Ante los nuevos aranceles, la firmeza de Carney vuelve a mostrar cómo responder al acoso de la Casa Blanca

Donald Trump se lo dijo el domingo en persona al primer ministro canadiense, Mark Carney, en el palco del estadio durante la final España-Argentina: “Tal vez deberían pagar una indemnización o algo así, o deberíamos imponer aranceles”. El presidente estadounidense pretendía castigar al vecino del norte porque en los días anteriores los incendios en la provincia de Ontario habían cubierto de humo el cielo de Nueva York. Al día siguiente, Washington anunció aranceles del 50% sobre una larga lista de bienes canadienses, desde el vino y el cemento hasta los palos de hockey, la leche y el alcohol. Y así ha reactivado la amenaza de una guerra comercial que pone de nuevo en riesgo la relación con el país vecino y sus respectivas economías. Pero Canadá, segundo socio comercial de EE UU, no es un país que se deje intimidar fácilmente: lo ha demostrado con creces en el último año y tampoco ahora da señales de querer plegarse ante el matonismo de Trump. Las amenazas, ha advertido Carney, van más allá del comercio y afectan a la “soberanía canadiense”.

La Casa Blanca justifica los nuevos aranceles no como una respuesta específica a los incendios de Ontario, sino por un supuesto trato discriminatorio a los productos lácteos, bebidas alcohólicas y automóviles de Estados Unidos. Hay algo de estrategia negociadora en este nuevo castigo comercial, pues coincide con la revisión del Acuerdo entre Estados Unidos, México y Canadá (TMEC), que Trump decidió no renovar a principios de mes. Pero también puede entenderse como una represalia específica contra un país que ha sido, junto a China, el único que ha respondido a los aranceles de Trump con más aranceles, y se ha mantenido firme frente a la reiterada obsesión del presidente estadounidense por convertir a Canadá en el estado número 51 de EE UU.