El delantal manchado de témpera, la arcilla seca bajo las uñas, el hilo que se enreda entre los dedos. En talleres de todo el país, cada vez más chicos eligen poner a prueba sus habilidades manuales en lugar de deslizar un dedo por la pantalla. Y no se trata de una moda pasajera.
Desarrollar la paciencia
Muchos chicos se acercan a un taller de cerámica con la costumbre de las redes sociales instalada, donde todo parece resolverse en segundos y salir bien a la primera. La arcilla no funciona así, y ese contraste termina siendo la puerta de entrada a otra experiencia.
Sabrina Fonseca, licenciada en Artes Visuales y docente en el taller Klin, lo ve repetirse clase tras clase de cerámica. "Cuando tocan el material y se dan cuenta de las posibilidades que tienen, hay algo que los lleva al terreno de lo real", explica. La reacción no es igual en todas las edades: los menores de 12 años encuentran un territorio de juego, mientras que preadolescentes y adolescentes se topan con un desafío que exige paciencia.
Lo primero que buscan los padres, cuenta Fonseca, es que sus hijos trabajen la paciencia y la disciplina. A la vez, encuentran en el taller un espacio donde el chico se conecta con otra persona, con un material que no responde a la voluntad de nadie y, de paso, consigo mismo. Esa búsqueda se vuelve más nítida en la preadolescencia, cuando aparece otro desafío: la frustración. La docente ve que muchos chicos, en especial las mujeres, llegan con la expectativa de que todo salga perfecto y de mostrarse así al mundo, algo que la arcilla rara vez permite.










