persona. Por ejemplo, cuando tu pareja te pregunta inocentemente qué has estado haciendo hoy, podrías interpretar erróneamente esto como una expresión de sospecha, porque, de hecho, has estado haciendo algo que no aprobaría.Mientras que los psicólogos ven el problema como una cuestión de narradores poco confiables y oyentes distraídos, Wittgenstein, como filósofo, consideraba que el lenguaje mismo era inherentemente imperfecto. Creía que las palabras eran insuficientes para la tarea de transmitir verdades sutiles, ideas metafísicas o cualquier experiencia subjetiva. Esto se debía a que el lenguaje no es más que un modelo rudimentario del mundo: un revoltijo de sonidos o símbolos que representa la realidad subyacente de la existencia con la misma precisión con la que un mapa en el teléfono representa un bosque por el que se camina. La vista de árboles altos, el olor a pino, la soledad que se busca no tienen prácticamente nada que ver con el garabato en la pantalla que marca toscamente el sendero.Wittgenstein nunca conoció nuestras tecnologías modernas de comunicación, pero seguramente se daría cuenta de que multiplican su punto por 10. Sopesa cuánto te dicen realmente una abreviatura de un mensaje de texto y un emoji sobre lo que hay en el corazón de tu amado. LOL, no mucho, ¿verdad?La propuesta de Wittgenstein tiene importantes implicaciones para la felicidad, porque los malentendidos reducen nuestro bienestar. Por ejemplo, los experimentos muestran cómo no ser comprendido por los demás reduce la satisfacción que los participantes reportan en actividades posteriores. Aún más profunda, su conclusión sobre la insuficiencia del lenguaje sugiere que nunca comprenderemos el verdadero significado de nuestras vidas leyendo o hablando de él.¿Cómo vamos a escapar de esta maraña de confusión y malentendidos? Encontrar el significado sin las palabras sugiere que debemos buscar un tipo específico de trascendencia.La tesis de Wittgenstein se parece al argumento de San Agustín de Hipona de que Dios es lo que queremos, pero la naturaleza de Dios también elude la expresión humana; de hecho, simplemente hablar de lo divino es trivializarlo. Pero Agustín no pensó que por eso se debería abandonar todo el proyecto. El truco consiste en ver el lenguaje solamente como el comienzo de un viaje espiritual, no como el final. Sugirió que solamente se usara una palabra, Deus (en latín, “Dios”), como punto de partida audible hacia el reino de lo inexpresable. “Cuando ese sonido llegue a tus oídos”, escribió, “piensa en una naturaleza suprema en excelencia y eterna en existencia”.Creo que esto también está muy cerca de lo que Wittgenstein sugirió. Recomendaría un par de señales para guiarte en tu viaje más allá de las palabras.1 Piensa; no hablesMuchas tradiciones religiosas y de sabiduría recomiendan la contemplación meditativa sobre un solo concepto. Los budistas tibetanos la llaman “meditación analítica”, una práctica con la que el Dalái Lama comienza su mañana, según me dijo, y a la que dedica al menos una hora todos los días. Este modo de meditación implica una reflexión enfocada en una frase de las Escrituras para inspirar una idea de lo que significa. (La versión agustiniana de esta práctica consistía, en efecto, en hacer de Deus su palabra sobre la que meditar).Si voy a hacer esto, podría utilizar la frase “Amo a mi esposa” como punto de partida. Luego intentaría activar el hemisferio derecho de mi cerebro, la región que procesa asociaciones y conceptos significativos, en contraste con la capacidad lógica de resolución de problemas del hemisferio izquierdo. La idea es liberar mi cognición de los límites de mi vocabulario y capacidad lingüística; es más fácil decirlo que hacerlo, pero puede ser suficiente simplemente sentarme en silencio con mi frase o permitir que mi mente deambule en un paseo por el bosque.2 Busca comprensión, no respuestas.El segundo paso —que se combina con la desactivación de nuestro habitual dominio del lado izquierdo del cerebro— es dejar de buscar respuestas exactas a preguntas difíciles. El propósito de la meditación analítica no es generar una explicación clara de por qué amo a mi esposa. Tampoco se trata de redactar un argumento preciso pero prosaico de por qué lo hago. Según Wittgenstein y Agustín, eso sería ir en la dirección equivocada, comprometiéndome más con la pobreza del lenguaje y alejándome de la verdad subyacente.Tan pronto como uno intenta verbalizar una respuesta para explicar este amor —“Porque ella es buena conmigo”— uno menosprecia el concepto y literalmente subestima su verdad. Sopesa cómo incluso la poesía de amor más grande, como estas líneas de Elizabeth Barrett Browning: “Te amo con el aliento, / Sonrisas, lágrimas, de toda mi vida; y, si Dios así lo decide, / te amaré mejor después de la muerte”, esencialmente reafirma la verdad agustiniana de que esta experiencia profundamente compleja desafía toda expresión. El objetivo es una comprensión de este amor, no una respuesta que sea como la solución a una ecuación matemática.¿Qué propondría Wittgenstein que hagamos respecto a nuestro problema fundamental del sentido de la vida? “De lo que uno no puede hablar”, proponía al final del Tractatus, “de eso uno debe guardar silencio”. Parece decir: “Por supuesto, hablemos de cosas triviales, pero no perdamos el tiempo intentando expresar las profundidades de la vida, pues sólo engañaremos a los demás y nos frustraremos; mejor guardar silencio”.Esta exhortación se ha interpretado generalmente como una declaración nihilista sobre la imposibilidad de la expresión y, por lo tanto, del conocimiento. Creo que no es así. El silencio es el comienzo de un tipo diferente de cognición, un camino meditativo que no busca respuestas directas. Date permiso de este silencio, y la comprensión que alcances será tu recompensa inefable.







