El pensamiento contemporáneo puede suceder en oscuros seminarios, sesudos congresos, papers académicos o ensayos que leen y discuten solo los más cafeteros. Pero hay autores que brincan fuera de esos círculos y llegan a un público más general, entre el que levantan pasiones. El 26 de septiembre de 2025 Judith Butler, icono del pensamiento contemporáneo y pilar fundamental de la teoría queer, compareció en el Museo Reina Sofía, en Madrid, en conversación con el periodista Joseba Elola, para celebrar el décimo aniversario de este suplemento Ideas. “Estamos viviendo una restauración del patriarcado y el racismo”, fue el titular de la crónica publicada. Para recibir a Butler se formaron grandes colas, muchos se quedaron fuera y su charla transcurrió entre un atronador silencio atento, frecuentes ovaciones y hasta gritos propios del fenómeno del fan. Al finalizar, el auditorio completo se puso en pie. Es una lista heterogénea, pero con un aire común: Butler, Slavoj Žižek, Byung-Chul Han, Thomas Piketty, Yuval Noah Harari… O Mark Fisher, con un gran éxito póstumo. ¿Qué hace que algunos pensadores se conviertan en rockstars del pensamiento?Además de su originalidad o profundidad, influyen otros asuntos como la capacidad de generar conceptos útiles en una época de gran incertidumbre o la soltura al moverse en los círculos culturales de más amplio rango. “Los pensadores se comportan como pequeñas empresas que buscan maximizar su visibilidad en el mercado de las ideas”, escribe con vitriolo Stefano Micali en su reciente ensayo Cómo tener éxito en filosofía. Estilos y estrategias para convertirse en un pensador influyente (Herder). El filósofo italiano hace una clasificación de estos autores y describe algunos de sus trucos argumentativos y actitudes públicas. Por ejemplo, diferencia tres “vías privilegiadas hacia el éxito”. La primera es la transitada por pensadores como Byung-Chul Han o Giorgio Agamben; son los profetas de la distopía pasada: los únicos que se han percatado de que el mundo ya se ha convertido en una distopía catastrófica no reconocida y que las cosas solo están yendo a peor. Otra, propia de autores como Slavoj Žižek, es la performance espectacular: producir continuamente y sobre muchas cosas, disertar con el discurso sinuoso del jazz, improvisar, mezclar alta y baja cultura, combinar doctrinas, estar siempre ahí. Los famosos chistes de Žižek. Por último, el convertirse en una marca, postura que Micali le adjudica a autores como Butler: una cuestión social se ha asociado indefectiblemente con su nombre. Para Micali, el nombre del Butler está asociado a las cuestiones de género como Nike a las zapatillas deportivas. “El pensador-marca”, escribe Micali, “no puede sino tratar temas candentes (como la ecología o la identidad de género) y, para ganar visibilidad, debe crear la impresión de haber desplazado radicalmente los ejes del discurso”. Los tres modelos no son mutuamente excluyentes. “Se trata de autores que tienen un discurso general que atraviesa distintos estratos sociales y que se mantiene con publicaciones frecuentes y cortas, que suelen captar el espíritu del tiempo”, opina Giselle Etcheverry, comisaria de proyectos literarios y de pensamiento. Basta pensar en el continuo flujo de pequeños ensayos de Han o la capacidad de Žižek para analizar en libro los hechos de actualidad antes casi de que ocurran. La experta también tiene en cuenta el trabajo de las editoriales en la popularización, y eso va por países. Por ejemplo, Han recibe una atención en España de la que no dispone en otros lugares, mientras que autoras como la socióloga y filósofa eslovena Renata Salecl o la filósofa de la ciencia belga Vinciane Despret gozan de gran fama en América Latina. “Y eso es labor de las editoriales”, dice Etcheverry. La difusión en redes, en pequeños vídeos o en esos memes con citas lapidarias, es un aporte fundamental. Y los conceptos sencillos y claros se viralizan con mayor facilidad. Así, son figuras que ofrecen una caja de herramientas para entender el presente. “Manejan muy bien los conceptos, desprendiéndose del lenguaje académico, dirigidos a ese público que busca un diagnóstico útil para entender el mundo. Que lee cosas que luego ve en su vida cotidiana”, explica Javier Correa Román, redactor de la revista de divulgación Filosofía&Co y artífice de la librería malaletra, centrada en el ensayo político. Cuando la teoría se adapta a la cotidianidad del receptor este se siente, no solo identificado, sino sagaz al poder interpretar la realidad más allá de su superficie. “Por ejemplo, vende mucho la cartografía de la cultura popular, cuando esta no se entiende como algo vacío, sino como algo en lo que operan ciertas fuerzas. Por ejemplo, se podría analizar qué cuestiones se dirimen por debajo de La isla de las tentaciones”, añade el experto. No solo Žižek es aficionado a la cultura popular, el fallecido Mark Fisher, uno de los autores más citados (y cool) de la actualidad, aupado en su concepto de realismo capitalista, basa buena parte de su discurso en el análisis de esta. Hay algunas técnicas, según el texto de Stefano Micali, para el éxito del pensador influyente. Por ejemplo, la inversión, que consiste en invertir la tesis dominante sobre un tema determinado: negar la mayor. O, por ejemplo, declararse el primero en haber captado la esencia de un asunto. O, también, criticar a los colegas desde una posición de superioridad manifiesta. “El tono debe ser perentorio”, escribe Micali, “no se argumenta, sino que se enuncia algo obvio, un hecho irrefutable”. Pensándolo bien, son técnicas que también pueden resultar útiles al común de los mortales en las conversaciones de barra de bar. Siendo audaces, podríamos añadir algunos rasgos personales que definen al personaje: la atropellada dicción y gestos nerviosos de Žižek, la imagen enigmática de Han (y su obsesión con su jardín y sus pianos) o la condición no binaria de Butler. Les hace reconocibles, seguramente de forma involuntaria, entre una plétora de ensayistas sin mayores atributos personales. Además de estas estrellas de la reflexión contemporánea, podría decirse que hay una segunda línea de autores, no tan transversales y reverenciados, que forman una constelación en el pensamiento actual. “Son intelectuales reconocidos en los ámbitos de conocimiento fragmentados en los que hoy nos movemos”, dice Etcheverry pensando en autoras como Donna Haraway y el pensamiento cíborg, Wendy Brown y la crítica del neoliberalismo o Rosi Braidotti y lo poshumano, nombres de referencia imprescindibles en sus ámbitos. Hace referencia a esos “intelectos colectivos” que recoge McKenzie Wark en sus compilaciones sobre pensadores del siglo XXI (publicadas en España por La Caja Books): son parte de un conocimiento que solo puede ser alcanzado de forma cooperativa. Pese al éxito, las distinciones, las giras y las ventas, o precisamente por ellas, muchas veces los autores más célebres son mal vistos desde la academia, que considera que su fama es desproporcionada comparada con su aportación al conocimiento o los juzga descuidados en su praxis. “Creo que es algo injusto; son autores con un gran nivel de exposición y probablemente muchos otros no superarían el escrutinio al que se les somete”, dice Correa Román. En época de sobreproducción de estímulos e ideas, saturada de opiniones y especialistas, estos autores ofrecen relatos útiles sobre el mundo y nuestro papel en él. Y nos hacen sentir más listos.