Friends siempre será la sitcom por antonomasia. Para empezar, porque lo que consiguió parece imposible de igualar. Para seguir, porque la sitcom como tal prácticamente ha desaparecido. Las comedias multicámara rodadas con público en un puñado de decorados definieron el entretenimiento televisivo y, sin embargo, hoy se antojan anticuadas. No solo por la cuestión de las risas enlatadas, sino porque la televisión ha cambiado: las temporadas son más cortas, el humor incomoda más y el espectador gestiona su propio horario.PublicidadComo ocurre con todo fenómeno cultural, Friends ha sido analizada hasta la extenuación. Hay quien la reivindica como una serie sorprendentemente avanzada para su época y quien la señala como un producto incapaz de rehuir los prejuicios. Ambas lecturas son compatibles. Desde la perspectiva actual, choca la escasa diversidad de un círculo de seis amigos blancos, delgados y cishetero viviendo en una ciudad tan plural como Nueva York. Además, hay bromas sobre la identidad de género, la orientación sexual o los cuerpos no normativos que hoy difícilmente superarían una primera lectura de guion.Pero reducir Friends a esos aspectos sería tan simplista como ignorarlos. La serie pertenece a un momento de la televisión estadounidense en el que determinadas ausencias apenas se cuestionaban y, aun así, introdujo elementos inusuales para una comedia familiar de máxima audiencia. Carol y Susan formaron una de las pocas parejas lésbicas estables del mundo del entretenimiento, Chandler tenía una madre trans interpretada por una mujer (en vez de un hombre con peluca, como era habitual) y la infertilidad y posterior adopción de Monica y Chandler fueron abordadas con plena naturalidad, al igual que el hecho de que Rachel fuera madre soltera. No todo ha envejecido igual de bien, pero casi nada lo ha hecho demasiado mal.Sobra decir que Friends nunca fue especialmente cínica ni mordaz. Se equivocaba, claro (¡¿a quién se le ocurre liar a Joey con Rachel?!), pero casi siempre intentaba comprender a sus personajes. Incluso cuando alguno hacía el ridículo, algo bastante frecuente, el objetivo era la chispa de la situación, no la crueldad hacia nadie.Esa generosidad explica su longevidad. Porque la clave de que Friends siga funcionando no radica en Ross y Rachel. Ni siquiera en Chandler y Monica (cuyo lío de una noche solo prosperó gracias a la entusiasta reacción del público). Nunca fue una serie romántica, aunque a veces se vendiera como tal. Los romances impulsan la trama, pero el corazón de la serie es otro.PublicidadLa amistad.Ninguna escena romántica resulta tan emocionante como aquella en la que Ross regala una bicicleta a Phoebe tras descubrir que creció sin una. Pocas relaciones de la televisión transmiten tanta complicidad como la que construyen Chandler y Joey. Y los mejores momentos ni siquiera giran en torno al amor: la caótica cena de Acción de Gracias, el absurdo concurso para decidir quién se queda con cada apartamento, la épica subida de un sofá por las escaleras…Eso era Friends. Una serie donde los grandes acontecimientos importaban menos que la rutina compartida. Donde el desayuno (irreal, en grupo, antes del trabajo) era tan relevante como una boda y donde una conversación en el sofá del Central Perk podía convertirse en el auténtico clímax.Quizá por eso sigue siendo tan fácil de revisitar. En una época obsesionada con los giros de guion, los misterios y el consumo compulsivo, Friends exige poco al espectador. Los episodios duran poco más de veinte minutos, apenas hay continuidad entre unos y otros y cualquiera puede entrar en mitad de la quinta temporada sin sentirse perdido, si bien el impacto emocional es mucho mayor cuando se vive desde el principio. No es una serie que invite a la adicción, sino a quedarse un rato.PublicidadAyuda que sus personajes, aun estando construidos sobre arquetipos muy reconocibles, nunca se ven limitados por ellos. Joey es un seductor ingenuo y un comilón, pero también el amigo más leal. Chandler convierte el sarcasmo en un mecanismo de defensa hasta que aprende a querer de verdad. La obsesión de Monica por el control la convierte en el centro emocional del grupo. Y Ross, el personaje peor tratado por internet en los últimos años, despierta bastante más interés cuando se observa su vulnerabilidad que cuando se reduce al eterno debate sobre si Rachel (que evoluciona más que nadie) y él estaban o no "tomándose un descanso".Luego está Phoebe, el personaje que mejor ha resistido el paso del tiempo. En otra sitcom habría aportado únicamente el contrapunto excéntrico. Aquí su personalidad convive con un pasado durísimo que nunca se explota de forma lacrimógena. Ella es imprevisible sin dejar de resultar creíble como ser humano. Por ejemplo, su vegetarianismo, lejos del tono burlesco que suelen dedicarle los guionistas (en parte para afrontar su propia culpabilidad), fue desarrollado con respeto, como una conclusión lógica de su desbordante empatía. ¿Y quién no ha cantado "Smelly Cat"?Friends pertenece a una televisión que todavía confiaba en el optimismo. No es que todo saliera bien, sino que se partía de la idea de que la gente, en general, intenta hacer las cosas lo mejor que puede. Los personajes meten la pata constantemente, pero también piden perdón, ceden, aprenden y se cuidan entre ellos. La trama no necesita villanos porque el conflicto nace de las inseguridades cotidianas. Frente a la ironía permanente que domina buena parte de la comedia actual, Friends conserva una sinceridad extraña. A pesar de que la infidelidad es un perezoso comodín cómico, Monica y Chandler jamás caen en ella: las crisis van por otro lado.Su influencia, además, es incuestionable. Sin Friends cuesta imaginar New Girl, The Big Bang Theory, Finales felices o Cómo conocí a vuestra madre. Todas heredaron la idea de que un grupo de (buenos) amigos podía sostener una serie durante años sin necesidad de grandes aventuras. Algunas fueron más modernas, otras más arriesgadas y otras, la mayoría, más diversas. Ninguna logró convertirse en un fenómeno comparable.Tampoco volvieron a darse las condiciones. Friends fue una de las últimas series capaces de reunir a decenas de millones de personas delante del televisor. Antes del streaming, de la dictadura de los algoritmos y de que cada espectador viviera encerrado en su propio catálogo. Sus personajes, sus frases y hasta el sofá naranja del Central Perk (que puede visitarse) pasaron a formar parte de un imaginario común.Eso no significa que deba permanecer al margen de la revisión crítica. Los clásicos también se discuten, y es sano que así sea. Sería absurdo negar los puntos ciegos de Friends, igual que lo sería utilizarlos para despreciar una serie tan rematadamente feel-good. Las obras culturales no son inmunes al paso del tiempo, pero tampoco quedan definidas por aquello que envejece peor.De hecho, Friends termina precisamente cuando deja de tener sentido. La amistad ha sido el eje de la historia durante diez temporadas, pero los personajes empiezan a construir otras vidas. Monica y Chandler se marchan con sus bebés. Ross y Rachel vuelven a encontrarse. Phoebe se ha casado (con el hombre menos tóxico que cabe imaginar). Solo Joey, que sigue en esa etapa, tiene su spin-off (fallido, desde luego, aunque origen indirecto de la estupenda Episodes).PublicidadCuando las llaves del apartamento de Monica se quedan sobre la encimera, no solo se despide una de las mejores comedias de la historia. Lo hace también ese momento en que los amigos son el centro del mundo. Después llegan otras cosas. Mejores para unos, peores para otros. Pero completamente diferentes.
La fórmula secreta de la mejor 'sitcom' de la historia: 'Friends' no exige mucho al espectador y lo da todo
Friends nunca fue una serie romántica. Su corazón es otro: La amistad








