El aroma de un bizcocho recién hecho, el olor de una crema solar o el perfume de un familiar pueden trasladarnos de manera inmediata a momentos concretos de nuestra infancia. Este fenómeno, conocido como el “efecto de la magdalena de Proust”, ya tiene una explicación científica. Un estudio del Centro Nacional para la Investigación Científica (CNRS) de Francia, publicado en la revista PLOS Biology, ha identificado por primera vez los mecanismos neuronales que permiten que determinados olores permanezcan grabados en el cerebro durante décadas y sean capaces de despertar recuerdos especialmente intensos y cargados de emoción.
El nombre de este fenómeno procede de Por el camino de Swann, la primera parte de la novela En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. En ella, el protagonista revive de forma involuntaria recuerdos de su infancia al probar una magdalena mojada en té. Más de un siglo después, la neurociencia ofrece una explicación de por qué los olores tienen una capacidad tan especial para activar la memoria.
Los investigadores comprobaron que las experiencias olfativas repetidas y asociadas a emociones positivas durante la infancia dejan una huella duradera en el cerebro. Cuando una persona vuelve a percibir ese mismo aroma años o incluso décadas después, no solo recupera el recuerdo, sino también las emociones que experimentó en aquel momento. De hecho, según el estudio, esta respuesta es mucho más intensa que la que pueden provocar otros estímulos sensoriales, como las imágenes o los sonidos.








