Se ha transformado casi en un lugar común la consideración que ciertas corrientes de opinión adoptan para ubicar a la IA como el Gran Otro o como el síntoma de la época que nos toca vivir. Lejos de desestimar la omnipresencia que los algoritmos cobran en nuestra actualidad, tengo la impresión de que, en algunos casos, tal postura disimula el punto clave. La amenaza para la humanidad no corre tanto por cuenta de la denominada Inteligencia Artificial, sino por la concepción del sujeto contemporáneo que las ultraderechas imponen sirviéndose de la IA y permitiendo que la misma avance con procesos de los cuales no hay control alguno. Aquí lo propiamente humano interpela al algoritmo. (...) Cuando el pensar queda escindido del Cuerpo prójimo, pierde su capacidad de discernimiento. Entregar la tramitación de los afectos a la IA (eso que hoy llaman gestionar las emociones) es el cómodo expediente para hacernos objeto de la angustia automática que nos encierra en nuestro propio cuerpo. Desde este punto de vista, la primarización de los afectos antecede a la primarización de la economía. Y sí. Desde el punto de vista psicoanalítico, los “afectos son el resultado de la presencia de lalengua [esa conjunción del significante con el sonido previa a toda sintaxis o semántica] en tanto que articula cosas de saber que van mucho más allá de lo que el ser que habla soporta de saber enunciado”. Luego, pasión por la ignorancia mediante: el odio. Y más precisamente: el odio de sí. Para ser claros: la deshumanización a la que hoy asistimos es fruto del rechazo que la actual subjetividad experimenta por la vulnerabilidad, la diferencia, la carencia en Ser y la finitud. Lo más constitutivo del ser hablante. Eso que no se soporta, o sea.








