Para describir el grado de sofisticación, y también la idea de hipocresía, de cualquier sociedad no existe nada mejor que observar a sus élites. En la Antigua Roma ocupar un puesto en el Senado exigía ser patricio o un plebeyo rico, tener rectitud moral y fortuna personal, poseer propiedades agrarias y urbanas, haber ejercido una magistratura pública, no dedicarse ni al comercio ni a la usura –actividades ambas prohibidas por ley– y no haber sido condenado por delitos graves, como dejar de pagar las deudas.A cambio, los romanos de tan insigne sanedrín podían vestir de púrpura para evidenciar su status, calzar sandalias rojas y lucir un anillo de oro. Los senadores –clarissimus– tenían espacios de honor reservados en el teatro y en el circo, no pagaban tributos municipales, ejercían en régimen de monopolio los cargos políticos más lucrativos y gozaban de un fuero particular. Un senador únicamente podía ser juzgado por otros senadores.De todos estos privilegios, en el Senado español rige el aforamiento –sólo el Supremo puede juzgar a un senador– y la riqueza no es propia, sino otorgada: se cobra un buen sueldo por votar lo que diga el jefe de escuadra.La secretaria general del PSOE-A y candidata a la Presidencia de la Junta de Andalucía, María Jesús MonteroEFE | Mauri BuhigaNingún senador representa a su territorio, aunque haya sido elegido con este pretexto: los partidos usan la Cámara Alta para recompensar lealtades y pagar silencios, orillar a los adversarios internos, distraer a los próceres demediados en el último trayecto de su carrera –una gracia absolutista– y aparcar a quien perdió unas elecciones pero todavía merece una canonjía.En esta situación están los tres nuevos senadores que el PSOE andaluz acaba de designar –con la socorrida cuota autonómica– para que les represente en la cámara territorial de Madrid. Son Montero (La Todopoderosa), Espadas (El Quietista) y Susana Díaz (Su Peronísima).Todos militan en el mismo partido. Han ocupado altas magistraturas. A ninguno de ellos se le conoce una trayectoria profesional de prestigio al margen de la conspiración política y los tres han sido los sucesivos jefes supremos de los socialistas andaluces durante los últimos trece años.Cerdán, Montero y Espadas durante el congreso del PSOE en Sevilla.PSOE DE ANDALUCÍAEncarnan pues la incapacidad del PSOE meridional para recuperar la Junta de Andalucía después de que, en el lejano invierno de 2018, una Grande Carambola desalojase a Díaz del Quirinale de San Telmo y comenzase el ciclo de poder (últimamente menguante) de la derecha en el Sur de España.Montero, Espadas y Díaz son los tres lados de un triángulo que ilustra sobre los súbitos vaivenes del poder y nos recuerda la suerte efímera de las testas coronadas. Ninguno, por sí mismo, cuenta en estos momentos con influencia orgánica propia, incluida la vicesecretaria general de Ferraz.El ascendente político de los tres es sobrevenido, consecuencia de una decisión ajena o fue resultado de una herencia (el caso de la expresidenta de la Junta, sucesora de Griñán). De esta manera –por una designación anterior a las urnas– alcanzaron sus cargos. Y de igual forma llegan o continuarán en el Senado durante el año escaso que resta de legislatura.Susana Díaz y Juan Espadas en un acto del PSOE.PSOE DE ANDALUCÍANo es que los socialistas, al nombrar a estos senadores –que debían ser de todos los ciudadanos, no de los partidos–, hagan nada distinto a lo que perpetran las dos derechas. Moreno Bonilla mantiene en la cámara alta gracias al tercio autonómico a Arenas (Javier), el único político del círculo aznarista que todavía no se ha retirado de la política representativa, y va a mandar al Senado al recién estrenado y, a continuación prejubilado debido al pacto con Vox, presidente del Parlamento andaluz, Jesús Aguirre.Vox, al modo de Calígula, acaba de elevar a la condición de senador andaluz al jefe de comunicación de Santiago Abascal, Álvaro Zancajo, que fue (efímero) director de Informativos de Canal Sur por la cuota del partido ultramontano –en los tiempos del primer tripartito conservador– y ahora cobraba –en un caso evidente de incompatibilidad– como consejero de Vox en el consejo de administración de la Radio Televisión Pública Andaluza.A todos les viene bien cobrar un generoso sueldo público –mucho peor sería tener que ponerse trabajar de verdad– y todos sin excepción, a pesar de las apariencias, actualizan la vetusta figura decimonónica del cunero.Lee tambiénHayan nacido donde hayan nacido –Zancajo es madrileño y su relación con Andalucía es puramente salarial– no van a representar tanto los intereses de Andalucía, como los suyos o los del partido que los designa.El retorno de Montero al Senado, sin embargo, tiene un objetivo diferente al de sus antecesores en el PSOE andaluz: la exministra de Hacienda no va a compatibilizar su condición de jefa de la oposición en Andalucía con su escaño por dinero –las retribuciones son similares– sino por el temor a ser procesada en alguna de las causas abiertas por presunta corrupción que afectan al presidente Sánchez y a parte de su entorno político y familiar.Si Montero no fuera senadora disfrutaría únicamente del fuero relacionado con el ejercicio de su cargo en Andalucía –por su condición de diputada electa sólo está sometida al Tribunal Superior de Justicia de la región– pero no estaría blindada ante otras posibles imputaciones relativas a su antigua condición como número dos del Gobierno y titular de Hacienda.Álvaro Zancajo, senador de Vox por Andalucía.RTVESu designación como senadora, pareja a su renuncia como diputada en Cortes, en cambio, impedirá que pueda ser encausada sin suplicatorio por cualquier otro tribunal, sea cual sea su rango, que no se trate del Supremo.De esta forma, la líder del PSOE andaluz se protege ante las derivaciones del caso SEPI, que afecta a su etapa como ministra, y ante el cual ya ha hecho saber su “decepción personal” con Vicente Fernández, nombrado por ella e imputado tanto en el affaire que afecta a la gestión de la corporación industrial estatal como vinculado a los casos Leire y TEACA Montero no le convienen ahora los focos de la política estatal. Ser senadora es una medida preventiva, no el principio de un retorno que dependerá de las listas para las generales. Necesita cultivar un perfil bajo y espera –no sin cierta inquietud– la evolución de los casos judiciales.Entre los tres secretarios generales del PSOE andaluz no existe excesiva simpatía. No es probable que se entretengan jugando al tres en raya. Susana Díaz considera traidores a Espadas (alcalde de Sevilla gracias a su apoyo, antes de ser su rival en las primarias) y a Montero (que salió de su gobierno para convertirse en devotísima sanchista). Tres odios y tres miedos (socialistas) en un Senado dominado por el PP, convertido en refugio y al que le queda, como máximo, un año de mandato.