Un estruendo despertó a Javier, que empezó a moverse inquieto por la habitación.–Escóndete en el armario con el niño. ¡Vamos! ¡Rápido!– le gritó a su mujer.Eran las tres de la madrugada en la urbanización Can Fornaca de Riudarenes. Salió al exterior. Caminó unos pasos y los vio en las oscuridad. Esperaban en el chalet de enfrente. Sus miradas se cruzaron y avanzaron hacia él.Lee también–Te vamos a matar, hijo de puta.Javier –el nombre es ficticio– se dio media vuelta. No sabía cuántos eran. Calculó que serían unos cinco; en realidad eran diez. Iban encapuchados. Solo vio con nitidez lo que llevaban en sus manos.No buscaban el dinero ni las joyas, sino las 410 plantas de marihuana escondidas arribaAún no podía saberlo, pero acababa de encontrase cara a cara con la banda de narcoasaltantes más violenta de la zona.El golpe llevaba días preparándose. Una semana antes, un hombre y una mujer habían vigilado discretamente la vivienda y sus alrededores circulando con un Opel Corsa. El líder de la banda dio luz verde a la operación y fijó la fecha del asalto para la madrugada del 20 de diciembre. El punto de encuentro fue una gasolinera de Tordera. La pareja encargada de la vigilancia llegó primero, a las 2.18 horas. El resto fueron llegando desde distintos puntos del Maresme: Canet, Malgrat de Mar, Arenys y Calella.“Aún tardaremos cinco minutos”, escribió uno de ellos.Mientras esperaban, la pareja se sentó tranquilamente a tomar un café.Los primeros disparos se produjeron desde cierta distancia. Javier tuvo tiempo de entrar en casa. Las balas impactaron contra la fachada y la puerta principal. Corrió hasta el baño, levantó una tapa del falso techo y sacó una pistola. El grupo ya había rodeado la vivienda. Unos golpeaban la puerta principal y otros trataban de derribar la trasera con un hacha. No dejaron de disparar en ningún momento.Javier respondió apretando el gatillo hasta que un balazo le alcanzó en el abdomen. Retorciéndose de dolor intentó llegar hasta la habitación. Los asaltantes ya habían entrado en la casa. Otro disparo le alcanzó la pierna izquierda. Consiguió llegar al dormitorio, donde su mujer y su hijo de un año seguían escondidos en el armario. Los tenía encima.Uno de los atacantes desenvainó una katana. Javier detuvo el primer golpe con la mano izquierda y la hoja le provocó un corte profundo. Cayó al suelo. El agresor siguió descargando la espada, causándole más heridas en la pierna y de nuevo en el abdomen.–Danos el dinero y todo lo que tengas– ordenó en castellano con acento árabe.Sujetándose las vísceras que asomaban del vientre, Javier sucumbió. Les entregó 1.000 euros en efectivo, dos relojes de lujo y varias joyas.Cuando la banda huyó, la mujer salió del armario presa del pánico y pulsó el botón SOS de la empresa de seguridad privada que tenían contratada. El operador alertó de inmediato a los Mossos d’Esquadra.–En una casa de la urbanización Can Fornaca hay una mujer gritando.Durante el ataque, a uno de los asaltantes se le bajó el pasamontañas. Javier lo reconoció al instante: era un joven magrebí al que veía con frecuencia en un bar de Tordera.Los relojes nunca fueron el objetivo. Tampoco el dinero. Lo que realmente buscaban era la plantación de marihuana que Javier ocultaba en la planta superior de la vivienda. Los Mossos hallaron 410 plantas con toda una instalación interior que se abastecía pinchando la luz. Paneles reflectantes LED, transformadores para regular el flujo eléctrico, máquinas de aire acondicionado, filtros de carbono para neutralizar el fuerte olor de las plantas, ventiladores, cajas extractoras para la renovación del aire y básculas de precisión y productos químicos.Javier ingresó en el hospital en estado crítico. A pesar del ataque salvaje, logró sobrevivir. Fue imputado por tráfico de drogas.Era el segundo narcoasalto que sufría en apenas un mes. En la primera ocasión, los ladrones atacaron su vivienda y lograron llevarse toda la mercancía. La madrugada de los hechos, los narcoasaltantes querían robar otra plantación que tenía Javier en el edificio de enfrente, también de su propiedad, pero el hombre los sorprendió.A los Mossos no les costó demasiado identificar a los autores. Varias cámaras de seguridad captaron las matrículas de los vehículos con los que acudieron a Riudarenes y permitieron reconstruir sus movimientos.La banda llevaba años viviendo de los narcoasaltos. Localizaban plantaciones de marihuana, vigilaban durante días a sus propietarios y, cuando la cosecha estaba lista, irrumpían armados para quedarse con toda la mercancía. Después la revendían a traficantes. Incluso habían encontrado un mercado dentro de la prisión de Quatre Camins, donde un colaborador introducía la droga para venderla entre los internos. El negocio era redondo: no cultivaban nada y todo lo que vendían era beneficio.No era la primera vez que actuaban contra Javier. El asalto que había sufrido apenas un mes antes también llevaba su firma.Los investigadores los relacionaron además con otro golpe cometido en el 2019 en Sant Cebrià de Vallalta. La víctima fue un ciudadano serbio que también ocultaba una plantación de marihuana y que fue brutalmente agredido. La banda fue desarticulada pocas semanas después.Redactor de tribunales. Autor del libro 'Solo tú me tendrás' sobre el crimen de la Guardia Urbana. Ha trabajado en la Cadena SER y en RAC1. Licenciado en Periodismo (UPF) y Ciencias Políticas (UAB)
Ladrones de droga: asalto a la plantación de Riudarenes
Una banda de ladrones había planeado un robo de droga en una vivienda apartada de la localidad, pero fueron sorprendidos por el propietario e intentaron acabar con él






