Un compost también podía alimentar una huerta y convertirse en parte de la alimentación de las familiasFoto: Cultivando Vida Resume e infórmame rápidoEscucha este artículoAudio generado con IA de Google0:00/0:00Cuando tenemos un jardín o vivimos cerca de zonas verdes, hay un residuo con el que muchas veces no sabemos qué hacer: la poda. Ramas, hojas, césped recién cortado y restos de plantas suelen terminar en la basura, aunque en realidad pueden convertirse en un recurso valioso. Y si a ese compostaje se le suma una huerta comunitaria, el resultado va mucho más allá de producir abono: se crean espacios para compartir, cuidar el entorno y fortalecer el sentido de comunidad.Eso fue precisamente lo que ocurrió en el barrio Hacienda El Molino, en Piedecuesta (Santander), donde un grupo de vecinos transformó un punto que antes era inseguro en una compostera comunitaria que hoy también alberga una huerta con hortalizas y plantas aromáticas.¿Cuál es la historia detrás de este proyecto comunitario?Todo comenzó con una necesidad: encontrar una forma de aprovechar los restos de poda que dejaba el mantenimiento de los jardines y evitar que terminaran convertidos en un residuo más. La idea era sencilla: devolverle a la tierra lo que ella misma producía. En otras palabras, poner en práctica un modelo de economía circular, donde las ramas, hojas y el césped cortado se transformaran en compost para nutrir nuevamente las zonas verdes.Al principio, la compostera era completamente artesanal y recibía únicamente los residuos vegetales provenientes de la poda de jardines, prados y árboles. Sin embargo, con el paso del tiempo, la iniciativa dio un nuevo paso. Durante una crisis en la disposición de residuos del relleno sanitario del municipio, cuando la capacidad para recibir desechos se vio limitada y la comunidad tuvo que buscar alternativas para manejar sus residuos orgánicos, los vecinos decidieron aprovechar la compostera para algo más que la poda. “Comenzaron a llevar las cáscaras de frutas y verduras que generaban en sus hogares, transformándolas en compost en lugar de enviarlas a la basura. Así, el proyecto amplió su alcance, redujo la cantidad de residuos que llegaban al relleno sanitario y produjo el abono que hoy sirve para mantener las zonas verdes y la huerta comunitaria”, explicó Griselda Torres Pinto, representante del equipo de medio ambiente del barrio.Pero la historia no terminó allí. La comunidad identificó que el lugar donde funcionaría la compostera era un punto que durante años había generado problemas de inseguridad. En un barrio habitado por numerosas familias, adultos mayores y niños, recuperar ese espacio se convirtió en una prioridad. “Era un sitio neurálgico para la delincuencia y decidimos recuperarlo con un proyecto ambiental”, recordó Torres.La apuesta dio resultado. Lo que antes era un lugar evitado por los vecinos se transformó en un espacio de encuentro alrededor del cuidado del ambiente, demostrando que una iniciativa de compostaje también podía fortalecer la convivencia y apropiación del territorio.Luego, a finales de 2024, los habitantes decidieron dar un paso más y tecnificar el proyecto. Con el apoyo de la Corporación Autónoma Regional para la Defensa de la Meseta de Bucaramanga (CDMB), que brindó asesoría técnica para el diseño y construcción de la nueva infraestructura, la compostera pasó de ser una estructura artesanal a un sistema más eficiente y organizado. La compostera está organizada en cuatro pilas. En la primera, los vecinos depositan los residuos siguiendo un proceso específico: primero se coloca una capa de aproximadamente 10 centímetros de aserrín, luego una capa de poda previamente triturada y, finalmente, una capa de residuos orgánicos como cáscaras de frutas, verduras y plátanos.“En este momento hay aproximadamente 30 familias que llevan diariamente sus residuos orgánicos. Además, varios fruvers del barrio también participan con los desechos vegetales que generan”, explicó Torres.¿Y cuándo iniciaron con una huerta?La huerta llegó como el siguiente paso natural del proyecto. Después de consolidar la compostera y demostrar que los residuos orgánicos podían transformarse en abono de calidad, la comunidad decidió aprovechar ese recurso para cultivar sus propios alimentos y plantas aromáticas.El impulso definitivo llegó gracias al apoyo de la iniciativa Cultivando Vida que donó semillas, plántulas y brindó asesoría técnica para poner en marcha la huerta en un terreno contiguo a la compostera.“Con las semillas y las plántulas que nos entregaron formamos la huerta que hoy funciona al lado de la compostera. Además, recibimos asesoría sobre cómo establecerla y mantenerla”, contó Torres.Entre las especies entregadas había tomate cherry, tomate chonto, pepino, calabacín, lechuga, acelga, menta, hierbabuena, estragón y cebollín. Asimismo, se donaron semillas de espinaca, albahaca y cilantro. La selección de los cultivos se realizó de manera conjunta con la comunidad, teniendo en cuenta tanto las especies que los vecinos ya habían comenzado a sembrar como aquellas que mejor se adaptan a las condiciones del terreno y el clima de la zona.Hoy, esa huerta produce hortalizas y plantas aromáticas que se nutren del compost elaborado por los mismos habitantes, cerrando el ciclo de aprovechamiento de los residuos orgánicos: los desechos vegetales se transforman en abono y ese abono vuelve a la tierra para dar vida a nuevos cultivos.Pero, ¿por qué una huerta o una compostera puede cambiar estilos de vida?Para Yuly Forero, fundadora de Cultivando Vida, el verdadero valor de una compostera o una huerta comunitaria no está únicamente en producir abono o cosechar alimentos. Su mayor aporte es que cambian la relación de las personas con los residuos y demuestran que, cuando una comunidad trabaja de manera conjunta, es posible transformar un problema ambiental en una oportunidad.Según la experta, este tipo de iniciativas ayudan a poner en práctica la economía circular desde los barrios. Los residuos orgánicos dejan de verse como basura y vuelven al suelo convertidos en nutrientes para cultivar alimentos, plantas aromáticas o árboles.Pero el impacto no termina en el ambiente. Forero explica que una huerta comunitaria también fortalece la seguridad alimentaria, ya que permite a las familias acceder a alimentos frescos, variados y cultivados sin agroquímicos. Ese fue precisamente el objetivo de las capacitaciones realizadas en Piedecuesta. Más que entregar semillas y plántulas, el equipo de Cultivando Vida enseñó a los vecinos cómo planificar una huerta, respetar las distancias de siembra, cuidar cada cultivo y aprovechar al máximo el abono que ellos mismos producen.“Las plantas bien nutridas son plantas más fuertes. Y qué mejor abono que el compost que la misma comunidad está elaborando”, concluyó.Más allá de esta historia, Forero considera que este tipo de experiencias demuestran que cualquier barrio, conjunto residencial o vereda puede comenzar con algo tan sencillo como separar sus residuos orgánicos. Con organización y trabajo colectivo, esos desechos pueden convertirse en abono, alimentos, espacios de encuentro e, incluso, en proyectos que fortalezcan la economía local y el sentido de comunidad.☘️🌿 Encuentre en La Huerta toda la información sobre plantas, jardinería, cultivos y siembra. ¿Tiene preguntas sobre sus plantas o quiere compartir su experiencia? 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