Chófer, asistenta, niñera… el personal de servicio de los Kennedy ha sido una fuente inagotable de testimonios sobre la intimidad de la familia más famosa de Estados Unidos. Pero la crónica de una testigo había permanecido en la sombra hasta que una escritora francesa dio con sus cartas hace unos años: Andrée Leufroy (1907-1999) trabajó durante 20 años al servicio de Rose Kennedy y Joseph P. Kennedy, y después de su hijo Ted, entre los años cincuenta y setenta. Estuvo presente en algunos de los momentos más tumultuosos de la política americana, desde el asesinato de Martin Luther King a la guerra de Vietnam y las violentas muertes de John F. y Bobby Kennedy. La vida de esta mujer anónima se ha convertido en un best seller en Francia, La cuisinière des Kennedy (La cocinera de los Kennedy, en español), pese a que hasta hace un par de años solo la conocían en su pueblo.Valérie Paturaud, la autora del libro que ha revelado la historia de esta mujer, la descubrió por casualidad en una cena entre amigos en la Provenza, donde reside. “Alguien estaba hablando de que no muy lejos de allí había vivido una mujer que trabajó durante décadas con los Kennedy. Me acerqué para saber más y me dieron el teléfono de su nieto pequeño, Alain, que resultó vivir a 40 kilómetros de mi casa”, cuenta Paturaud a EL PAÍS. En su primer encuentro, Alain le entregó una caja de cartas, fotografías y documentos. Paturaud pasó un año y medio investigando.Leufroy es el apellido que le asignaron los servicios sociales la noche en que la encontraron abandonada en el portal de una iglesia marsellesa, en pleno diciembre: un nombre inventado a partir del frío que hacía. En un momento en el que el Estado no permitía la adopción de niños para evitar la explotación, Leufroy vivió feliz con una familia hasta los 10 años, antes de que la obligaran a marcharse a otro hogar. Así fue como empezó a refugiarse en la cocina, una pasión que le permitiría conocer un mundo nuevo. La novela cuenta, en su primera parte, la vida antes de los Kennedy, hasta los años cincuenta, cuando Leufroy desembarcó en Estados Unidos de la mano de un ricachón para el que había estado trabajando en Cannes. Leufroy había soñado con convertirse en chef de su propio restaurante, pero eso era una misión imposible para una mujer sola, que no contaba siquiera con el apoyo de su marido, al que había abandonado por sus problemas con el alcohol. Tras la Segunda Guerra Mundial, la cocinera había aceptado que lo único que podría hacer para asegurar su independencia era trabajar al servicio de la burguesía. Antes de poner rumbo a América, había cocinado para grandes empresarios y algunos nombres ilustres de la cultura francesa, como el escritor Albert Camus y el editor Michel Gallimard.“Era una mujer extraordinariamente moderna. Atravesó el Atlántico, lo que para una señora de su época no era poca cosa. Era entusiasta y con mucho empuje, mucho más que su propia hija, a quien siempre intentó llevar consigo a Estados Unidos para ofrecerle una vida mejor, pero prefirió quedarse en su pueblo, donde fue cartera”, cuenta Paturaud. Es a través de esa correspondencia con su hija como se nos abre la puerta a la vida privada de los Kennedy, y en particular a Rose, a quien Andrée admiraba profundamente. “Rose tenía una personalidad extraordinaria. Era una mujer muy dura, tanto como para no ir al entierro de su hija Kathleen por haberse casado con un protestante. Era una mujer infeliz con una infancia terrible: la enviaron a internados integristas en Europa donde ni siquiera podía tener una amiga porque podían considerarla homosexual. Una auténtica locura. Pasó frío, hambre… Fue un martirio, pero fue el pilar de su propia familia y sus hijos la admiraban y la temían al mismo tiempo, sobre todo Ted”, cuenta la escritora.Paturaud no llega a decir que Leufroy fuera la confidente de Rose, pero sí describe el respeto y el cariño que las unió hasta la muerte de la segunda, en 1994, a la edad de 104 años. “Le mandaba cartas [Rose] interesándose por ella, en las que incluía algún billete y siempre mandaba algún regalo para Año Nuevo”, explica Paturaud. Las cartas, algunas de las cuales aparecen en el libro, se dirigían incluso a la hija de Leufroy, Madeleine: “Vi a tu madre el domingo y estaba muy feliz, aunque te echa de menos a ti y a su nieto. Le encanta recibir sus cartas. Mis mejores deseos desde Washington”, le escribe en 1963.Hyannis Port, el escenario de alegrías y tragediasLa mansión de los Kennedy en Hyannis Port (Massachusetts) es el principal escenario del libro, una vez instalada en Estados Unidos. Allí había que cocinar en grandes cantidades para una familia de gustos sencillos: ensaladas, ternera y pollo a la barbacoa, sin olvidar el helado y el pastel de crema de Boston, que no podían faltar. Aunque a los Kennedy les gustaba presumir de tener una cocinera que manejaba sin problemas la cocina francesa, a Leufroy le tocó principalmente adaptarse. “Si hubiera servido leche a los clientes sedientos en el bistró de Venterol [el pueblo donde estaban su hija y su expareja], me habrían encerrado en el manicomio y tu abuelo se habría encargado de conducirme en el furgón”, escribió Leufroy en una carta a su nieto, en la que cuenta que los Kennedy bebían litros y litros de leche a diario. Las comidas no se acompañaban con vino ni cerveza, sino con jarras de leche que se distribuían en la mesa junto a las de agua.Cada hijo tenía sus gustos. Para disgusto de su madre, que evitaba los platos demasiado aceitosos, John F. Kennedy adoraba sus “criques” de patatas, una especialidad del sur de Francia que consiste en una especie de tortilla de patata rallada, crujiente por fuera y tierna por dentro. “Andrée era de esa generación que cocinaba a ojo y rara vez apuntaba una receta, así que solo hemos podido recuperar un puñado de sus especialidades”, comenta la escritora. Tras el éxito de la novela, una cocinera estadounidense ha publicado un libro de recetas inspirándose en la cocina de Leufroy.En Hyannis Port fue testigo de las tragedias familiares, de las más grandes a las más íntimas, como los abortos que sufrió Jackie Kennedy. “Me caía bien la señora Jackie, que hablaba francés y apreciaba la cultura y a los escritores de nuestro país. No conocía ninguno de los nombres que citaba, pero pude pavonearme de conocer al señor Camus. Era tan guapa... pero me daba pena, tan sola dentro de su familia política. Su marido siempre estaba ausente, apareciendo en los periódicos en buena compañía. Los reproches de la señora Rose eran respetuosos, pero no por ello menos duros. La señora Jackie fumaba mucho, no respetaba los horarios, alargaba las mañanas en su cama y no era tan devota como su cuñada”, contaba Leufroy a su familia, según testimonios y documentos recuperados por Paturaud.También relataba cómo Jackie mantuvo los vínculos con su familia política tras el asesinato de su marido, y el anuncio de su boda con Aristóteles Onassis, que no sentó nada bien a Rose. La cocinera escribe sobre el nuevo matrimonio: “Esperaba que los niños fueran felices en esta nueva vida, que la señora Jackie encontrara un poco de paz, pero se me saltaban las lágrimas recordando al señor Kennedy levantando a los niños para besarlos. No creía que aquel señor, por muy rico que fuera, pudiera reemplazarlo algún día”, escribe Paturaud, basándose en su investigación y entrevistas.Cuando “el señor Jack” [como era conocido JFK en su círculo cercano] fue asesinado, Leufroy trabajaba ya en casa de Ted Kennedy y su primera esposa, Joan, sobre todo cuidando de sus hijos, para los que fue como una abuela. El asesinato de John, y años más tarde el de Bobby, sacudieron a la familia. “Las cartas muestran que los quería mucho, pero ella vivió aquello como una empleada, no como una amiga: había que seguir sirviendo el café, hacer comidas y seguir en pie”, explica Paturaud por teléfono. La cocinera se sentía tan comprometida con la familia que llegó a retrasar su jubilación un año para ocuparse de Teddy, a quien tuvieron que amputarle una pierna a los 12 años.Leufroy volvió a Francia en 1974 y compró una casa familiar en la que vivió con su hija, su yerno y sus nietos hasta su muerte, en 1999. Curiosamente, ese verano, su nieto Alain había preparado un viaje a Estados Unidos. Quería ver Hyannis Port, el escenario de las aventuras que le contaba su abuela, y pasar a saludar a Ted Kennedy, quien había seguido en contacto con ella por correspondencia, así como sus hijos, que fueron a visitarla a su pueblo. Pero no se atrevió a cruzar el portal. Era 17 de julio. El avión en el que viajaba John-John Kennedy junto a su esposa, Carolyn Bessette, y la hermana de esta, Lauren, se había estrellado un día antes en el océano. La entrada estaba llena de cámaras y periodistas. Por respeto, renunció a la visita, pero se llevó un puñado de arena y unas conchas que dejó en la mesilla de noche de su abuela. Leufroy murió dos meses después. En su tumba, una corona fúnebre procedente del otro lado del Atlántico: “Para Andrée, con amor y gratitud. La familia Kennedy”.
Andrée Leufroy, la cocinera francesa que lloró con los Kennedy: “Los quería mucho, pero vivió aquello como empleada, no como amiga”
Pasó dos décadas al servicio de la familia más poderosa y trágica de América. Cocinó para Rose, consoló a Jackie, cuidó de los hijos de Ted, y lo contó todo en cartas a su hija, guardadas en una caja durante décadas y que ahora han visto la luz








