Hace un par de décadas, cuando Simon Rattle interpretó los Gurrelieder de Arnold Schöenberg en Berlín, le preguntaron cómo era posible que combinara los Gurrelieder (cuya ejecución demanda una orquesta gigantesca con 400 miembros de coro adicionales) con el conocido y mordaz comentario de Schöenberg de que en la Europa civilizada todo lo que se necesita para lograr el efecto deseado en una interpretación musical son seis, como máximo siete intérpretes; las orquestas solo se necesitan para los estadounidenses primitivos... Rattle dio una respuesta precisa: los Gurrelieder son simplemente una pieza de música de cámara que necesita 600 músicos para ser interpretada correctamente... Creo que esta paradoja describe a la perfección la grandeza de Odyssey de Christopher Nolan. Mi primera reacción ante Odyssey fue una gran sorpresa: tras leer numerosas reseñas entusiasmadas con escenas gigantescas y espectaculares, con la cruda autenticidad de los combates, etc., la película en sí me pareció casi lo opuesto a esas descripciones; un drama más bien modesto, casi de cámara, que de vez en cuando me recordaba a producciones de serie B. Nunca vemos la playa frente a Troya con miles de soldados griegos y cientos de barcos en el agua detrás de ellos, no hay una batalla masiva con cientos de soldados luchando. Los griegos en la playa son principalmente un pequeño grupo de un par de docenas de individuos perdidos con mal tiempo en la arena desolada de la playa. Troya misma tampoco se muestra como una megaciudad, sino más bien como un grupo de edificios con calles estrechas y retorcidas entre ellos. Además, Nolan evitó mostrar directamente la crueldad excesiva; basta recordar el paso del barco de Odiseo entre Escila y Caribdis. Caribdis no es un remolino gigantesco (fácil de reproducir con efectos especiales), sino un círculo de agua muy modesto que no representa ninguna amenaza aterradora... Estos comentarios no pretenden ser una crítica: señalan lo que hace que la película sea grande. Los comentaristas señalaron hace mucho tiempo que, mientras la Ilíada se centra en las hazañas y luchas masculinas y las mujeres quedan reducidas a un token secundario, la Odisea también pone de relieve la vida interior de las mujeres. La Ilíada comienza mencionando la cólera de Aquiles: está furioso porque Agamenón le quitó a la esclava Briseida; sin embargo, Aquiles no está dolido por algún tipo de apego emocional hacia Briseida, lo que importa es simplemente que se sintió humillado porque lastimaron su orgullo. La Odisea cambia totalmente la perspectiva, y Nolan da aquí un paso adicional crucial e ingenioso: las reconocidas y bellas estrellas que interpretan a las mujeres (Anne Hathaway, Charlize Theron...) no se ven embellecidas; la forma en que están rodadas expone por completo, a veces de manera casi embarazosa, su edad. Están mayormente desexualizadas (aunque Calipso retuvo a Odiseo como su amante durante años, no hay tensión erótica en su relación). Esta desexualización llega a su clímax en la figura de Circe, interpretada soberbiamente por Samantha Morton. En el poema, Circe es una seductora: convierte en cerdos a los hombres que rechazan sus avances y retiene a Odiseo durante un año como su amante; en la película, en cambio, simplemente siente repugnancia por la gula masculina y los convierte en cerdos cuando no pueden dejar de comer. Es la figura masculina principal, Agamenón, la que no está realmente personalizada: en su mayoría no vemos su rostro, que está oculto tras un casco gigantesco, y lo mismo ocurre con los soldados troyanos: son anónimos, despersonalizados, de modo que, aunque la película describe los crímenes y las trampas de los griegos, no lo hace contraponiéndolos a unos troyanos más honestos y comprensivos.
‘Odyssey’: por fin un buen drama de cámara
El filme de Nolan permite pensar el nacimiento de la época clásica de los griegos con una mirada diferente: lo antiguo se revela como moderno.












