Statu quoHemos alcanzado los niveles m�s altos de bienestar en t�rminos hist�ricos, pero el horizonte de progreso parece haberse desvanecidoTrump regresa, el s�bado, a la Casa Blanca tras pasar el d�a en su campo de golf en Sterling, Virginia.Europa PressActualizado Lunes,
junio
00:26Los a�os cincuenta son la cumbre est�tica del joven imperio americano, cuando las f�bricas bull�an, se trazaban enormes autopistas y las familias se rend�an ante un horizonte infinito de buenos salarios, grandes casas en los suburbios y un par de coches en el garaje. Un tiempo de rock and roll y grandes batidos azucarados que a�n hoy define el ideal estadounidense, como la arquitectura victoriana evoca la grandeza del imperio brit�nico o El Escorial recuerda que un d�a Espa�a domin� el mundo. La idealizaci�n del pasado desplaza la cara oscura: la segregaci�n racial o el p�nico nuclear en plena Guerra Fr�a. El sesgo de la memoria selecciona los elementos m�s placenteros y, sobre ese producto adulterado, Trump levanta su Make America Great Again. Hay que recuperar lo que la globalizaci�n nos arrebat�, como si eso fuera posible en un mundo totalmente entrelazado, en el que el principal rival geopol�tico, a diferencia de la URSS, es un actor decisivo para nuestra estabilidad econ�mica.Tambi�n en Rusia, Putin ha construido su discurso de restauraci�n en torno a la gloria de hace d�cadas. En esa coctelera nacionalista ha mezclado el folclore sovi�tico y la victoria en la Segunda Guerra Mundial con los iconos ortodoxos, el tradicionalismo, el orgullo at�mico y la reivindicaci�n de Stalin. Se minimiza la represi�n y el Gulag. Se obvian el hambre y las colas en tiendas desabastecidas.Incluso China, en pleno ascenso econ�mico y tecnol�gico, con mucha m�s confianza en s� misma para devorar el futuro, necesita anclarse en su pasado imperial. El reino del centro se prepara para rejuvenecer y culminar una trayectoria milenaria, tras el siglo de humillaci�n extranjera que va desde las Guerras del Opio, a mediados del siglo XIX, hasta la revoluci�n de Mao en 1949. Xi Jinping ha logrado entroncar el confucianismo con el marxismo en busca de la armon�a social para perfeccionar lo que Claudio Feij�o ha llamado "tecno-socialismo y capitalismo de Estado".Como reflejo de un tiempo incierto, la pol�tica de la nostalgia se expande y se vuelve una opci�n eficaz cuando el futuro deja de parecer prometedor. Sin grandes expectativas, sin la esperanza de ascender socialmente, pensar en el ma�ana produce desasosiego, mientras que mirar hacia atr�s proporciona certezas y una visi�n edulcorada de lo que fuimos.Hemos alcanzado los niveles m�s altos de bienestar en t�rminos hist�ricos, pero el horizonte de progreso parece haberse desvanecido. Las nuevas generaciones asumen que vivir�n peor que sus padres; las rentas del trabajo se estancan mientras la productividad y el gran capital se dispara, y el debate p�blico se centra cada vez m�s en la angustia y el miedo a los cambios que est�n en marcha: desde la inteligencia artificial y su impacto en miles de categor�as profesionales hasta las expresiones m�s violentas del clima, que nos interpelan con tono apocal�ptico.El fil�sofo brit�nico John Gray lleva a�os empe�ado en desmitificar la idea del progreso. Una cosa, dice, es el conocimiento tecnol�gico, que se acumula y permite una mejora constante y lineal. Otra distinta, piensa, es el progreso moral y pol�tico, donde no ocurre lo mismo. La l�nea se rompe con facilidad; cada avance debe mantenerse con enorme esfuerzo y, con el tiempo, pueden darse equivocadamente por hechas las conquistas anteriores. Suele haber pasos atr�s y cataclismos que destruyen casi todo lo construido. El fin de la Segunda Guerra Mundial dio inicio a grandes avances sociales porque se miraba hacia adelante con optimismo. Ahora la nostalgia alimenta los discursos pol�ticos al alza. Aparece disfrazada de fortaleza y resurgimiento, pero esconde la enorme fragilidad de mirar con miedo al futuro.









