Hay personas cuya biografía no puede entenderse sin la historia del país en el que nacieron. En el caso de Cristina Rota, actriz, directora, dramaturga, pedagoga y fundadora de una de las escuelas de interpretación más prestigiosas de España, la vida y la Historia forman un mismo relato. Argentina, la militancia política, la dictadura, el exilio, la desaparición de su compañero Diego Fernando Botto y la reconstrucción de una nueva vida en España se entrelazan en Una historia de teatro y resistencia, un libro que no pretende ser una autobiografía al uso, sino un ejercicio de memoria y de compromiso."No es una biografía", advierte ella misma desde las primeras páginas. Tampoco busca ajustar cuentas con el pasado. Lo que hace es recorrerlo desde la emoción, convencida de que la memoria nunca es un archivo perfectamente ordenado, sino un territorio vivo donde los recuerdos siguen dialogando con el presente."Para mí la vida no se puede separar del contexto histórico", explica durante la conversación con 20minutos. Y añade: "La memoria no son datos que se archivan y quedan compartimentados. Este libro habla de recordar, o volver a pasar por el corazón. Esa palabra tan delicada, cordis, corazón, significa volver a traer a la memoria, reviviendo lo que sentimos. Se trata de no dejar que expropien nuestra memoria y de reflexionar sobre las historias de tantas mujeres y hombres que han vivido, sufrido, avanzado y evolucionado como nosotros".Ese ejercicio de memoria adquiere además una dimensión profundamente íntima gracias al prólogo firmado por sus tres hijos, Nur Levi, María Botto y Juan Diego Botto. Para Rota no es únicamente un gesto literario, sino una declaración de afecto que resume una vida compartida. "Es como un pacto afectivo que se renueva al verlo plasmado en la palabra escrita. Un acto de admiración mutua y, sobre todo, de muchísima gratitud", asegura. La gratitud es, precisamente, uno de los sentimientos que atraviesan un libro donde el dolor nunca eclipsa la esperanza.La infancia de Cristina Rota no fue nada fácil. Creció en un entorno marcado por la precariedad, la desigualdad y la violencia cotidiana. Su padre, atrapado por la ludopatía, llegó a perder la casa familiar en dos ocasiones. Aquellas heridas dejaron una huella imborrable en su manera de entender el mundo. "La infancia y la adolescencia son casi una escuela de vida que deja máculas para siempre. Aquellas vivencias se introyectan y van condicionando nuestra conciencia y nuestra ética. Para poder expresar la vida, ya sea en la dramaturgia o sobre un escenario, primero hay que revolcarse en ella, embarrarse, involucrarse y comprometerse. Solo así puedes llegar a transmitir el saber de una época, con sus aciertos, sus errores, sus alegrías y sus dolores", confirma Rota.Este libro habla de recordar, o volver a pasar por el corazón. Se trata de no dejar que expropien nuestra memoria y de reflexionar sobre las historias de tantas mujeres y hombres que han vivido, sufrido, avanzado y evolucionado como nosotros"Esa necesidad de comprender al ser humano encontró muy pronto un lugar donde desarrollarse. Con apenas 14 años se presentó a las pruebas del teatro profesional de la Universidad de La Plata interpretando un monólogo de Electra, de Sófocles. Aquel momento cambiaría su vida para siempre. "Sentí que el escenario era mi casa y el lugar donde podía expresar mis emociones, mis sensaciones y mis ideas. De alguna manera, me salvó. Fue la primera vez que sentí la libertad de expresarme".Desde entonces nunca abandonó el escenario. Pero para Cristina Rota el teatro nunca fue únicamente una profesión. Fue una forma de mirar el mundo y también de transformarlo. "Todo aquel que inicia una carrera tan inmensa como la interpretación tiene que aprender a resistir. El actor no solo presenta una obra: la representa y debe hacerse cargo de los sentimientos del ser humano sin juzgarlo, intentando comprenderlo. Para eso es imprescindible una formación humanista muy amplia", añade.Su concepción del oficio está muy lejos de entender el teatro como mero entretenimiento. Defiende que las artes escénicas tienen una responsabilidad social y política. "El teatro es resistencia. Puede dinamizar una sociedad, movilizarla, inducir a reflexionar sobre el mundo en el que vivimos y a no aceptar la injusticia social. Los actores tenemos que dignificar nuestra tarea transmitiendo un mundo sensual, con ideología, con una palabra que recorra al espectador y lo conmueva", asegura Cristina Rota.Esa idea de compromiso se fue consolidando a medida que Argentina entraba en uno de los periodos más oscuros de su historia. En Buenos Aires conoció al actor Diego Fernando Botto. Compartieron escenario, ideales y una vida en común. Juntos formaron una familia y nacieron sus hijos María y Juan Diego. Pero el golpe militar de 1976 cambió para siempre sus vidas. Diego Fernando Botto fue secuestrado y Cristina Rota tuvo que tomar una decisión imposible: abandonar su país para proteger a sus hijos y salvar la vida. "Sentir miedo era inevitable. Pero, si eres consciente y sabes cabalgar con él, el miedo puede convertirse en tu aliado, sobre todo cuando eres responsable de la vida de tus hijos", asevera."Tener objetivos claros y levantar proyectos es el mejor legado que puedes dejar a tus hijos. Un legado de lucha, de resistencia, de alegría y de celebración de la vida"El exilio significó empezar de nuevo. También convivir con una ausencia imposible de cerrar. Uno de los episodios que recuerda en el libro resulta especialmente estremecedor. Una noche creyó reconocer a Diego en un reportaje emitido por Informe Semanal. Con la ayuda de la actriz Marisa Paredes consiguió acceder al archivo de TVE para revisar las imágenes. No era él. Lejos de ofrecer una falsa sensación de cierre, aquella experiencia reforzó una convicción que sigue acompañándola décadas después. "Desaparecido es una tercera identidad: ni vivo ni muerto. El duelo nunca termina. No hay un momento en el que uno lo supera. Simplemente, aprendes a convivir con esa ausencia durante toda la vida", confiesa.Sin embargo, incluso en los momentos más dolorosos, Cristina Rota se niega a quedarse atrapada en la tristeza. "Como decía Chaplin, mantener el sentido del humor es una forma de conservar la cordura. Tener objetivos claros y levantar proyectos es el mejor legado que puedes dejar a tus hijos. Un legado de lucha, de resistencia, de alegría y de celebración de la vida".España fue el lugar donde comenzó esa reconstrucción. Llegó como exiliada, con enormes dificultades económicas y administrativas, pero también con una idea muy clara: seguir haciendo teatro. La pedagogía apareció casi de forma natural, aunque ella reconoce que esa vocación había nacido mucho antes. "Ya la había iniciado en Argentina, quizá sin darme cuenta, cuando empecé a interesarme por la filosofía, las letras y la psicología social. Siempre tuve el deseo de transmitir, de dignificar la carrera del actor y dejar un legado. Sentía que faltaba una formación integral".Aquella intuición terminó convirtiéndose en la Escuela Cristina Rota, un espacio que ha marcado a varias generaciones de intérpretes españoles. Por sus aulas han pasado nombres como Penélope Cruz, Juan Diego Botto, María Botto, Ernesto Alterio, Malena Alterio, Goya Toledo, Pilar Castro, Fernando Tejero o Antonio de la Torre, entre muchos otros. Para ella, sin embargo, el verdadero éxito nunca ha sido descubrir estrellas. "Lo que tenían en común todas esas generaciones es que siguen trabajando, creando compañías y tratando de dinamizar la sociedad. Comprendieron muy pronto que la independencia en el arte es un principio de libertad y que el teatro es un espacio de controversia, de movimiento y de pensamiento", asegura.Siempre tuve el deseo de transmitir, de dignificar la carrera del actor y dejar un legado. Sentía que faltaba una formación integral"Su trabajo como maestra ha ido mucho más allá de enseñar técnica interpretativa. La propia confesión reciente de Fernando Tejero, agradeciéndole públicamente en el programa El Hormiguero la ayuda que recibió en los momentos más difíciles de su vida, confirma una faceta que Cristina Rota considera inseparable de la enseñanza: "Cada joven llega con una mochila cargada de vivencias y con heridas que hay que restañar. Esas heridas aparecen en el cuerpo, en la voz, en la manera de expresarse. He aprendido a leerlas y a acompañar a cada persona en ese proceso. Cuando investigamos nuestras emociones y nuestros bloqueos, adquirimos herramientas para conocernos mejor. Cambiamos. Evolucionamos. Ese es uno de los grandes regalos de esta profesión".Más de seis décadas dedicadas al teatro, más de medio centenar de montajes dirigidos, numerosos premios y varias generaciones de actores formados podrían justificar una retirada tranquila. Pero Cristina Rota sigue hablando del futuro. Cuando se le pregunta qué le queda por hacer, no responde con proyectos personales ni con nuevos reconocimientos. "Contribuir a dignificar la tarea del actor y de la actriz. En los jóvenes está garantizado el futuro del teatro. Son ellos quienes renuevan con su pasión nuestro potencial creador". Y concluye con una idea que resume tanto el sentido de su escuela como el de este libro: "Nuestra responsabilidad es dejar en sus manos las herramientas necesarias para provocar, a través del arte, una transformación social permanente".