Honorina Hernández metió en el coche a su familia, a cinco perros y poco más. “Realmente he cogido unas pastillas que tengo que tomar, y ya está”, explica. Detrás dejaba Chapinería (2.700 habitantes), su pueblo, convertido en una de las localidades que la Comunidad de Madrid ha ordenado desalojar este viernes por el avance del fuego. “Ha sido todo muy precipitado”, asegura a EL PAÍS por teléfono.En el momento en que llegó la alerta, cuenta, no hubo tiempo para pensar. “Simplemente cogimos a los animales, metí mis pastillas al bolso y nos subimos todos al coche”, afirma. Describe esas primeras horas como una mezcla de desorientación y mucha preocupación, más aún al no saber con certeza qué estaba pasando en el pueblo. Honorina cree que la evacuación ha sido, sobre todo, “una medida preventiva para evitar que la población quede expuesta al humo y la contaminación, más que por un riesgo inminente de que el fuego llegara a entrar en el casco urbano”.En Chapinería ya quedan pocas familias: la mayoría ha desalojado el lugar con lo imprescindible. “Hay que salir del pueblo ya”, grita una mujer desde un coche. Los móviles vibran con una alerta de emergencia con un sonido aturdidor. La ceniza vuela sobre las pequeñas casas mientras una nube gris cubre el cielo. Un hombre deja comida a los animales antes de marcharse. “Recién habíamos comprado cosas para la casa… y justo se empieza a incendiar el pueblo. Tenemos todo dentro, ropa, nuestras cosas. Sentimos que si la casa se incendia, nadie nos va a responder por ella”, cuenta Brandon Orjuela, colombiano que lleva cuatro años en España. Sale de su casa junto a su pareja y su familia, sin saber si podrán volver y con la incertidumbre de perder todo lo que han trabajado. Compran algunas botellas de agua, intentan calmar los maullidos de sus dos gatos y se suben al coche rumbo a Getafe con la ilusión de que en unas horas puedan regresar a casa. Informa Stephanny Pinzón.Su salida forma parte de una jornada que ha ido a peor hora tras hora. Los tres incendios que ardían por separado desde el jueves en la Comunidad de Madrid —el iniciado en Almorox (Toledo), el de Villa del Prado y el de San Martín de Valdeiglesias— se han fusionado en un único gran frente que, según ha confirmado el consejero de Medio Ambiente, Agricultura e Interior de la región, Carlos Novillo, avanza directamente hacia Chapinería, lo que ha obligado a decretar su evacuación junto a la de Navas del Rey y Colmenar del Arroyo.El fuego ha arrasado ya más de 6.000 hectáreas y sigue sin estar perimetrado. La gravedad de la situación llevó anoche al ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, a declarar la emergencia de interés nacional en la Comunidad de Madrid y en la provincia de Ávila, donde otro incendio activo en Burgohondo amenaza con cruzar a territorio madrileño. Marlaska, que ha instalado el puesto de mando en Cenicientos, ha calificado la jornada de “muy difícil” por el viento, de 50 kilómetros por hora, y las altas temperaturas. España ha solicitado la activación del mecanismo europeo de respuesta y la Comisión Europea ha movilizado ya cuatro aviones Canadair, dos desde Grecia y dos desde Italia, para reforzar la extinción. El número de evacuados en la región ascendía a 19.000 a media mañana de este viernes.Nori, como la conocen en el pueblo, habla ya desde el municipio madrileño de Brunete, adonde ha llegado después de un trayecto que describe como caótico. Es la primera vez en horas que tiene cobertura para hablar con más calma: “Allí no hay cobertura de ninguna clase, nada más que podemos hablar con emergencias”. Durante buena parte del día ha estado prácticamente incomunicada, sabiendo del incendio solo por lo que veía y olía a su alrededor. “Está todo lleno de humo y de pavesas”, cuenta. “Es una situación que no te puedes imaginar”.No todos los vecinos han salido del mismo modo. Como Nori, quienes han podido coger el coche se han dirigido sobre todo a Brunete. El resto, los que no disponían de vehículo propio, han sido trasladados en los autobuses habilitados por la Comunidad de Madrid con destino a Villaviciosa de Odón, dentro de un dispositivo de 24 autobuses interurbanos con el que la región prevé trasladar a 1.200 personas solo en esta primera fase de la evacuación.Con ella viajaban cinco perros, mientras que los gatos los han tenido que dejar en el pueblo. Al llegar a Brunete se ha topado con un problema inesperado, y es que no sabía dónde dejarlos. El pueblo, cuenta, está desbordado, con coches aparcados como se puede y “gente con perros por todos los lados”, vecinos de Chapinería y de otras localidades evacuadas que han ido a parar al mismo sitio.Tampoco ha sido fácil saber cómo estaba el resto de la familia. Nori ha ido localizando a unos y otros a base de llamadas y de lo que le iban contando entre ellos, aunque no ha conseguido hablar con todos. Y por ahora nadie le ha podido decir lo que más le importa: cuándo podrá volver a casa. “Solamente han alertado de la evacuación. No nos han dicho cuándo tenemos que volver”, lamenta.