Tan solo hicieron falta dos meses desde que Donald Trump asumió el cargo por segunda vez como presidente de Estados Unidos para que su secretario de Guerra, Pete Hegseth, empezara a redibujar el Ejército estadounidense. Movido por la convicción de que los valores 'woke' se habían hecho con las Fuerzas Armadas, quiso volver a las convenciones que históricamente las han rodeado. Es decir, un ejército compuesto por hombres muy fuertes que cumplieran con los estándares de la 'masculinidad', lo que dejaría a las mujeres fuera de las unidades de combate. Y para Hegseth, esa capacidad de los "hombres más masculinos" también tiene que ver con la testosterona. Hace apenas una semana, anunció que el Ejército realizará pruebas de niveles de testosterona a los militares a partir de 30 años. En un vídeo, afirmó que el Gobierno de Estados Unidos quiere asegurarse de que los militares de EEUU "tengan el nivel de testosterona perfecto para trabajar en su mejor versión", además de demostrar "la biología necesaria para soportar la batalla", asociada con los "instintos fundamentales", donde a las mujeres les otorga únicamente su papel como "dadoras de vida, más allá de lo que la industria del aborto quiera vender". TE PUEDE INTERESAR Si estos hombres no logran los niveles de testosterona óptimos según los estándares del Gobierno, este les ofrece tratamientos voluntarios de reemplazo hormonal, a pesar de que no hay evidencia científica que demuestre que el nivel de testosterona convierta a una persona en un mejor soldado, o siquiera en alguien más fundamentalmente agresivo. Un análisis publicado en 2001, que analizó 45 estudios con cerca de 10.000 participantes, encontró únicamente una relación muy débil entre la testosterona y la agresividad. Los endocrinólogos también rechazan esta idea, ya que aseguran que los valores considerados normales oscilan entre los 300 y los 1.000 nanogramos por decilitro, una horquilla muy amplia dentro de la cual las diferencias apenas predicen el rendimiento físico. De hecho, factores como el entrenamiento, el descanso o la alimentación tienen un impacto mucho mayor. Además, advierten de que la testosterona fluctúa de forma natural a lo largo del día y que administrar terapia hormonal a personas sanas puede acarrear riesgos, como infertilidad, reducción del tamaño de los testículos, acné, alopecia o incluso el desarrollo de tejido mamario. TE PUEDE INTERESAR Para Megan MacKenzie, profesora de Relaciones Internacionales de la Universidad Simon Fraser y autora del libro Beyond the Band of Brothers (Más allá de la banda de hermanos), esta visión de Hegseth "está moldeada por una idea muy concreta de lo que significa ser hombre: los hombres son superiores, pueden hacer cosas que las mujeres no pueden y disfrutan de ciertos privilegios", explica. "Lo que está diciendo es que el ingrediente secreto de un ejército letal son los hombres y, más concretamente, un determinado tipo de hombre con altos niveles de testosterona", explica. Ese ideal, añade, se asocia a un perfil agresivo, poco dispuesto a seguir normas y contrario a lo que el movimiento conservador denomina 'woke'. "Nunca importa que las mujeres también produzcan testosterona. La biología no parece ser el problema. Lo importante es el símbolo que representa", apunta. "Necesitamos a las madres. Pero no en el ejército, y menos en unidades de combate" El propio Hegseth aseguró en una entrevista con Shawn Ryan, podcaster y exmiembro de los Navy SEALs, que la integración de las mujeres al Ejército "no nos ha hecho más eficaces ni más letales". Aseguró incluso que su integración había "hecho más complicado el combate". "Todos hemos servido junto a mujeres y son estupendas", prosiguió. "Es solo que nuestras instituciones no tienen por qué fomentar eso en ámbitos en los que, tradicionalmente, a lo largo de la historia de la humanidad, los hombres en esos puestos son más capaces", insistió. Años antes de ser nombrado secretario de Defensa de EEUU, Hegseth ya había publicado su libro The War on Warriors: Behind the Betrayal of the Men Who Keep Us Free (La guerra contra los guerreros: tras la traición a los hombres que nos mantienen libres) en el que dedicó un capítulo entero a explicar por qué las mujeres no deberían formar parte del Ejército. "Los padres nos animan a asumir riesgos. Las madres nos ponen las rueditas de apoyo en las bicicletas", escribió en el libro. "Necesitamos a las madres. Pero no en el ejército, y menos aún en las unidades de combate", sentenció. Las consecuencias de esa mentalidad están poniendo en peligro la promoción de las carreras militares. Este año por primera vez en más de una década, la Marina de Estados Unidos no promocionará a ninguna mujer al rango de almirante, a pesar de que las mujeres representan ya una cuarta parte de los oficiales de la Armada y cerca de un tercio de los mandos intermedios. El Pentágono no ha explicado los motivos, pero la decisión llega después de que, según un artículo de The New York Times, Hegseth interviniera personalmente para bloquear el ascenso de nueve oficiales seleccionados por un comité de altos mandos, de los que cinco eran mujeres y oficiales afroamericanos. Entre las afectadas se encuentra Amy Bauernschmidt, la primera mujer en comandar uno de los portaaviones nucleares de Estados Unidos, cuyo nombre fue retirado de la lista de ascensos en una decisión "altamente inusual". TE PUEDE INTERESAR "Las mujeres que ya ocupan esos puestos temen ser apartadas. Han pasado una década demostrando que son capaces y ahora vuelven a tener que justificar su presencia desde cero", afirma McKenzie. "No es solo una cuestión de género. Forma parte de un proyecto para hacer que el Ejército vuelva a ser blanco y masculino", sostiene. Asegura, además, que, simplemente, la presencia de mujeres en unidades de infantería "desafía esa visión de la masculinidad", lo que explica que Hegseth haya convertido esta cuestión en una de las banderas de su discurso mucho antes de llegar al Pentágono. Pero su discurso no se sostiene con la evidencia. "No existe ninguna prueba que sostenga esa afirmación", afirma. Al contrario, las investigaciones realizadas por ella y otros académicos muestran que muchas militares han destacado, precisamente, en las unidades de combate. "Algunas se han graduado entre las primeras de sus promociones, han sido ascendidas, han superado los estándares físicos exigidos y han obtenido excelentes evaluaciones de sus superiores", señala. TE PUEDE INTERESAR Las formas de hacer la guerra han evolucionado y la fuerza física ya no es el único criterio para valorar la aptitud de un candidato al Ejército. Las Fuerzas Armadas necesitan también personal para desempeñar funciones alejadas de la primera línea de combate, como las labores de inteligencia o las unidades de Sistemas Aéreos No Tripulados, cuya importancia ha quedado ampliamente demostrada en la guerra de Ucrania. Pero esto es solo un ejemplo porque las mujeres —a pesar de que se ha intentado invisibilizar su papel— han tomado parte activa en las guerras. La misma historia reciente de Estados Unidos es ejemplo de ello. En la operación de captura de Osama bin Laden, fue un equipo de la CIA compuesto en su mayoría por mujeres analistas el que logró identificar al mensajero que acabaría conduciendo al escondite de Bin Laden en Abbottabad, en Pakistán. Su trabajo de inteligencia fue clave para culminar la operación con la muerte del líder de Al Qaeda en mayo de 2011. Y esto es solo un ejemplo de los casos que se pueden contar. En la actualidad, las mujeres representan más del 17% de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos y participan en prácticamente todas las áreas operativas del Ejército, desde la aviación y la inteligencia hasta las operaciones especiales. Desde el inicio de la denominada "guerra contra el terrorismo", en 2001, más de 300.000 mujeres militares estadounidenses han sido desplegadas en misiones en el extranjero, según un informe de la Oficina de Rendición de Cuentas del Gobierno de EEUU (GAO), organismo auditor del Congreso de Estados Unidos. TE PUEDE INTERESAR Hubo que esperar hasta el año 2015 para que se produjera el punto de inflexión. Fue en ese año cuando el Departamento de Defensa levantó oficialmente la prohibición que impedía a las mujeres acceder a puestos de combate terrestre. Esta decisión abrió las puertas a las unidades de élite, a la infantería y a las fuerzas de operaciones especiales, poniendo fin a una de las últimas barreras formales para su plena incorporación. Pero esto simplemente lo oficializó. Antes del 2015 muchas de estas mujeres ya habían combatido sobre el terreno en Irak y en Afganistán —al igual que Hegseth—, donde participaron en operaciones y estuvieron expuestas al fuego enemigo pese a que, formalmente, esos puestos seguían vetados para ellas.