Entre abril de 1955 y junio de 1956, Robert Frank se subió a un Ford Coupe y recorrió unos 16.000 kilómetros para retratar a los estadounidenses. Llevaba una Leica, disparaba aquí y allá para recoger lo que iba encontrando y de su periplo regresó con unos 780 rollos de fotografías, unas 28.000 imágenes; de todas ellas eligió 83 para armar Los americanos (La Fábrica), que se publicó en 1958, y que ahora pueden verse en una exposición en Madrid en la Fundación Telefónica en el contexto de PHotoEspaña. “Una imagen tan americana”, escribe Jack Kerouac en la introducción del libro, “las caras no manipulan ni critican ni dicen nada excepto ‘Así es como somos en la vida real y si no te gusta no me importa porque vivo mi vida a mi manera y que Dios nos bendiga a todos, tal vez ‘… ‘si se merece’…”. Ahí están unos muchachos medio provocadores en Nueva York, unos políticos rancios en Hoboken, una ascensorista en Miami Beach, unos cuantos negros muy elegantes en un funeral en Santa Helena, en Carolina del Sur. El libro de Robert Frank no recoge el sueño americano que en los años cincuenta se vendía al resto del mundo, la gente que retrata es corriente (incluso fea), hubo críticos que lo tacharon entonces de comunista. En un documental en el que habla sobre su trabajo, Robert Frank dice: “Podéis descubrir que lo más interesante siempre son las personas”. Y es verdad, cada fotografía suya está como colocada en medio de la historia personal de cada uno de los que aparecen, y es como si recogiera las resonancias que vienen de atrás y avisara de lo que va a venir después. Vidas duras, corrientes, con las preocupaciones y los buenos ratos de cada día. Pero en Los americanos hay también unas cuantas imágenes en las que no aparece nadie. Tres cruces en mitad de ninguna parte, un tramo largo de carretera nocturna, un coche envuelto en una lona entre dos palmeras, una estación de gasolinera, un escaparate en Washington. Son fotografías que resumen los latidos de la vida de entonces, quién sabe si la de ahora, de la de siempre: la insistente presencia de la muerte, el anhelo de un poco de bienestar, la huida para conquistar un mundo que se escapa, la soledad, el brillo efímero de las cosas.Resulta lógico que fuera el gran escritor de la beat generation el que hiciera la introducción al libro de un fotógrafo suizo que salió a explorar su país para conocerlo a fondo. Hay un momento en En la carretera (colección Star Books), la novela que Kerouac publicó en esa misma época, en 1957, donde uno de los personajes se refiere a esas imágenes familiares que los estadounidenses se hacían entonces —y que sus hijos verían más tarde— y en las que se muestran “unas vidas sin tropiezos, ordenadas, bien encuadradas por las fotografías”, las de quienes se levantan “cada mañana para caminar orgullosamente por la aceras de la vida”.Luego apunta Kerouac: “Jamás se imaginarían nuestros hijos la locura y el tumulto harapientos de nuestras vidas reales, de nuestra noche real, del infierno encerrado en ella, del camino de insensata pesadilla. Todo el interior no era más que vacío sin principio ni fin”. Delante de aquellos estadounidenses de los años cincuenta no es difícil encontrarlos próximos, son parte de un pasado compartido, y es un europeo el que los retrata. Un “camino de insensata pesadilla”, dice Kerouac. ¿Qué diría ahora a propósito de lo que les toca vivir a a las personas que no se reconocen en la ridícula fábula de esplendor y gloria que ha inventado Donald Trump para sus compatriotas?
EE UU: así es como somos
Robert Frank retrató a ‘los americanos’ de la década de los cincuenta del siglo XX, ¿cómo son ahora los que viven en la insensata pesadilla que ha impuesto Donald Trump?








