Cuando Carlos Mazón firmó el 'pacto de la servilleta' en 2023 con Vox –ahí estaban un par de profesionales en vivir de lo público, un torero, un catedrático condenado por violencia de género– tenía claro que la ideología no iba a arruinarle la posibilidad de gobernar. Acordaría lo que hiciera falta y echaría a andar un gobierno autonómico con ultras y sus políticas iliberales aunque unas semanas después se la jugara Feijóo en unas elecciones generales. Al fin y al cabo, tampoco se distinguía demasiado de lo que él mismo opinaba. Definitivo o solo influyente, este proyecto que cabía en dos trazos gruesos de un trozo de papel no le sentó bien a las expectativas electorales del PP nacional, que vio cómo se desinflaban las optimistas encuestas en las urnas. Feijóo no pudo gobernar y no fue capaz de llegar a acuerdos en el Congreso de los Diputados.
València, una comunidad talismán para el Partido Popular y de peso específico en España, inauguró un ciclo con un Vox con tanta vara de mando dentro del gobierno como para poner en entredicho el clima y las políticas verdes o hacer calar las supuestas exageraciones woke. Si total siempre ha hecho calor. Un año y tres meses después, la provincia se enteró a golpe de 231 muertos de que ese negacionismo político, llevado a la cadena de servicios públicos, mataba.










