Una carcasa abandonada suele bastar para que varias figuras encorvadas aparezcan en películas como amenaza, rivales o animales dispuestos a arrebatar comida. Las hienas han quedado asociadas de ese modo con la carroña, la persecución y una agresividad casi permanente, una representación alimentada por relatos en los que rondan a otros depredadores, esperan una oportunidad y entran para disputar una presa.
Esa imagen también las presenta como criaturas torpes, crueles o cobardes, ya que muchas historias reducen su conducta a reír, acosar y aprovecharse del trabajo ajeno. La percepción habitual deja fuera buena parte de su vida diaria y convierte una especie social en una caricatura dominada por la caza y el conflicto. Esa diferencia entre reputación y comportamiento abre la puerta a observar qué hacen las hienas cuando la comida y la competencia dejan de mandar.
Un estudio descubrió que las hienas juegan durante buena parte del día
Esa parte menos conocida aparece en una investigación sobre hienas manchadas en libertad, realizada por el Departamento de Etología de la Universidad de Pisa, el Ngorongoro Hyena Project del Instituto Leibniz de Investigación Zoológica y de Fauna Silvestre y Siyafunda Wildlife & Conservation.











