Opinión
Columnas Diarias
AlephLa Organización Mundial de la Salud (OMS) estableció, en el 2021, que hay una relación bidireccional entre la pobreza y las condiciones de salud mental y el uso de sustancias psicoactivas.
La joven de 16 años es asesinada de trece balazos en la cabeza; el hecho sucede en una parada de bus, a plena luz del día, a la vista de personas de todas las edades, incluyendo niñas y niños. Una mujer muere por mala práctica del cirujano plástico que la opera y luego es mutilada por él antes de intentar desaparecerla; el hecho sigue impune, a pesar de la abundante evidencia en contra del doctor. Mucha gente pasa, cada día, un mínimo de tres horas en el tráfico y, a la menor provocación de un bocinazo, desenfundan la pistola.
Aún hay cientos de personas desaparecidas durante y después del conflicto armado, cuyos cadáveres no han sido ni siquiera localizados. Las historias de corrupción no se detienen en el país, mientras una familia trae a su enfermo desde Huehuetenango a la emergencia de un hospital público y debe esperar horas para que lo atiendan, si es que lo atienden; cuando por fin le dan ingreso, el enfermo debe dormir en una silla plástica hasta que haya cama libre. Otra familia quiere mandar a sus dos hijos a la escuela, pero la más próxima les queda a casi 20 kilómetros y les da pena mandarlos a pie, porque se habla de abusos en el camino contra niñas y niños. Muchas familias guatemaltecas viven en cuartos de lámina, con piso de tierra, sin luz ni agua potable; el padre alcohólico y con un salario miserable, golpea a su esposa frente a los hijos y viola a sus hijas mayores. Guatemala tiene un problema real, cotidiano y profundo de salud mental y solo quien vive en la “otra Guatemala”, no se da cuenta.









