"Con la naturaleza no podemos pelear", reconoce Ana Camposeco, habitante de la aldea La Trinidad, una de las que se encuentran en las faldas del volcán de Fuego de Guatemala, el más activo de Centroamérica, tras regresar, una vez más, a su hogar luego de otra erupción del coloso esta semana.

Esta vez no hay cenizas en La Trinidad. El viento sopló hacia el oeste, en dirección a México, y no al sur, donde están esta aldea y la cercana El Rodeo, entre otras tierras en las que se producen granos y maíz para la subsistencia y que parecen olvidadas por las autoridades, que solo vuelven cuando hay que efectuar evacuaciones.

Cada nueva erupción trae a la memoria de quienes viven en las faldas del volcán de Fuego la ocurrida el 3 de junio del 2018, que prácticamente enterró dos pequeñas aldeas con lava y ceniza, y mató a más de 400 personas.

"Es mejor estar resguardado dos o tres días", comenta Ana, que el pasado 4 de agosto salió de su casa a las tres de la mañana por recomendación de las autoridades, que esta semana dijeron que, en total, fueron evacuadas de manera preventiva más de mil 600 personas en los departamentos de Chimaltenango, Escuintla y Sacatepéquez.

El de Fuego, situado en el centro de Guatemala, es uno de los tres volcanes activos —junto con el Santiaguito y el Pacaya, ubicados en el oeste y el sur, respectivamente— de las 37 estructuras volcánicas que existen en el país y se le considera el más peligroso.