Un lector que por lo visto es más de salacot que de pamela y más de botas tácticas de combate Rocky que de bailarinas troqueladas Renata me afea traicionar la esencia épica de esta columna por haber dedicado la pasada entrega a Carolyn Bessette Kennedy y a John John y no, por ejemplo, a cómo vestían los defensores de El Álamo. He de darle la razón (para influencer David Crockett con su gorro de castor), aunque una lectora bajo el sugerente alias de Ondina Savage y que luce en sus mensajes un icono que parece sacado del cuadro de Draper Ulises y las sirenas, se muestra por su parte encantada con aquel texto. Qué difícil es satisfacer a todo el mundo. El caso es que el cuerpo me pide volver de nuevo hoy a los Kennedy para explicar historias más sorprendentes de la familia, empezando por mi relación personal con ellos. No, no es que haya intimado con sus miembros en Cape Cod y Martha’s Vineyard conduciendo con una mano mi propia lancha de caoba Hacker-Craft Classic Tender (that’s cool, honey!) mientras sostenía con la otra un Ghost Margarita Boston style. De hecho, son algunos de la familia los que estuvieron hace años en mi casa en Barcelona. Concretamente un cuñado de John Fitgerald Kennedy, Stanislaw Radziwill, casado con la hermana de Jacqueline, Lee Radziwill (née Bouvier), que a la sazón buscó chalet para JFK y su mujer en la Costa Brava. El príncipe Radziwill nos visitaba porque andaba entonces en negocios con mi padre, entre ellos un primer proyecto para taladrar los túneles del Tibidabo, que desafortunadamente no prosperó (de haberlo hecho quizá sí que estaría yo hoy en Cape Cod y Martha’s Vineyard conduciendo con una mano mi propia lancha, etcétera). La otra relación directa (más o menos) con los Kennedy, si dejamos de lado haber tenido una crisis (de ansiedad) en Cuba, ser muy fan de Topaz y entrevistar un día a Oliver Stone, fue escribir en este mismo diario en 2014 el obituario del tipo que llevó el coco que salvó a JFK durante la Segunda Guerra Mundial. La cosa merece una explicación. El futuro presidente combatió en el Pacífico al mando de una torpedera, la legendaria PT-109, y el 2 de agosto de 1943 un destructor japonés embistió la lancha, que no era de caoba, y la hundió cerca de las islas Salomón. JFK, teniente de 26 años y excelente nadador por Harvard, fue decisivo para conseguir que los supervivientes llegaran hasta la isla de Plum Pudding (rebautizada luego isla Kennedy). El joven oficial escribió entonces en la cáscara de un coco un mensaje para que los rescataran y la singular misiva la llevó a la base de las PT en Rendova Eroni Kumana, natural de la isla de Rannonga, que fue al que yo enterré con 93 años (ya sé que no es lo mismo que haber tenido un rollo con Marilyn, pero es una conexión). Kennedy desarrolló un afecto por Kumana y por el coco. Al primero lo invitó a su boda y a su toma de posesión presidencial y el segundo estuvo siempre en su mesa del Despacho Oval y ahora se exhibe en su museo en Boston. Probablemente Trump lo hubiera pateado hasta las 70 yardas. En términos de moda hemos de destacar que Kumana lucía a menudo una camiseta con el lema autorreferencial I rescued JFK, y que entre la ropa más envidiable que vistió nunca Kennedy -véase el bonito álbum recortable John F. Kennedy and his family, paper dolls in full color, de Tom Tierney (ojo, no confundir con el álbum dedicado a George W. Bush)-, figura sin duda su uniforme blanco de la US Navy: aquí si confluyen la gran aventura y los Kennedy. No puedo acabar esta crónica de mi relación con la familia sin dejar de señalar que a JFK le quitó de joven la novia el autor de Hiroshima, John Hersey, un periodista. Ahí queda.
El coco que salvó a JFK y otras historias de los Kennedy
Algunos de la familia vinieron a casa, concretamente un cuñado de Kennedy, Stanislaw Radziwill








