Hay un tipo de pregunta que, cuando se hace en una sala de directorio, siempre termina igual: “Sí, pero… ¿y si cambia el viento?”. Porque en Argentina el largo plazo compite contra la incertidumbre que nace de la inestabilidad institucional y de la dificultad para sostener reglas en el tiempo. Hablo de la gobernanza pública: de cómo se toman decisiones, cómo se negocian, cómo se compatibilizan los tiempos políticos con la lógica de proyectos que requieren años para rendir. La inversión de largo plazo no desaparece por “tener incertidumbre”, sino por un tipo de incertidumbre que es la que vuelve imprevisible la conducta del sistema. En otros términos: no es lo mismo un contexto difícil que un contexto donde la regla del juego es frágil. Y en Argentina, el mercado evalúa la probabilidad de que los propios supuestos no se cumplan. Cuando la inversión se percibe como rehén del conflicto político, el horizonte se achica. Las compañías dejan de pensar en capex plurianual y vuelven a financiar el presente. Porque el riesgo principal pasa a ser decisional. ¿Quién decide? ¿Con qué límites? ¿Hasta cuándo? ¿Qué ocurre si cambia la relación entre poderes? ¿Qué pasa si una política se interrumpe, se modifica o se judicializa? Esa cadena de preguntas se resuelve con instituciones. Si es posible o no lograr inversiones de largo plazo en este contexto, es un asunto clave para el desarrollo del país.