Los discursos inaugurales de los presidentes peruanos tienen una historia propia. Algunos fueron interminables y dijeron poco. Otros prometieron todo y no cumplieron nada. Unos cuantos usaron el estrado del Congreso para confrontar, para insultar o para anunciar medidas que nunca llegaron. En ese contexto, el primer discurso de Keiko Fujimori fue una novedad relativa. Fue corto, evitó la confrontación, no mencionó a su padre, el exdictador, y planteó una agenda de gobierno con siete objetivos concretos.

Las formas fueron las de una presidenta que entiende que ganó con el 71% del territorio en contra y que necesita gobernar para todos. El problema es que esas formas contrastan de manera notable con el comportamiento que su bancada ha tenido en las últimas semanas.

La misma Fuerza Popular que respalda a Keiko es la que en las últimas sesiones de la legislatura saliente aprobó la ley del fuero militar, la ley de lesa humanidad con estándares más restrictivos que el Estatuto de Roma y la Ley 32107. Es la misma que, a través del senador Fernando Rospigliosi, denunció ante la JNJ a una fiscal de derechos humanos el mismo día en que recibía su credencial.

Es la misma fuerza política que en el primer acto del bicameralismo intentó impedir el acceso de periodistas al hemiciclo y amenazó con acusaciones constitucionales a parlamentarios que mostraran su voto.