“En una parte de la estructura se ha abierto una pequeña sima en el terreno de base caliza, con un peligro importante de derrumbamiento”. Hace algunas semanas, el arquitecto Miguel Ibáñez acudió a la fortaleza islámica de Gormaz (Soria, siglo X) en una visita personal y apreció, con cierta inquietud, que algunos de los muros del edificio se encontraban “en voladizo”. Es decir, que una parte de su base había perdido apoyo y la estructura quedaba suspendida en el vacío. “Hay una grieta que entra en profundidad hasta la base de uno de los muros, que podría acabar cediendo”, afirma, con cautela.

Sus impresiones remiten a los colapsos que se suceden en cientos de castillos por todo el país. Los más recientes, los ocurridos en las fortalezas de Almonacid y Escalona, ambas en Castilla-La Mancha, han reabierto el debate sobre su conservación. En el caso de Gormaz, el análisis apunta a uno de los principales enemigos para la estabilidad del monumento: la geología. Las murallas del gigante soriano —que suman un kilómetro de extensión— se asientan sobre roca caliza, un material que se disuelve lentamente en contacto con el agua, provocando fisuras en el subsuelo. “Los derrumbes pueden producirse ahora o dentro de cien años”, diagnostica el arquitecto, advirtiendo de lo imprevisible de futuros desplomes.