0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialCómo nos gusta prohibir. Le toca ahora el turno, si el Congreso así lo avala, al tabaco en las terrazas, en los conciertos al aire libre y en las playas. Un triunfo de la intransigencia y de la voluntad metomentodo del poder público. La aspiración del gobernante siempre apunta al mismo objetivo: dirigir la vida del ciudadano. De la A a la Z.No es suficiente. La mano dura para protegernos de nosotros mismos ha de extenderse hasta erradicar de raíz cualquier riesgo. Necesitamos una ley que obligue a los restaurantes a no aceptar pedidos que superen un determinado número de calorías. Hay que prohibir el baño veraniego en las playas a quienes no demuestren con certificados que su sistema cardiovascular funciona perfectamente. Castiguemos las prácticas sexuales de riesgo, no en nombre de la moral, sino de la salud. ¿Y el alcohol? ¡Prohibido también en el espacio público! Celebremos por todo lo alto que el Gobierno supla la falta de compromiso ciudadano en la seria misión de poner fin a la ancestral y mala costumbre de enfermar y morir.La nueva normativa no pretende salvaguardar la salud de quien no fuma, pues hablamos de espacios abiertosLa nueva ola prohibicionista viene avalada por el peso de la prueba que aporta la comunidad médica: fumar mata. Es cierto. La oposición a la medida por parte de los lobbies de los sectores vinculados al ocio –hacer caja versus salud– es argumentativamente perdedora. La idea de que la salud no tiene precio, aunque sí lo tenga, es imbatible.Es en el debate sobre los límites de la gestión del riesgo que puede asumir libremente y en nombre propio el ciudadano, y en la discusión sobre la capacidad de una sociedad para mantener ámbitos de autogestión a pie de calle, donde los argumentos a favor del tabaco podrían cobrar fuerza. Llibert TeixidóSobre lo primero, destaquemos el chantaje efectivo ejercido sobre el fumador para que acepte sin rechistar la prohibición: “Ya que si conviene le pagamos el hospital, acepte el veto sobre su vicio”. Esta extorsión no se práctica con quien tiene malos hábitos alimentarios, con el sedentario, con el bebedor, con el que practica deporte extremo o con quien tiene conductas sexuales de riesgo, por poner algunos ejemplos. A estos, a lo máximo, se procura informarles, no prohibirles sus vicios o excesos. A nadie se le ocurriría abrir el debate sobre si hay que proporcionar atención sanitaria a un habitual de las orgías múltiples con desconocidos, al conductor de un coche que se ha estrellado a 150 km/h o a quien se despeña por un barranco practicando montañismo. Con el fumador sí se abre periódicamente ese debate. Se impondría aquí, en favor de la justicia, esta máxima: ¡O todos toreros o todos monaguillos! Pero lo cierto es que algunos riesgos se toleran y otros no.En lo tocante a la capacidad de una sociedad para autogestionarse en cuestiones básicas, silencio extremo; acostumbrados como estamos a pedir permiso para ir al baño. Pero lo sustancial es que la nueva normativa que se propone no pretende en esta ocasión salvaguardar la salud de quien no fuma, pues hablamos de espacios abiertos. Se justifica únicamente como forma de evitar las molestias al no fumador. Así que conviene regresar de nuevo al principio de los toreros y los monaguillos. Porque hay a quien le disgustan e irritan las gentes que gritan o escuchan música sin auriculares, aquellos que tienen escasos hábitos higiénicos o los propietarios de animales que convierten la ciudad en un gigantesco váter al aire libre. Solo que las concesiones de unos para con otros, cuando se vive en sociedad, son imprescindibles. En el caso del tabaco se entiende que no debe ser así. El legislador antepone su ánimo prohibicionista a una demanda social más bien tibia, más allá de la que impulsan –si dejamos a un lado la comunidad médica– algunos colectivos tan picajosos como ruidosos.Defender el tabaco por los puestos de trabajo o por su aportación al PIB es vistoso y hasta puede que tenga recorrido en una sociedad organizada a través del dinero como principal vector. Pero es en el terreno más vaporoso de las ideas, en la capacidad de elección del individuo o en las bondades de una sociedad que se obliga a la transacción permanente y continua entre personas libres que viven en comunidad, donde la discusión se torna sólida para la toma de posición política. Queda a salvo de la prohibición, de momento, el domicilio. También el refugio en la lectura de la apología del humo de Roger Scruton. Hasta que el Gobierno encuentre el modo de mandar en nuestra intimidad y los libros del pensador inglés se añadan al índice de textos prohibidos por la Sana Inquisición. Solo es cuestión de tiempo.
¿Echamos un cigarrillo?, por Josep Martí Blanch
Cómo nos gusta prohibir. Le toca ahora el turno, si el Congreso así lo avala, al tabaco en las terrazas, en los conciertos al aire libre y en las playas. Un triunfo de la intransigencia y de la voluntad metomentodo del poder público. La aspiración del gobernante siempre apunta...











