Recuerdo muy vivamente la lectura de la Historia de la literatura española que Ángel del Río había publicado en 1948 en Nueva York, en cuya Universidad de Columbia profesaba y donde estaba exiliado. Se reeditó en 1982, como otro signo más aparente que real de la superación del ostracismo de la diáspora intelectual republicana. A este historiador que había sido alumno de Machado en Soria, estudió en Estrasburgo, vivió en México y Puerto Rico y se instaló en Nueva York para convertirse en una figura central del gran hispanismo norteamericano, le ha dedicado Enrique Andrés Ruiz, con primor estilístico y exquisita sensibilidad, esta novela diseñada como un archipiélago de momentos y gentes dignas de memoria. Aunque el título sitúa a Ángel del Río en primer plano, muchos de los momentos pivotan sobre otros protagonistas, como Machado o Gerardo Diego cuando llegaron a Soria como profesores de instituto (en 1907 y en 1920); como su estudiante el poeta Bernabé Herrero (figura dramática que recorre todo el libro); como los aventureros revolucionarios que cuajan en el México de 1919 el Partido Comunista (con el que Del Río tendrá estrecha relación desde que llega al país azteca en 1924); como los jóvenes inquietos que pululan en el brillante Madrid coetáneo, por ejemplo Juan de Andrade, fundador del PCE; como los profesores de la escuela estival de Middlebury (la plana mayor de la generación del 27), o, por no seguir con una lista de decenas de nombres (la misma que se consigna con ironía en el capítulo 58), Federico García Lorca cuando veraneó en 1929 con los Del Río, Ángel y Amelia Agostini, en las Castkill Mountains (ahí se tomó la foto de la cubierta). Cada una de estas presencias reclama su propio rescate biográfico, casi diría su propia salvación narrativa, como parte de una oceanografía en nuestro pasado más valioso que sigue en marcha y dista de estar concluida. La inmersión de Enrique Andrés Ruiz tiene un motivo aparente en su parentesco con Del Río y una razón de fondo en su voluntad de homenajear con admiración aquella irrepetible concentración de talento que hizo posible un clima único de moveable feast intelectual (y Hemingway es otro de los invitados a esta fiesta). Como lo único que nos va quedando de aquella fiesta cultural ambulante son papeles amarillentos (en bibliotecas, hemerotecas y archivos), el autor ha querido poner de manifiesto su tarea de lector y escrutador de esos documentos olvidados e inertes. Así, se representa a sí mismo concibiendo el libro, compartiendo sus dudas con su amigo Santi —que anticipa que los críticos calificarán de “coral” la novela…—, reflexionando sobre la actividad fascinante de insuflar vida al rimero de datos yertos que acumula la investigación: “Lo que he leído hubo quien lo vivió”. Y esa operación a caballo de la memoria y el deseo, en la que cobran vida Francisco García Lorca y Laura de los Ríos, Tomás Navarro Tomás y Eugenio Florit, Eugenio Granell, Julián Gorkin o Luis Quintanilla —¡qué novela tiene Quintanilla!— se lleva a cabo con pudor, con escrúpulo de profanador, y con una escritura de mucha altura literaria, elegante, sabia y sabrosa, que hace de cada página sea un placentero regalo para el lector. Lástima que su amigo Santi tenga razón: la literatura es un arte lento refractario a la multitud.
‘Mister Ángel del Río’: el profesor de literatura que los conoció a todos y veraneó con García Lorca
Enrique Andrés Ruiz novela la vida de una figura central del gran hispanismo norteamericano en relación a muchos otros protagonistas, de los hermanos García Lorca a Luis Quintanilla y de Antonio Machado a Gerardo Diego








