Raquel D�azActualizado S�bado,
julio
08:10Antes de que dos grupos animales rivales se enfrenten, el bosque puede cambiar de sonido. Unos chimpanc�s dejan de alimentarse y descansan en una colina; unas mangostas reducen el paso; otras especies se agrupan, marcan el terreno o evitan determinadas fronteras. Todav�a no hay batalla, pero algo se prepara.Una revisi�n cient�fica que publica Trends in Ecology & Evolution re�ne pruebas de que numerosos animales sociales modifican su conducta cuando anticipan un conflicto con miembros de su propia especie. El fen�meno aparece desde las hormigas hasta los primates y afecta a la vigilancia, los movimientos, la comunicaci�n y las relaciones internas.Los investigadores Josh Arbon y Andrew Radford, de la Universidad de Bristol, proponen observar lo que denominan un "paisaje de conflicto entre grupos". La idea recuerda al conocido "paisaje del miedo": los animales no reaccionan �nicamente cuando aparece el peligro, sino que aprenden d�nde, cu�ndo y con qui�n resulta m�s probable encontrarlo.Para saber m�sConviene no imaginar ej�rcitos con planes conscientes id�nticos a los humanos. En biolog�a, el conflicto intergrupal incluye disputas por territorio, alimento, refugio, parejas o posiciones reproductivas. La selecci�n natural puede favorecer conductas que reduzcan el riesgo o aumenten las posibilidades de imponerse si finalmente estalla una pelea.Los chimpanc�s ofrecen uno de los ejemplos m�s llamativos. Cuando se aproximan a zonas donde suelen producirse choques territoriales, algunos grupos ascienden a lugares elevados. All� descansan en vez de viajar o alimentarse, dos actividades m�s ruidosas. Desde la altura pueden escuchar mejor y calcular a qu� distancia se encuentran sus vecinos.Las mangostas enanas tambi�n parecen pasar a una especie de modo de alerta. Ante olores o llamadas de rivales, avanzan m�s despacio, examinan las se�ales durante m�s tiempo y recurren con mayor frecuencia a centinelas. Adem�s, depositan m�s marcas olorosas, una advertencia de que el territorio tiene due�o sin necesidad de llegar al contacto f�sico.Evitar las fronterasNo todas las estrategias consisten en plantar cara. Los macacos japoneses, los babuinos chacma y algunas aves reducen el uso de zonas frecuentadas por grupos vecinos. Evitar una frontera puede resultar m�s rentable que defenderla, especialmente cuando una lesi�n compromete la supervivencia, el cuidado de las cr�as o el acceso posterior a los alimentos.En el extremo opuesto est�n las incursiones. Coaliciones de chimpanc�s machos pueden internarse silenciosamente y en fila en territorios vecinos, orient�ndose hacia las vocalizaciones ajenas. Las mangostas rayadas realizan ataques colectivos contra cr�as rivales, mientras algunas hormigas saquean nidos para llevarse la descendencia y ampliar as� su futura fuerza de trabajo.La preparaci�n tambi�n ocurre dentro del propio grupo. Cuando aumenta la amenaza exterior, varias especies permanecen m�s juntas. Los chimpanc�s se acicalan y juegan con mayor frecuencia antes de una defensa territorial. Estas interacciones pueden reducir la ansiedad, reforzar v�nculos y favorecer que m�s individuos participen despu�s en una acci�n colectiva peligrosa.El tama�o importa, aunque no lo explica todo. Leones, hienas y chimpanc�s pueden estimar cu�ntos adversarios hay a partir de sus voces y decidir si avanzan. La ventaja num�rica pierde valor cuando algunos miembros evitan combatir, cuando el rival conoce mejor el terreno o cuando defender una zona especialmente valiosa ofrece una motivaci�n extraordinaria.Para decidir, los animales combinan informaci�n reciente con recuerdos. Un olor indica que alguien pas� por all�, pero su utilidad disminuye a medida que transcurre el tiempo. Una llamada revela una presencia inmediata, aunque quiz� no permita saber cu�ntos rivales hay. Los encuentros anteriores completan ese mapa mental y ayudan a estimar la amenaza.Esa capacidad plantea una pregunta evolutiva: �la necesidad de anticipar conflictos favoreci� cerebros m�s capaces de recordar individuos, lugares y relaciones sociales? Los autores consideran que pudo actuar como una presi�n importante, aunque todav�a resulta dif�cil separar el efecto de la memoria, las se�ales presentes y otros peligros ambientales.Las consecuencias tampoco terminan en la pelea. Pasar m�s tiempo vigilando, patrullando o marcando fronteras resta oportunidades para alimentarse. Una amenaza prolongada puede elevar el estr�s y reducir el �xito reproductivo. Incluso otras especies pueden verse afectadas cuando ciertas zonas quedan menos transitadas y se convierten, indirectamente, en refugios para las presas.La gran propuesta del trabajo es sencilla: para comprender la violencia animal no basta con mirar la pelea o el choque entre rivales en s�. Tambi�n hay que estudiar el silencio anterior, los rodeos, las alianzas, los olores y las pausas sobre una colina. En muchas sociedades animales, la batalla empieza mucho antes del primer ataque.







