Desde Estados Unidos llegan los ecos de un estilo de crianza conocido como FAFO parenting (acrónimo Fuck Around and Find Out; en español podría ser algo como "ya te apañarás"), una tendencia que, simplificando mucho, reivindica que los niños aprendan más a través de las consecuencias naturales de sus actos y menos mediante la intervención constante de los adultos. “He leído sobre ello y me parece lógico que se esté hablando de este enfoque. Creo que los padres y las madres están un poco cansados de intervenir constantemente en la vida de sus hijos y de medir al milímetro todo lo que hacen y dicen por miedo a no ser lo suficientemente ‘respetuosos’ con ellos o a traumatizarlos de por vida”, explica a EL PAÍS la escritoria y periodista Eva Millet (Barcelona, 57 años).“Creo que una tendencia que los desculpabilice un poco y les dé más margen va a ser bien recibida, tanto por los padres como por los hijos”, añade la autora de El fantasma del baile (B de Block, 2026) que se publicó a principios de junio. Es su octavo libro, la cuarta novela infantil, y está recomendada para niños a partir de 9 años. Millet asegura que términos como crianza respetuosa o crianza consciente van a seguir existiendo: “Porque, ¿quién no quiere criar así? Los antónimos resultan poco atractivos. Si existen etiquetas que definen una manera de educar con una connotación tan positiva, es lógico que muchos padres quieran identificarse con ellas”, agrega.P. Habla de cierto cansancio entre los padres. ¿Cómo se manifiesta y qué factores cree que lo explican?R. Sí, percibo un cansancio claro, sobre todo entre las madres, que siguen asumiendo gran parte de la organización familiar. Se aprecia mucho en las redes sociales y no hablo solo de familias vulnerables, sino también de clases medias y altas que sienten que el peso de la crianza se ha vuelto excesivo. Criar nunca ha sido fácil, pero hoy se ha complicado innecesariamente. Por un lado, existe una aspiración constante a la perfección: tener el hijo perfecto y ser el padre o la madre perfectos, algo tan inalcanzable como agotador. Por otro lado, determinados modelos de crianza —respetuosa, positiva, consciente o con apego— parecen imponer una serie de requisitos para pertenecer al grupo de los “buenos padres”. Si no los cumples, da la sensación de que tu hijo no desarrollará un apego seguro, inteligencia emocional o todo su potencial. En definitiva, que has fracasado como padre.P. ¿Cree que algunas interpretaciones de la crianza respetuosa han acabado generando una presión excesiva sobre las familias?R. Sí. Estos modelos han dado lugar a maternidades y paternidades muy intensivas y todo lo que es tan intenso acaba agotando. Era previsible que tarde o temprano surgiera un revulsivo como el FAFO. La crianza es algo natural, instintivo y creativo. Las relaciones humanas están llenas de imperfecciones, pero algunas interpretaciones de la crianza respetuosa apenas dejan margen para equivocarse. Parece que los padres no pueden decir simplemente “no”: tienen que justificar cada decisión, escuchar siempre con atención absoluta, validar todas las emociones, preguntar antes de cualquier actuación y no levantar jamás la voz. Eso acaba desquiciando porque somos humanos. La búsqueda permanente de la perfección es una excelente receta para la culpa, la frustración y la infelicidad.P. El llamado FAFO parenting defiende que los niños aprendan a través de las consecuencias naturales de sus actos. ¿Qué aspectos de este enfoque le parecen interesantes y cuáles le generan más dudas?R. Aunque el acrónimo suene algo agresivo, la idea es sencilla: quien toma una decisión debe asumir sus consecuencias. Siempre que no haya riesgos para su seguridad, me parece positivo que los niños descubran que no todo sale como esperan y que equivocarse también enseña. A muchos padres les cuesta tolerar la frustración de sus hijos y tratan de evitar cualquier tropiezo. Además, el FAFO propone una crianza más relajada, una idea que ya defendía en mi ensayo Hiperpaternidad. A veces basta con observar antes de intervenir. Si nunca permitimos que un niño falle, tampoco le damos la oportunidad de aprender.P. ¿Dónde está la diferencia entre permitir que un niño experimente las consecuencias de sus decisiones y desentenderse de él?R. La diferencia está en valorar qué puede hacer ese hijo por sí mismo. Antes de resolver cualquier problema deberíamos preguntarnos: “¿Puede hacerlo solo?”. ¿Puede vestirse, llevar la mochila, hacerse la cama, resolver un conflicto con un amigo o preparar los deberes sin ayuda? Si la respuesta es sí y no existe un riesgo para su seguridad, conviene dejarle hacerlo y confiar en él. Me preocupa, además, la enorme polarización que existe hoy en la crianza. Hay niños hiperprotegidos, hiperregalados e hiperatendidos, mientras otros viven situaciones de abandono o precariedad. Cada vez cuesta más encontrar un punto de equilibrio.P. ¿Existe el riesgo de que esta tendencia suponga una vuelta a modelos más autoritarios o punitivos?R. No lo creo. Hoy sabemos que el autoritarismo no funciona y no debe confundirse con la autoridad. El problema es que muchas familias han pasado al extremo contrario y consideran que decir “no” es una forma de agresión. No lo es. Los niños necesitan límites claros, coherentes y adaptados a su edad. Amor y límites siguen siendo las dos herramientas educativas más importantes.P. Aunque el término apenas se utilice en España, ¿detecta aquí una reacción frente a la hiperintervención o la sobreprotección?R. Sí. Mucha gente sigue identificándose con etiquetas como crianza positiva, respetuosa o con apego porque tienen una enorme fuerza simbólica. Todos queremos ser padres respetuosos; nadie quiere definirse por el contrario. Pero empieza a percibirse una reacción frente a modelos excesivamente intervencionistas. La noto especialmente entre docentes y también entre muchos abuelos, que observan con sorpresa hasta qué punto hemos complicado la crianza.P. Ha comentado que una tendencia que “desculpabilice” a los padres puede ser bien recibida. ¿Por qué cree que tantas familias sienten hoy esa carga?R. Porque muchas corrientes de crianza transmiten la idea de que existe una manera correcta de educar y que, si sigues todos los pasos, tendrás un hijo extraordinario. Ese mensaje llega a través de libros, cursos, conferencias o redes sociales. El problema es que nadie puede cumplir tantos mandamientos. Y cuando los padres no lo consiguen, aparece la culpa. Y esta empieza muy pronto: madres que se sienten fracasadas por haber tenido una cesárea, por no haber podido dar el pecho, por gritar un día a sus hijos o por no poder pagar el colegio que consideran ideal. Pero todos nos equivocamos alguna vez y eso no convierte a nadie en un mal padre.P. ¿Qué papel han desempeñado las redes sociales en esa sensación de que los padres deben hacerlo todo bien?R. Un papel enorme. Hoy muchos padres utilizan las redes como uno de sus principales referentes para criar. Hay profesionales excelentes, pero también abundan los relatos familiares perfectos que poco tienen que ver con la realidad y que hacen que muchas familias se sientan insuficientes. A eso se suma la enorme cantidad de desinformación que circula sobre crianza.P. Si tuviera que definir el equilibrio entre acompañar, poner límites y dejar espacio para que los hijos aprendan por sí mismos, ¿cómo sería?R. Los límites son imprescindibles para el bienestar familiar. No se trata de decir “no” constantemente, sino de establecer normas claras, razonables y adaptadas a cada etapa. Acompañar tampoco significa hacer las cosas por ellos. Un bebé necesita una atención muy distinta de la de un niño de 10 o 12 años. Siempre digo que educar es dejar ir. Nuestro objetivo no debería ser criar hijos dependientes, sino personas autónomas, capaces de desenvolverse por sí mismas. Porque una persona dependiente difícilmente será una persona feliz.
Eva Millet, escritora: “La búsqueda permanente de la perfección es una excelente receta para la culpa, la frustración y la infelicidad”
La periodista analiza el auge del ‘FAFO parenting’, una corriente que propone dejar que los niños aprendan más de las consecuencias de sus actos y menos de la intervención continua de los adultos








