EDITORIALComunas y operadores no deben enfocarse en las restricciones, sino en las nuevas soluciones y posibilidades.

Los volcanes son parte fundamental y viva del paisaje icónico de Guatemala, además de factores claves de la historia, protagonistas de la literatura, generadores aún de suelos fértiles que proveen sabor distintivo al café, al cacao y otros productos agrícolas. También son activo natural de gran valor económico: el turismo volcánico y ecológico es una actividad que genera empleos directos e indirectos. Lamentablemente, a causa de los descontroles y displicencias gubernamentales, colosales conos se han convertido en escenario de destrucción y deterioro del entorno a causa de la ambición sin escrúpulos.

Por eso mismo es muy importante la reciente normativa emitida por el Consejo Nacional de Áreas Protegidas (Conap) para el manejo de las zonas de veda en 33 volcanes del país. Llega tarde, pero por fin llega, y no debería generar resistencia, sino colaboración en favor de todos. En las faldas de colosos del país están a la vista los estragos de la irresponsabilidad y la inconsciencia, un daño que no puede ni debe prolongarse ni excusarse.

Ningún patrimonio natural puede sobrevivir al aprovechamiento descontrolado. La larga falta de normativas ha generado durante demasiado tiempo una sensación de “tierra de nadie” en estos recursos que no solo son limitados, sino muy frágiles y algunos en franco peligro. El éxito turístico de volcanes como Acatenango, Pacaya, Tacaná o Tajumulco obedece a una demanda nacional e internacional creciente por experiencias de naturaleza para escapar de la rutina urbano-tecnológica. A ello se suma el interés internacional por observar volcanes activos, recorrer senderos de alta montaña o convivir con comunidades que coexisten con estos gigantes que encierran tantas leyendas.