El calor extremo del verano puede convertirse en una seria amenaza para las plantas del jardín, la terraza o el balcón. Las altas temperaturas, la exposición prolongada al sol y la falta de humedad provocan estrés térmico, un problema que se manifiesta con hojas marchitas, bordes secos, pérdida de flores y un crecimiento más lento de lo habitual. Antes de intervenir, es fundamental comprobar que el deterioro está realmente relacionado con el calor. Entre los síntomas más frecuentes se encuentran las hojas caídas durante las horas centrales del día, el amarilleamiento y las zonas quemadas. Si la planta recupera parte de su firmeza al atardecer, es probable que el exceso de temperatura sea la causa principal. El riego profundo es una de las medidas más importantes para favorecer la recuperación. Regar continuamente con pequeñas cantidades de agua apenas humedece la superficie y favorece la aparición de raíces poco profundas. Lo más recomendable es aportar agua lentamente, a primera hora de la mañana o al anochecer, para que alcance las capas inferiores del terreno. También puede ser necesario reducir temporalmente la exposición solar. Las plantas jóvenes, las hortensias, los helechos o los tomates recién plantados agradecen la instalación de una malla de sombreo, una tela transpirable o una sombrilla durante las horas de mayor insolación. Esta protección ayuda a reducir la temperatura y evita que la planta siga perdiendo agua. Otra medida eficaz consiste en cubrir la tierra con corteza de pino, paja, compost o restos de poda triturados. Este acolchado reduce la evaporación, mantiene más estable la temperatura de las raíces y limita la aparición de malas hierbas que compiten por el agua. Además, mejora progresivamente la estructura del suelo y su capacidad para conservar la humedad. Durante una ola de calor conviene evitar las podas intensas y los fertilizantes ricos en nitrógeno, ya que pueden debilitar todavía más la planta. Solo deben retirarse las hojas completamente secas o quemadas. A largo plazo, elegir especies adaptadas al clima, instalar un sistema de riego eficiente y mantener el acolchado durante todo el verano ayudará a prevenir nuevos episodios de estrés. El calor extremo del verano puede convertirse en una seria amenaza para las plantas del jardín, la terraza o el balcón. Las altas temperaturas, la exposición prolongada al sol y la falta de humedad provocan estrés térmico, un problema que se manifiesta con hojas marchitas, bordes secos, pérdida de flores y un crecimiento más lento de lo habitual.