La industria de la moda es una de las más contaminantes y menos sostenibles. Los textiles sintéticos (derivados del petróleo) suelen ser la alternativa más económica al momento de producir, por lo tanto, son los más utilizados en las prendas fast-fashion. El problema es que eso que nuestro bolsillo compra barato tiene un alto costo para el medio ambiente. Una simple carga de lavarropas es capaz de liberar más de 700 mil fibras microscópicas que contaminan el agua y la cadena alimentaria. Se estima que anualmente 92 millones de toneladas de residuos textiles terminan en vertederos o “cementerios de ropa”, como el desierto de Atacama en Chile. Para ayudar a graficar la dimensión de este desperdicio pensemos que 92 millones de toneladas equivalen a 252 edificios como el Empire State en New York. Pero lo peor es que muchas de esas piezas desechadas (un 30%) son nuevas, es decir, no llegaron siquiera a venderse. Y la gran mayoría de prendas que se descartan tuvieron una cortísima vida útil: entre 7 y 10 usos.

El modo en que consumimos la moda está tan saturado que pareciera no haber otra salida más que el colapso. Sin embargo, todavía hay mucha tela para cortar. Pero no cualquier tela.

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