Treinta días después, en Venezuela las consecuencias del doble terremoto que sacudió el centro-norte del país el 23 de junio siguen presentes y el drama continúa para cientos de afectados. El desastre dejó imágenes de edificios derrumbados, rescates contrarreloj y familias que aún esperan respuestas entre montañas de cemento. En Caraballeda y otras zonas de La Guaira, las máquinas continúan removiendo escombros. Entre los restos de edificios que alguna vez fueron hogares todavía aparecen flores, velas y pequeños altares levantados por familiares. El ruido constante de la maquinaria convive con la espera silenciosa de quienes aún buscan recuperar a un ser querido. "Grité y grité": habló el único sobreviviente de una familia fallecida durante la caída de un edificio en el doble terremoto de Venezuela
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"Sigue el proceso de levantamiento de escombros", contó a PERFIL Estefanía Herrera, una vecina de Caracas que acompaña la situación desde el primer día. "Las tareas continúan en varias zonas afectadas y todavía hay familias que permanecen pendientes de cualquier novedad mientras avanzan los trabajos de remoción y búsqueda", relató. El balance oficial más reciente da cuenta de 5.398 muertos, 16.740 heridos, 6.462 personas rescatadas con vida, cerca de 18.000 personas sin hogar y más de 23.000 alojadas en 107 refugios temporales distribuidos entre Caracas, Miranda y La Guaira. Las cifras fueron aumentando con el correr de las semanas y distintos organismos advierten que el impacto real podría ser incluso mayor. Una búsqueda que todavía no termina Durante los primeros días, la tragedia se midió en rescates. Una de las imágenes que más impactó al país y al mundo fue la de Fabiana Blanco, una niña de 12 años que permaneció 32 horas atrapada bajo toneladas de concreto y acero en La Guaira. Cuando los equipos lograron abrir un estrecho acceso entre los restos del edificio, lo primero que apareció fue su rostro. Estaba viva y sonreía. Un mes después, esos momentos de alivio quedaron atrás. La etapa de los rescates milagrosos dio paso a una búsqueda más lenta y dolorosa, atravesada por las tareas de retiro de materiales y la angustia de quienes todavía buscan información sobre sus seres queridos. Las autoridades informaron que 190 edificios quedaron destruidos y otros 856 sufrieron daños severos, mientras que las más de 1.400 réplicas registradas desde el 24 de junio siguen dificultando tanto las tareas de remoción como la vida cotidiana de quienes lo perdieron todo. La vida en los refugios Con el paso de los días, la urgencia dejó de ser únicamente encontrar sobrevivientes. Ahora el desafío es sostener a miles de personas que perdieron su casa y, en muchos casos, también su forma de ganarse la vida. “A los damnificados los trasladaron a refugios, pero para buena parte de la población hoy es difícil saber en qué condiciones están viviendo”, explicó Herrera. La Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja (FICR) advirtió que las prioridades ya no pasan solo por la asistencia inmediata. El organismo considera indispensable garantizar atención médica, acceso al agua potable y acompañamiento psicológico para una población profundamente atravesada por el trauma. Según la organización, muchas familias todavía dependen del agua embotellada para cubrir sus necesidades básicas y miles de pacientes con enfermedades crónicas no pudieron retomar sus tratamientos. Cómo se vuelve a empezar después de perderlo todo Hace un mes, la pregunta era cuántas personas seguían atrapadas bajo los escombros. Hoy, el interrogante es otro: ¿cómo vuelve a empezar alguien que perdió su hogar, a sus seres queridos y la forma en la que sostenía su día a día? Para Herrera, esa es la dimensión de la tragedia que con el paso del tiempo corre el riesgo de quedar invisibilizada. “No nos olvidemos de cómo esas personas continúan sus vidas después de atravesar algo así. Muchos también perdieron sus trabajos, sus ingresos. ¿De qué van a vivir ahora?”, reflexionó en diálogo con PERFIL. La preocupación va mucho más allá de lo material. Mientras la atención pública comienza a desplazarse hacia otros temas, miles de sobrevivientes atraviesan una etapa marcada por el duelo, la incertidumbre y el desafío de reconstruirse después del desastre. La FICR advirtió que la salud mental se convirtió en una de las principales urgencias de la emergencia. Sus equipos detectaron un aumento de cuadros de ansiedad, depresión, insomnio y estrés postraumático entre quienes perdieron familiares, viviendas o sus medios de vida. En los refugios, voluntarios de UNICEF describen a niños que todavía se despiertan sobresaltados por las noches, que tienen miedo de volver a entrar a un edificio y que intentan procesar la pérdida de sus padres o de su hogar. Para muchos de ellos, recuperar una rutina volvió a ser casi tan importante como recibir alimentos o atención médica. La propia FICR sostiene que la asistencia humanitaria deberá extenderse al menos durante los próximos dos años para acompañar a unas 300.000 personas, no solo con agua, alimentos y atención sanitaria, sino también con apoyo psicológico para atravesar las secuelas que dejó el desastre. El riesgo silencioso de una epidemia Mientras avanzan las tareas de remoción, otro temor empieza a instalarse entre los organismos internacionales: la posibilidad de brotes de distintas enfermedades. La concentración de personas, las dificultades de acceso al agua segura y los problemas para sostener los esquemas de vacunación incrementan el riesgo sanitario. Por ese motivo, el Comité Internacional de Rescate (IRC) colaboró para reactivar el laboratorio de diagnóstico de la Universidad Central de Venezuela, con el objetivo de detectar rápidamente posibles enfermedades emergentes. “No hay quien nos oriente, no hay patrullas, somos los vecinos ayudándonos”: el testimonio de una familia tras el terremoto en Venezuela Especialistas en salud pública también recomendaron reforzar las campañas de vacunación, especialmente contra el tétanos, y priorizar a niños, adultos mayores, embarazadas y personal de rescate. Advirtieron que los terremotos no generan epidemias por sí mismos, pero sí crean las condiciones para que aparezcan si no se actúa a tiempo. La economía, otra de las grandes víctimas El doble terremoto golpeó a un país que ya llegaba extremadamente debilitado. Durante más de una década, Venezuela atravesó una profunda crisis económica y social que deterioró los servicios públicos, provocó el colapso del sistema sanitario y empujó a millones de personas a emigrar. Cuando algunos indicadores empezaban a mostrar señales de recuperación, los dos sismos volvieron a alterar el panorama. Si las primeras semanas después del desastre se midieron en vidas salvadas, ahora empiezan a medirse en ingresos perdidos. El Comité Internacional de Rescate advirtió que, sin inversiones para reactivar las economías locales, la emergencia podría transformarse en una crisis humanitaria todavía más profunda. Las estimaciones preliminares de la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres calculan pérdidas por unos 37.000 millones de dólares en viviendas e infraestructura, mientras que alrededor de 1,4 millones de personas pasaron a necesitar asistencia humanitaria desde el terremoto. A eso se suma el cierre del aeropuerto internacional Simón Bolívar, que continúa dificultando el ingreso de ayuda internacional. El Banco Mundial también prevé una recuperación prolongada. El organismo sostiene que, sin nuevas inversiones públicas y privadas para impulsar la reconstrucción, la economía venezolana podría tardar cerca de diez años en recuperar niveles de actividad similares a los que tenía antes del desastre. Un mes de preguntas sobre la respuesta del Estado A un mes de la catástrofe, además de la reconstrucción comenzó otro debate: si parte de las más de 5.000 muertes pudo haberse evitado. Un informe del Miranda Center for Democracy, con sede en Washington, sostiene que las probabilidades de encontrar sobrevivientes eran mayores durante las primeras 72 horas posteriores al terremoto y cuestiona la coordinación oficial en ese período crítico. El documento atribuye esas dificultades al deterioro del sistema de protección civil, la falta de recursos y una conducción de la emergencia que, según el informe, quedó principalmente en manos militares. El gobierno venezolano rechazó esas críticas. La presidenta interina Delcy Rodríguez aseguró que la respuesta fue inmediata y defendió que las cifras difundidas por el Estado corresponden únicamente a casos “rigurosamente verificados”. Las responsabilidades seguirán siendo materia de discusión durante la reconstrucción. Pero, lejos de los informes y las conferencias de prensa, la realidad todavía se escribe entre pilas de escombros. Las excavadoras continúan trabajando. Miles de familias siguen viviendo en refugios. Otras esperan recuperar los restos de un ser querido para despedirse. Y mientras Venezuela intenta reconstruir edificios, también enfrenta un desafío mucho más difícil: reconstruir la vida de quienes, en cuestión de segundos, perdieron su casa, su trabajo, sus afectos y cualquier certeza sobre el futuro. Como resumió Herrera: “La tragedia no termina cuando dejan de buscar entre los escombros. Para muchas familias recién empieza la parte más difícil: levantarse después de haber perdido lo que construyeron durante años. Hoy hay personas que hoy no saben cómo van a volver a empezar”. Porque un mes después, para miles de venezolanos, el terremoto ya no sacude la tierra: sacude las vidas de quienes lo perdieron todo. LB/MSS











