Ayer, mientras conversaba con mi padre, terminamos hablando de un tema del que casi nadie quiere hablar: la herencia. En medio de esa conversación le dije algo que sentía desde hacía muchos años: "Vos ya nos diste la herencia más grande que un padre puede dejarle a un hijo: nos dejaste un buen nombre".

Por eso, esta columna está dedicada a mi padre, que nos heredó en vida el regalo más valioso que puede recibir una persona: un buen nombre y un buen apellido. Y también está dedicada a todos aquellos que, con sus actos cotidianos, están construyendo esa misma herencia para sus hijos y sus nietos.

Porque hay herencias que se gastan, y hay otras que aumentan su valor con el paso de los años.

Hace un tiempo escuché una historia que nunca olvidé. Una mujer trabajaba en una empresa. Estaba embarazada de tres meses. Su marido no tenía trabajo y, además, su hermano vivía con ellos porque también había perdido el empleo. Ella era el único sostén económico de toda la familia.

Justo en ese momento la empresa comenzaba a realizar despidos. Vivía con el temor permanente de ser la próxima.