EditorialLo ideal para los retos del país es una coalición sin disputas inanes y consensos serios.25.07.2026 22:59 Actualizado: 25.07.2026 23:02 La tensión que vive el país merece serias reflexiones y sobre todo una necesaria pausa. La instalación del nuevo Congreso el pasado lunes 20 de julio dejó una lección política que debe ser leída con serenidad. La elección del senador uribista Honorio Henríquez como presidente del Senado, en una votación cuyo desenlace no fue el deseado por el gobierno entrante, abrió un inesperado capítulo de tensiones entre el Centro Democrático y el presidente electo, Abelardo De La Espriella. El episodio ha dado mucho que hablar, ha provocado diversas interpretaciones sobre el futuro de lo que se consideraba como una coalición a toda prueba y una candente polarización que apunta a crecer. En las redes sociales surgieron no pocas acusaciones sobre supuestos arreglos con el Pacto Histórico, desmentidos públicos y recriminaciones cruzadas.Ad portas de la posesión presidencial, cuya sede también ha abierto otro capítulo de discusión, nada de ello puede minimizarse. La autonomía del Congreso es un principio esencial de la democracia, y es saludable que el Legislativo demuestre que no actúa simplemente como una prolongación del Ejecutivo. Esa independencia fortalece las instituciones y envía un mensaje positivo sobre la separación de poderes. Pero una cosa es la autonomía, y otra muy distinta es que diferencias coyunturales, que hoy no parecen responder a desacuerdos programáticos de fondo, escalen hasta convertirse en una fractura política difícil de recomponer y que puede tener consecuencias en la gobernabilidad.Preocupa esta realidad porque el país atraviesa uno de los momentos más complejos de la historia reciente. El gobierno que comenzará el próximo 7 de agosto en cabeza de Abelardo De La Espriella no recibe una administración en condiciones de normalidad. Por el contrario, hereda unas finanzas públicas profundamente deterioradas, un sistema de salud en una de las peores crisis de su historia, un creciente déficit de energía que lo pone a las puertas de un apagón por cuenta de los pronósticos del fenómeno de El Niño y enormes retos en materia de seguridad, con unos grupos criminales envalentonados, entre otros desafíos.Así que el tamaño de esos retos hace indispensable que el nuevo presidente cuente, desde el comienzo, con una coalición legislativa sólida que le permita impulsar las reformas que el país reclama con urgencia.En este orden de ideas, la historia reciente demuestra que los primeros meses de un gobierno suelen ser decisivos para consolidar mayorías. Es precisamente en ese período cuando se construyen las bases que permitirán aprobar las iniciativas más importantes de un cuatrienio. Para no ir más lejos, ese escenario favorable fue el que le permitió al presidente saliente, Gustavo Petro, sacar adelante una reforma tributaria, que fue aprobada con el apoyo de la coalición mayoritaria que se formó al comienzo de su gobierno.En una situación como la que hoy vive el país, retrasar ese proceso de consensos en el Legislativo por disputas que perfectamente pueden resolverse, en tanto no involucran principios ideológicos no negociables, terminaría debilitando la capacidad del Estado para responder a problemas que no admiten larga espera.Preocupa, además, que buena parte de estas diferencias se estén alimentando en el escenario más propicio para la polarización: las redes sociales, donde los rumores adquieren categoría de verdad y los incentivos favorecen la confrontación permanente. Y pueden abrir heridas políticas cuya cicatrización demanda meses o incluso años. Colombia no puede darse ese lujo.Las discrepancias entre el abelardismo y el Centro Democrático son legítimas. En toda coalición existen tensiones, diferencias de enfoque y discusiones sobre liderazgos. Lo importante es que estas no terminen convirtiéndose en obstáculos insalvables para gobernar. Pero las diferencias no pueden estar por encima de la conveniencia nacional. Por ello, corresponde a sus principales dirigentes, de lado y lado, actuar con la madurez y la altura necesarias. En esa dirección, abrir espacios de diálogo directo entre sus líderes enviaría una señal inequívoca de disposición al diálogo, reduciría la incertidumbre y contribuiría a calmar los ánimos.Mientras ello ocurre, urge atemperar el lenguaje. Si durante los últimos años desde estos renglones se han señalado con firmeza los errores del gobierno saliente y el profundo deterioro institucional, económico y social que deja como legado, también corresponde advertir que la solución de esos problemas pasa necesariamente por la construcción de acuerdos entre el Ejecutivo y el Congreso, a donde llegarán las reformas que proponga el Gobierno. Si esa relación no garantiza ese norte, las posibilidades de corregir el rumbo serán escasas y, así, los únicos que perderán con una coalición fracturada no serán el Gobierno ni los partidos. Serán, una vez más, los colombianos, que esperan respuestas urgentes frente a problemas cuya gravedad ya no admite más demoras. Sigue toda la información de Opinión en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal. BOLETINES EL TIEMPORegístrate en nuestros boletines y recibe noticias en tu correo según tus intereses. 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