Llevamos cuatro años soportando insultos, calumnias, desprecios, amenazas y asesinatos. Son miles los ciudadanos que arriesgaron sus vidas y su patrimonio para votarlos, sin olvidar que a Roger Mauricio Devia y Fabián Cardona los mataron por hacer campaña al Tigre, y a Miguel Uribe, por los señalamientos de Petro y tener posibilidades de derrotarlos con las banderas del Centro Democrático.En el largo y tortuoso camino hacia el Palacio de Nariño, la derecha, que compitió contra las innumerables trampas del Gobierno petrista, cometió el incomprensible disparate de librar una guerra fratricida. Fue tan cruenta que dejó heridas abiertas que aún supuran.Si supieran los políticos que respaldamos en legislativas y presidenciales, tanto veteranos como noveles, la rabia que generan sus peleas públicas, lo fútil que encontramos sus divisiones, lo nada que nos importaba quién diablos fuese el presidente del Congreso, quizá harían las paces y se pondrían a trabajar por lo que realmente nos inquieta a todos.Son tantos los problemas que heredamos, el corrupto petrismo ha dejado una nación tan devastada, que la batalla por un pinche cargo nos parece un impresentable pugilato de egos. Y que no se molesten en dar más excusas para justificar lo injustificable. No llegamos hasta acá varios millones de ciudadanos de centroderecha y derecha para ver cómo se despedazan.Encuentro humillante aliarse con el Pacto Histórico solo para que venciera el suyo. Pero tampoco parecía lógico escoger a un senador que apoyó la desastrosa paz de Petro y que pertenece a un partido que se vende al mejor postor.Como ambas partes sabían que tendrían que recurrir a la incoherencia de principios para ganar el pírrico combate, lo razonable habría sido ponerse de acuerdo tras bambalinas, ceder en la primera pugna, demostrar a sus votantes que respetan sus anhelos antes que sus ambiciones personales, que los agravios de la campaña quedaron atrás y sellaron el armisticio.A uno le queda la sensación de que fuimos unos ilusos al dar por hecho que se unirían por el bien del país. Les creímos más inteligentes, pragmáticos y desprendidos.Esperemos que ahora no empiecen otra disputa por el clásico “quién tuvo más culpa” y sigan el ejemplo de Deluque y Henríquez, que se estrecharon la mano y miraron para otro lado. Ambos saben que el Centro Democrático necesita al presidente electo y él al único partido que siempre ha defendido las ideas de la derecha. Pero también a los grandes que no poseen ideología fija, sino una cambiante. El Legislativo, sin prestigio por ser proclive a transarse por un plato de lentejas, es uno de los tres pilares que sostienen el sistema democrático. Petro lo compró y lo pisoteó. Abelardo De La Espriella tiene la obligación de respetarlo y no permitir que siga siendo un despreciable mercado persa.Para desgracia de quienes creemos en las ideas de derecha, comenzamos el periodo por el que tanto luchamos con un serio revés, muy decepcionados. Nos preguntamos si serán los líderes capaces de pasar página y pensar en sus votantes y no solo en su poder.Aunque uno queda cada día más confundido. Ahora el Centro Democrático nos notifica que nunca fue de derecha y que tienen sesgos izquierdistas. Porque, según dicen, las preocupaciones por el bienestar colectivo, las políticas sociales, son patrimonio de la izquierda. A la derecha, por tanto y conforme a esa narrativa, nos mueve la explotación laboral. Con amigos como estos, no necesitamos odiadores petristas que nos tildan de esclavistas, codiciosos y hasta nazis.No sé qué tiene de censurable ser de derecha decente y sin complejos, la que cree en el ser humano, en sus capacidades creativas, en el esfuerzo, la meritocracia, los empresarios como motor de riqueza para todos y la seguridad de mano dura, entre otros muchos ideales.De pronto nos convencimos, erróneamente, de que los compartían uribistas y abelardistas por igual y que trabajarían juntos para fomentarlos. No advertimos que antes que el interés común sigue rigiendo el particular, y que el petrismo, para una parte, ya no es el adversario principal.¿Dónde quedaron la desbordante corrupción, que están acelerando para robar todo lo que puedan antes del 7 de agosto, la salud resquebrajada, las guerrillas empoderadas hasta en el pacífico Vaupés, la deuda pública disparada, entre otro legado envenenado?La clave, parecen decirnos, es ver quién de los dos se queda con el liderazgo de la mitad de Colombia. La otra ya decidió, de manera tranquila, silenciosa y sin aspavientos, que la encabezarían Gustavo Petro y el avispado y avaricioso Iván Cepeda. No reconoce el triunfo de De La Espriella, pero agarra la curul de los 50 millones.Aunque, bien pensado, para qué criticarlos ni para qué destapar nuevos escándalos. Que la ultraizquierda siga en su cuento chimbo, corrupto, fangoso, violento, mientras observa feliz la deplorable pelea de gallos en la orilla contraria.
Uribe-De La Espriella: una pelea deplorable
A uno le queda la sensación de que fuimos unos ilusos al dar por hecho que se unirían por el bien del país. Les creímos más inteligentes, pragmáticos y desprendidos.







