Daniel Passerini no la tiene fácil. Al frente de un bastión que históricamente le fue adverso al peronismo, sin reelección y golpeado por una sucesión de crisis que desgastaron a su administración, el intendente sabe que los próximos dos años serán decisivos no sólo para su legado, sino también para el proyecto político de Martín Llaryora.
En el oficialismo reconocen que la suerte del actual jefe municipal está estrechamente ligada a la del gobernador. La ciudad de Córdoba representa el principal activo electoral del cordobesismo y, al mismo tiempo, el territorio desde el que Llaryora construyó buena parte de su liderazgo actual. Nadie en el peronismo imagina un escenario en el que el mandatario provincial esté dispuesto a resignar ese espacio. Mucho menos con las elecciones del 2027 casi a la vista. La gestión de la capital se ha convertido en una prioridad absoluta. Nadie duda de que las recorridas de Llaryora y Passerini continuarán, inauguración de obras incluidas. Mucho más después que Provincia anunciara el desembolso de $ 130 mil millones para obras de bacheo y luminarias en Capital, bajo estricto control provincial.
El golpe político más duro para Passerini llegó tras el femicidio de Agostina Vega y la revelación de que Claudio Barrelier, detenido y principal sospechoso del femicidio, era becario municipal y respondía políticamente al exconcejal Ricardo Moreno.






