Con buena intención, muchos analistas explican los insultos de Milei a Lula no como exabrupto de nuestro presidente, sino como una acción preintencionada, como parte de una acción coordinada con Trump y Marco Rubio, de pintar el mapa de Sudamérica de gobiernos afines, potenciando la candidatura de Flávio Bolsonaro, incluyendo el posterior apoyo de la cancillería china a Lula. Pero aun en esa hipótesis, el fondo de la cuestión es que logra el efecto opuesto al buscado, porque las formas que utiliza son contraproducentes con sus fines. Ayer entrevistamos a diferentes expertos en Brasil que coincidían en que el gobierno de Lula podía haber impedido el ingreso de Milei a su país y no lo hicieron porque presumían que su irascibilidad iba a perjudicar a Bolsonaro. Hay un problema de fondo en la forma: sin buena educación no hay democracia, a lo que dedicaremos esta columna. Según Habermas, una democracia no se sostiene solo en el voto, sino en la calidad del debate, es decir, en la educación con la que nos tratamos. Si ese debate se degrada con insultos y agresiones, el voto pierde su sentido, se vacía. Norbert Elias plantea en su obra "El proceso de la civilización" que la vida en sociedad y los modales refinados son fundamentales para el desarrollo de la civilización, pero explica que la cortesía no es solo un adorno superficial, sino un profundo cambio en el autocontrol y la conducta humana. Castoriadis explica que lo importante es que estas formas de trato, estas normas que son asumidas por la sociedad, deben ser tomadas conscientemente por los individuos que la componen para que la civilización funcione. En ese sentido, la falta de educación, justamente del Presidente, de la autoridad máxima de nuestro país, es un problema en el corazón de nuestra república y nuestra democracia. En primer lugar, porque degrada el debate democrático; en segundo, porque rompe el pacto de cortesía que toda civilización presupone; y en tercero, porque reproduce una lógica de violencia verbal que es asimilada por la sociedad.
Día 958: Sin buena educación no hay democracia
Las formas de quien ejerce el poder también educan. Filósofos, sociólogos y especialistas en comunicación explican por qué el lenguaje presidencial puede influir en la convivencia, la cultura política y la calidad democrática.










