Hay apenas un centenar de metros entre la praza do Obradoiro y la de A Quintana. Se recorren en poco más de un minuto. Suficiente para pasar del incienso a las gaitas, de los uniformes militares a las camisetas reivindicativas, de la solemnidad al bullicio de las banderas gallegas con estrella roja. Cada 25 de julio, mientras la Corona, el Gobierno, la Xunta, la cúpula militar y las autoridades eclesiásticas renuevan en la catedral de Santiago la ofrenda al apóstol, a unos pasos de allí miles de personas celebran el Día da Patria Galega entre proclamas nacionalistas, republicanas y de izquierdas. En medio, miles de jóvenes prolongan la resaca de una de las noches más multitudinarias del año, cuando Compostela se transforma durante unas horas en una mezcla de romería, verbena universitaria y carnaval.PublicidadLa imagen alimenta el tópico de las dos Galicias, aunque Galicia siempre ha convivido con los contrarios. En la tierra donde una de las mayores fortunas del planeta levantó el mayor imperio mundial de la moda rápida, cientos de miles de personas siguen viviendo al borde de la pobreza. En la comunidad donde casi todo el mundo conoce la lengua propia, cada vez menos jóvenes la utilizan. En el país donde el centroizquierda sociológico sobrevive desde hace casi cuatro décadas a la hegemonía electoral de la derecha; donde el golpe militar de 1936 dejó una de las represiones más feroces de la retaguardia franquista, la extrema derecha organizada apenas encuentra hoy espacio político.El escritor, poeta y periodista Manuel Rivas, Premio Nacional de las Letras 2024, prefiere hablar de diversidad antes que de antagonismos y contradicciones. "Las dos imágenes que se dan en Santiago son una escenografía no sólo local, sino representativa de las pulsiones que vive hoy el mundo", explica. Incluso dentro de la propia manifestación nacionalista, añade, "conviven sensibilidades y colectivos alternativos muy diversos". Para Rivas, la fotografía del 25X –la X es por xullo, julio en gallego– trasciende a Galicia porque enfrenta dos maneras muy diferentes de entender el espacio público: "La ofrenda al apóstol es la necropolítica, una actualización del viejo pacto entre el trono y el altar que hoy representan las democracias modernas; mientras la biopolítica está en las calles, donde reside la vida del pueblo".DesequilibrioLa arquitecta Teresa Táboas, secretaria general de la Unión Internacional de Arquitectos, primera mujer que presidió el Colegio Oficial de Arquitectos de Galicia y exconselleira de Vivenda del Gobierno bipartito, introduce un matiz decisivo. "Las paradojas y contradicciones no son exclusivas de Galicia. Culturalmente están en todo el Estado. Pero aquí conviven mundos muy diferentes. No hablaría tanto de contradicciones como de desequilibrios", que atraviesan, relata, cuestiones tan distintas como el envejecimiento, el modelo territorial, la lengua o el sistema político.El país de Rosalía de Castro, que convirtió la migración en uno de sus grandes relatos contemporáneos; el de Castelao, que soñó una Galicia capaz de gobernarse a sí misma; el de Concepción Arenal y Emilia Pardo Bazán, pioneras del pensamiento feminista cuando esa palabra apenas existía; o el de Isaac Díaz Pardo, que quiso reconciliar industria, memoria y cultura, sigue escapando una y otra vez a las categorías simples. Como advierte Rivas y confirma Táboas, desde fuera Galicia continúa apareciendo como territorio remoto, resignado y conservador, cuando, desde dentro, es mucho más complejo. Los cien metros que separan las dos representaciones del 25X también representan la distancia entre los contrastes que Galicia lleva más de un siglo intentando conciliar.PublicidadSi hay que elegir una sola imagen para resumir el capitalismo gallego basta con mirar a Arteixo (A Coruña). Allí nació el mayor grupo textil del mundo y una de las mayores fortunas del planeta. Inditex ha cambiado la forma de vestir de varias generaciones de jóvenes en los cinco continentes, pero esa misma comunidad donde Amancio Ortega levantó un imperio empresarial mantiene una de las rentas medias más bajas del Estado y cerca de una cuarta parte de su población vive en riesgo de pobreza o exclusión social. Galicia exporta riqueza mucho mejor de lo que la distribuye, es la paradoja de su modelo económico: capaz de generar empresas globales pero incapaz de lograr que la prosperidad alcance por igual al conjunto de su sociedad.La contradicción adquiere una dimensión casi literaria cuando se observa la pirámide demográfica. La empresa que viste el futuro nació en uno de los territorios más envejecidos de Europa, donde sólo Asturias la supera en ese índice. Por cada gallego menor de 20 años hay ya más de dos mayores de 65. Zara, Bershka y Pull&Bear marcan tendencia entre adolescentes de Tokio, Ciudad de México y Nueva York, mientras miles de aldeas gallegas contemplan cómo desaparecen los últimos niños de sus escuelas. "El envejecimiento es un ejemplo de ese reequilibrio que necesitamos urgentemente", resume Táboas.PublicidadEl idiomaNinguna otra paradoja gallega resulta tan dolorosa como la que afecta a su idioma, que sobrevivió a siglos de prohibiciones y que parece tener hoy más dificultades para sobrevivir que entonces. La comunidad bilingüe de España donde la lengua propia tiene un mayor grado de conocimiento social es también la única en la que pierde hablantes. Casi todo el mundo entiende el gallego, pero cada vez menos jóvenes lo incorporan con naturalidad a su vida cotidiana.Táboas no cree que sea un proceso espontáneo. "La pérdida de peso del gallego es una estrategia de gobierno del PP, que Alfonso Rueda ha continuado desde las mayorías absolutas de Alberto Núñez Feijóo. Convertir la lengua en instrumento de disputa política fue primero una herramienta electoral y luego de gobierno". Para el presidente de la Xunta, nada más lejos de la verdad: "Somos un pueblo humilde, trabajador, unido, abierto, moderno y lleno de futuro, que cuida su tierra y su mar y protege su lengua", dijo Rueda el pasado jueves en el acto anticipado que organizó el PP con motivo del Día Nacional. Alfonso Rueda: "Somos un pueblo humilde, trabajador, unido, abierto, moderno y lleno de futuro, que cuida su tierra y su mar y protege su lengua"Pocas realidades explican mejor esa tensión, también entre modernidad y deuda histórica, que la situación de las mujeres gallegas. Durante décadas sostuvieron las economías de cientos de miles de familias cuyos varones adultos emigraron a América o a Europa –fueron más de millón y medio en el siglo XX–. Son las viúvas de vivos, separadas de sus maridos durante décadas. Galicia también fue la tierra de figuras que rompieron moldes mucho antes de que el feminismo ocupara el centro del debate público, pero su legado convive con las pensiones femeninas más bajas de España junto a las de Extremadura. Una jubilada gallega con una pensión contributiva cobra unos 1.100 euros al mes, un 30% menos que un hombre y 472 euros menos que la media nacional de ambos sexos. Una pensión no contributiva media para una mujer ronda en Galicia los 400 euros.Las contradicciones alcanzan a la política, claro. Según el CIS previo a las elecciones autonómicas de febrero de 2024, los gallegos se sitúan ideológicamente alrededor del centroizquierda. Poco después de que se publicara la encuesta, Rueda revalidó la mayoría absoluta del PP, que ha gobernado la Xunta durante 37 de los 44 años de autonomía. Tampoco ahí sirven las explicaciones simplistas, y Manuel Rivas rechaza la idea de una Galicia eternamente de derechas: "Es difícil resumirlo, pero me gusta esta frase: Galicia es conservadora, no reaccionaria". Esa diferencia ayuda a entender por qué mientras la extrema derecha crece en buena parte de Europa y de España, Vox sigue siendo irrelevante en Galicia. "La explicación fácil es decir que ya está dentro del PP, pero eso tampoco sirve, porque entonces ocurriría igual en Madrid o en Andalucía, y no es así". Para Teresa Táboas, la hegemonía del PP tiene que ver "con la ley electoral y el desequilibrio territorial que genera". Recuerda que en 2009 la suma de los votos del PSOE y del BNG superó a la del PP, aunque Alberto Núñez Feijóo obtuvo mayoría absoluta en escaños.MemoriaHay otra contradicción que sigue recorriendo Galicia 90 años después del golpe de 1936. La Guerra Civil apenas existió como frente de batalla porque la sublevación triunfó en cuestión de días y dio paso a una de las represiones más sistemáticas y sanguinarias del franquismo. Alcaldes, maestras, sindicalistas, médicos, periodistas, diputados, campesinas... La violencia no respondió a una lógica militar, sino a una voluntad de exterminio del adversario político antes incluso de que pudiera organizar ninguna resistencia. "Fue una cacería", resume Rivas. "Cuando la comisión que había llevado a Manuel Azaña [el presidente de la República] el Estatuto de Autonomía recién aprobado regresó a Galicia, se fue encontrando cadáveres en las cunetas. De quienes integraban aquella delegación, la mayoría de los que volvieron acabaron también asesinados".En el país donde aquella violencia dejó una huella tan profunda, sin embargo, la extrema derecha organizada apenas ha encontrado espacio político. Vox no tiene representación en el Parlamento gallego ni en las Cortes Generales por circunscripciones gallegas; tampoco cuenta un solo alcalde. Sólo una concejala de entre mas de 3.700 ediles que se eligieron en 2023.PublicidadLa tensión entre tradición y cambio tampoco resulta nueva. A menudo se presenta Galicia como una esquina remota del mapa, un territorio que llega siempre tarde a la historia. Manuel Rivas rebate esa idea. "Se nos sitúa como un lugar oscuro y lejano que ha alumbrado a tipos como Franco, Fraga, Rajoy, Feijóo... Pero Galicia nunca fue un fin del mundo; fue un cruce de caminos del mar, que eran los grandes caminos de la historia". Y recuerda que aquí surgieron las revoluciones irmandiñas, consideradas las primeras grandes rebeliones campesinas de la Europa moderna; que el levantamiento liberal de los mártires de Carral precedió a las revoluciones europeas de 1848; que el Frente Popular y el Partido Galeguista arrasaron en las elecciones de febrero de 1936 apenas unos meses antes del golpe; y que el bipartito presidido por Emilio Pérez Touriño fue el primer ensayo de una coalición estable entre socialdemocracia y nacionalismo mucho antes de que esa fórmula llegara al Gobierno de España. "El mito histórico también es falso", concluye.La economía ofrece más contradicciones. Galicia albergó la primera entidad financiera de España, el Banco Etcheverría, y durante buena parte del siglo XX construyó uno de los sistemas financieros propios más sólidos del país. Banco Pastor, Banco Gallego, Banco de Galicia, Caixa Galicia, Caixanova... Hoy no queda ninguno bajo control gallego. Buena parte de las decisiones estratégicas que afectan a la economía gallega se toman a centenares de kilómetros. Sentimiento de expolioAlgo parecido sucede con la energía. Embalses, centrales hidroeléctricas y miles de aerogeneradores convierten a Galicia en una de las grandes productoras de electricidad del Estado. Produce bastante más de la que consume, pero esa abundancia convive con un arraigado sentimiento de expolio energético. La electricidad viaja; el impacto ambiental permanece. De las movilizaciones contra la central nuclear proyectada en Xove en los años 70 a las protestas contra los vertidos radiactivos en la Fosa Atlántica en los 80, el movimiento Nunca Máis en los 2000 o la contestación social actual al proyecto de Altri, el ecologismo gallego ha encontrado casi siempre un hilo conductor: la sensación de que el país soporta los costes mientras otros obtienen los beneficios.PublicidadLa misma lógica atraviesa el mar. Galicia posee más kilómetros de costa útil que ninguna otra comunidad española y concentra buena parte del poder pesquero europeo. Su identidad colectiva continúa mirando al Atlántico. Pero cada año vive menos gente de él. El número de afiliados al régimen especial del mar se ha reducido drásticamente en apenas dos décadas, de más de 28.000 a menos de 17.500 trabajadoras y trabajadores.Manuel Rivas: "Galicia nunca fue un fin del mundo; fue un cruce de caminos del mar, que eran las grandes autopistas de la historia"Parecería que la paradoja gallega obliga a elegir: entre A Quintana y O Obradoiro; entre Rosalía y Amancio Ortega; entre Castelao y Fraga; entre la aldea y Zara; entre la migración de fuera y la migración hacia fuera; entre los molinos eólicos y la factura de la luz; entre lo decimonónico de su himno oficial –compuesto sobre el poema Os Pinos de Eduardo Pondal–, y lo irreverente de su himno oficioso –Miña terra galega, de Siniestro Total–. Quizás es que lleva demasiado tiempo siendo contemplada como un territorio de niebla, silencios y tópicos, cuando fue aquí donde se levantaron los irmandiños contra los señores feudales; donde Concepción Arenal defendió la reforma social cuando las mujeres apenas podían acceder a la universidad; donde Emilia Pardo Bazán desafió el canon literario y el patriarcado; donde Alexandre Bóveda pagó con su vida el compromiso con el autogobierno; donde Isaac Díaz Pardo intentó reconciliar industria, memoria y cultura; donde el cartógrafo Domingo Fontán dibujó por primera vez al país sobre un map antes incluso de que existiera como sujeto político contemporáneo.En el borde del mapaQuizá por eso Manuel Rivas rechaza la idea de una Galicia resignada o periférica. "Muchas cosas pasaron primero aquí". Es una reflexión que va mucho más allá del orgullo local. Obliga a revisar una historia escrita como si el Atlántico hubiera sido un borde del mapa, cuando durante siglos fue la principal autopista del mundo. También Teresa Táboas invita a desconfiar de las simplificaciones. Lo que muchos interpretan como contradicciones, sostiene, son en realidad desequilibrios: entre generaciones; entre el litoral y el interior; entre hombres y mujeres; entre quienes producen la riqueza y quienes la disfrutan; entre la Galicia que mira al mundo y la que teme quedarse vacía. No son escenarios incompatibles. Pero en ellos se representan las tensiones de un país que sigue buscando su punto de equilibrio.PublicidadQuizá por eso el 25X dice mucho más de lo que aparenta. Mientras en la praza do Obradoiro el Estado renueva un ritual que hunde sus raíces en la alianza histórica entre la Corona, el Ejército y la Iglesia, en A Quintana miles de personas reivindican otra idea de Galicia. Entre ambas plazas apenas median unos pasos, poco más de un minuto de caminata. No hay muros. Ni fronteras. Sólo cien metros. Una distancia mínima en la que cabe casi toda la historia contemporánea de Galicia. Un periodista de Vilanova de Arousa lo resumió un día de otoño en Bruselas, cuando propuso reescribir con una sola frase el preámbulo del Estatuto de Autonomía: "Galicia por un lado puede ser, pero por el otro, ¿qué quiere que le diga?".