EditorialQuien está seguro del respaldo popular no elimina elecciones, compite en igualdad de condiciones, respeta las diferencias y busca el bien común.
Al declarar públicamente “No volverá a haber elecciones”, durante un reciente discurso en el aniversario de la llamada “revolución” sandinista, se le terminó de caer la última máscara al corrupto dictador Daniel Ortega, quien sojuzga a la hermana república de Nicaragua desde 2007. Primero usó el populismo para regresar al poder, pero ante el evidente fracaso, empezó a fraguar la compra de voluntades para el amaño electoral. Después, ante la inminente caída, prosiguió con la persecución violenta de voces críticas y opositores. La matanza y encarcelamiento de centenares de jóvenes universitarios en 2018 es un adeudo que aún pesa sobre él y su consorte Murillo.
Quizá declaró eso porque el mismo poder lo hace desvariar. O tal vez porque la enfermedad que padece ya está afectando sus facultades y comienza a experimentar el miedo de caer. De hecho, dijo que no volvería a haber comicios “para impedir que la oposición alcance el poder”. Pero tal desfachatez no es demostración de fuerza, sino de debilidad, pues está prescindiendo de la voz de los ciudadanos, cuyo supuesto apoyo era el único asidero que tenía su régimen oprobioso.










