Poco antes de la crisis de 2008, un inversor anglosajón se interesó por el grupo papelero Miquel y Costas, una compañía catalana histórica que puede trazar sus orígenes tan lejos como 1725. Cuando miró el balance, el inversor se quedó perplejo: “Dijo que no entendía cuál era el plan”, recuerda ahora Jordi Mercader Barata, presidente de la empresa, que entonces era vicepresidente. Los números eran los de una compañía prudente, con poco apalancamiento, con un proyecto industrial que crecía de forma lenta, pero segura. Un perfil de empresa inusual en un mundo que estaba volcado en una carrera a crédito sin fin hacia el abismo. “Después de los problemas que tuvo la empresa en los años noventa, habíamos construido un balance muy limpio que queríamos preservar. Nuestra apuesta siempre ha sido clara por un proyecto industrial, no por uno financiero de crecer por crecer”, señala. A los pocos meses, la quiebra de Lehman Brothers y la crisis financiera que siguió le dieron la razón: “Entonces sí que interesó nuestro balance”, rememora. Miquel y Costas es una de esas compañías que está en todas partes sin que se tenga mucha conciencia de ello. El único producto con el que esta empresa se relaciona directamente con el consumidor final es el papel de fumar Smoking, una marca que recientemente cumplió 100 años. Pero detrás hay un gran catálogo de productos de papel muy variado que le ha permitido mantener durante años unos resultados positivos, crecimiento a doble dígito desde 2006 en resultado neto, y una alta rentabilidad que se traduce en dividendos estables. Además del papel de fumar, Miquel y Costas tiene una larga lista de productos para la industria del tabaco, en la que ya no quieren crecer en volumen, pero sí en tecnología para aportar valor añadido. Por ejemplo, han desarrollado un papel para cigarros industriales con cortafuegos para que se apague si el usuario no está fumando, y evitar que se puedan provocar fuegos accidentales; o han creado filtros antigrasa que no manchan para los cigarrillos perfumados; y cada vez están más presentes en la transición de las empresas tabacaleras hacia el cigarrillo que no combustiona, que también necesita papel. “Las normas antitabaco afectan al volumen de cigarrillos vendidos, y la demanda cae. Entre nuestras prioridades no está crecer en volumen en el tabaco, no haremos inversiones, pero sí queremos añadir valor”, señala el presidente. Los resultados de 2025 muestran que, ante el declive de la industria del tabaco (que representa un 60% de las ventas, cuando hace 15 años representaba el 75%), el grupo tiene “el reto de encontrar vías de crecimiento sin poner en riesgo el balance”. Hace años que han orientado la estrategia en esta dirección, pero los últimos números añaden algo de presión. La compañía, que facturó el año pasado 313,8 millones de euros (un 1,5% más) obtuvo un beneficio neto de 45,1 millones de euros, lo que implica una caída del 7,4%. El motivo de esta desaceleración es sobre todo el impacto de las tensiones geopolíticas, por los aranceles estadounidenses, que obligó a incrementar precios y lastró la competitividad, por el efecto de un dólar débil y por la volatilidad de la demanda a causa de las guerras de Ucrania y Oriente Próximo. A ello tiene que sumarse la curva de lanzamiento de algunas inversiones de la compañía, que tardan en dar resultados. Pero de fondo está el reto de adaptarse a los precios energéticos y el desafío de encontrar un hueco en el mercado papelero cuando en la industria del tabaco no se puede crecer más. “No hemos recuperado todavía el resultado histórico que tuvimos tras la pandemia. Nuestro objetivo es que entre 2027 y 2029 volvamos a crecer a doble dígito en resultado neto. Y para ello necesitamos el plan de inversiones”, señala Mercader. Este plan prevé destinar 130 millones de euros en tres años para mejorar las capacidades industriales, que se suman a los 100 millones que han invertido en los tres años anteriores. La mayor parte del nuevo plan, 47 millones, irán para mejoras tecnológicas, sobre todo en sus plantas de Tortosa (Tarragona) y el Besòs (Barcelona). El objetivo es que puedan fabricar productos más allá del tabaco, para ir encontrando segmentos de nicho en el sector de la papelería industrial. Demanda industrial El papel industrial representa ahora el 30% de las ventas, con productos tan diversos como el papel para las bolsas de las aspiradoras —”somos el único proveedor occidental de estas bolsas”, señala Mercader—, el papel para laminados del sector de la construcción, el papel de las baterías de los coches, o todo el segmento de papel para la alimentación, en el que la compañía ve muchas oportunidades de crecimiento: desde las bolsas para té y cápsulas monodosis de café, hasta los papeles de las magdalenas o las pajitas de papel. “Hace años fuimos pioneros y tenemos ventaja competitiva en las pajitas de colores, pero en las de color blanco ya no tenemos prioridad”, apunta Mercader. La empresa también quiere ampliar su presencia en el sector de la paquetería de lujo, con lotes que pueden ser muy pequeños, pero de alto valor. Del plan de inversiones, otros 30 millones irán a proyectos de sostenibilidad, 20 millones a procesos de automatización y digitalización, y 33 millones a mantenimiento de infraestructuras. Con unos 900 trabajadores y siete plantas productivas (una de ellas en Argentina), el grupo quiere mantener su presencia industrial y solo se plantearía tener presencia en Estados Unidos, no tanto para esquivar los aranceles sino por los precios de la energía y porque es un mercado interesante. “Nuestra apuesta es a largo plazo. Es una empresa profesional cotizada, pero tenemos los valores de una empresa familiar, y no miramos trimestre a trimestre”, explica el presidente. Precisamente, Mercader tomó el relevo de la compañía en 2023 cuando su padre, Jordi Mercader Miró, dejó el cargo de presidente tras 32 años. Esta combinación entre empresa profesional y familiar se entiende mejor si se recuerda que los herederos de las familias fundadoras decidieron poner a un profesional al frente de la empresa en los años 90, cuando la papelera atravesaba un momento de crisis con un apalancamiento muy elevado. Mercader Miró, que venía del Instituto Nacional de Industria, de la naviera Bazán y, antes, de Industrias de Papel y Celulosa, accedió a cambio de tener una participación. Hoy los Mercader son una de las familias accionistas, junto con los herederos de Miquel y Costas, y entre todos y junto con algunos directivos, tienen el 45% de la empresa.
Miquel y Costas quiere ir más allá del papel de fumar
La empresa prevé invertir 130 millones de euros en tres años con el reto de crecer en otras áreas como el sector de la alimentación











