La noche del 24 de marzo fueron trasladados al Instituto Nacional de Medicina Legal, en Bogotá, los cuerpos de los soldados que viajaban en el avión Hércules C-130, caído un día antes en Puerto Leguízamo, Putumayo, al sur del país.No todos estaban en las mismas condiciones. Según explicó Ermen Tapia, perito del equipo de lofoscopia —el estudio y cotejo de los relieves de crestas capilares en huellas, manos y plantas de pies—, quienes salieron despedidos hacia los costados de la aeronave en el momento del impacto se quemaron menos que quienes quedaron atrapados dentro de la máquina. Esa diferencia, mínima en apariencia, terminó siendo decisiva para el equipo de trece peritos que tuvo la tarea de identificarlos. Cuanto más severa había sido la quemadura, menos información quedaba disponible en la piel.El personal de Medicina Legal esperaba los cuerpos durante la noche del 24 de marzo.Foto:Cristian Andrés AlvaradoTapia fue una de las personas que entró esa noche. “Hicimos una reseña bastante difícil, por el mismo estado en que ellos llegaron”, cuenta. Reseña es la palabra que usan para lo que varios identifican como la toma de las huellas, buscar en cada mano, dedo por dedo, información legible. A eso se dedica la lofoscopia para establecer con certeza quién es un cuerpo. “El trabajo de morgue es buscar la forma de obtener una imagen dactilar para hacer un cotejo. Esa es nuestra función”, resume el funcionario.Según relata, apenas se confirmó la magnitud del accidente, el director del Instituto activó la logística. “En cabeza del director, varios grupos, como de genética, odontología, lofoscopia, que somos nosotros, nos preparamos”, cuenta. Un grupo se fue para la morgue a levantar la información directamente de los cuerpos y otro se quedó en lo que dentro del Instituto llaman ‘el office’, haciendo los cruces y las verificaciones. “Son dos formas de trabajar”, dice Tapia.En la morgue, cada perito debió evaluar qué tan viable es tomar la reseña directamente del cuerpo. Héctor Garzón, coordinador del equipo, explica que primero se intenta la necrodactilia, la reseña dactilar del cadáver, que él compara con la que deja cualquier ciudadano al sacar su cédula. Si el cuerpo lo permite, ahí termina el proceso más difícil.En caso contrario, se empieza el tratamiento de pulpejos, que consiste en amputar la segunda falange de cada dedo. Cuando el cuerpo lo permite, se cortan las diez, se guardan cada una en un contenedor plástico individual y se marcan según una numeración universal, donde el uno siempre corresponde al pulgar derecho y el diez al meñique izquierdo.Foto:Jhon PérezContenidoEsos contenedores llegan después al laboratorio, donde los recibe Fredy Lizarazo, técnico forense del organismo de inspección de lofoscopia. “En eventos como el siniestro aéreo que ocurrió, estos cuerpos llegaron al Instituto en una condición bastante difícil para la identificación, por cuanto estaban incinerados, fue necesario hacer un tratamiento de rehabilitación de piel de fricción”, detalla. Según Lizarazo, la afectación no fue igual para todos los cuerpos, pero sí fue necesaria esa rehabilitación en un número importante de los soldados que llegaron tras la caída del avión.La labor en el laboratorio de lofoscopia fue de 48 horas seguidas.Foto:Cristian Andrés Alvarado“La piel está compuesta por tres capas básicas, que son la epidermis, la dermis y la hipodermis” —explica Lizarazo— “Las impresiones dactilares nacen, desde la dermis, es decir, están debajo de la epidermis”. Cuando un cuerpo se quema, la primera capa que se pierde suele ser justamente la epidermis, la más externa. Por eso el trabajo del laboratorio consiste en remover lo que queda de esa capa dañada y exponer la dermis, con ayuda de un equipo llamado videocomparador espectral, que permite capturar la piel bajo distintas fuentes de luz hasta que las crestas se vuelven legibles.Tapia resume el principio que sostiene todo ese trabajo con una frase que repite cada vez que puede: “Por mucho que se queme, si hay tejido, hay formas de recuperar y poder establecer una identificación”. En algunos casos, ese tejido que queda es apenas un fragmento de piel de un par de milímetros: “Muchas veces lo identificábamos con un fragmento de dos milímetros, pero se lograba identificar”.El nombre tras la imagenCon la imagen dactilar ya recuperada, el proceso se traslada de nuevo a un perito, quien hace la búsqueda contra la base de datos de la Registraduría Nacional a través del Sistema Automatizado de Identificación de Huellas Dactilares (Afis, por sus siglas en inglés). Se trata de un software que compara de forma masiva una huella recién tomada contra millones de huellas ya registradas, en vez de que un ser humano las revise una por una.Jorge López, perito que opera regularmente ese sistema, explica que hay dos formas de hacer la consulta, con número de cédula y nombres, o con la huella de un cadáver aún sin identificar. Héctor Garzón precisó que todos los casos de la Fuerza Aérea, los de los soldados del Hércules incluidos, se procesaron bajo esa segunda modalidad, “así sea la población cerrada, para no tener errores en el momento de la identificación”. La base de datos contra la que se compara, según explicó Garzón, agrupa aproximadamente 43 millones de colombianos. La búsqueda tarda solo entre cuatro y diez minutos.Cuando el sistema no encuentra nada, lo que en la jerga del Instituto se llama ‘no hit’, no significa que el caso esté cerrado. López explica que ahí entra el reproceso, se vuelve a escanear la impresión, se descartan las imágenes de mala calidad y se reenvían solo las más nítidas. “Seleccionando las impresiones de calidad podíamos obtener otro resultado que sea favorable”, dice.59cuerpos fueron identificados por lofoscopia.Cuando el sistema por fin arroja un nombre, el trabajo humano no termina ahí. “El sistema únicamente nos da un candidato”, advierte Garzón, “pero la parte humana seguirá, porque él es el que determina cuando haga el cotejo dactiloscópico”. Y ni siquiera esa comparación manual cierra el caso, porque un segundo perito, distinto al primero, revisa todo el informe antes de que se dé por cerrado. “Todos los procesos en el Instituto, independiente de los laboratorios, tienen un par verificador”, resume Garzón.Los casos donde ni la huella ni la carta dental logran una identificación, pasan a un tercer camino, la genética, un proceso que toma más tiempo porque depende de análisis de laboratorio adicionales. “No es que Medicina Legal no quiera entregar un cadáver”, aclara Garzón. “Son los procesos que se hacen. Es como si lo pasara para una unidad de cuidados intensivos. Están entre la vida y la muerte. No depende de nosotros, depende cómo evolucione el tejido”, dice.Lofoscopia logró identificar un total de 59 cuerpos, de los 69 que habían llegado.Foto:Jhon Pérezpara atender el volumen de casos que llegó esa semana, el grupo de lofoscopia se amplió con un equipo interdisciplinario que, según recuerda Tapia, llegó a reunir cerca de catorce personas. Algo más importante, dejaron de dividirse por turnos. “Ese día trabajamos todos, más los que trabajan en la mañana, los que trabajan en la tarde, nos unimos”, cuenta.Tapia dice haber trabajado veinte años en la morgue y once en el laboratorio, y atribuye a esa experiencia acumulada la posibilidad de sostener un ritmo que él mismo describe como excepcional. “Creo que ha sido récord lo que hicimos. En 48 horas, identificar 59 casos”. Él mismo advierte que habla de memoria, sin una cifra oficial de por medio, y que el cálculo es solo su forma de dimensionar lo que representó ese fin de semana para el equipo.Trabajamos con ese compromiso para esa sociedad que nos necesita. Es un trabajo bastante de pasión.Lizarazo lo describe con una palabra distinta. “Es un engranaje”, asegura sobre la forma en que se organizaron los grupos de trabajo esos días, “y esos grupos de trabajo fueron debidamente organizados teniendo en cuenta la magnitud, la cantidad de personas que fueron allegadas aquí al Instituto para identificación”. Insiste en que ningún perito hace ese trabajo solo. “Este tipo de situaciones no lo hace una sola persona, es un trabajo en equipo. No es solamente un capital de tecnología, sino también un capital humano”, afirma.Ese esfuerzo, dice Tapia, no se sostiene solo con protocolo. “Trabajamos con ese compromiso para esa sociedad que nos necesita. Esa es un trabajo bastante de pasión”, afirma. Y admite que el peso emocional de identificar a un grupo tan numeroso de hombres jóvenes se siente incluso después de tres décadas en la profesión. “Nos da duro, porque tenemos hijos, y no es nada fácil”, dice.Detrás de cada uno de esos casos había, además del trabajo técnico, una familia esperando. Lizarazo resume esa misma idea desde su lugar en el laboratorio: “El objetivo es lograr que cada ser querido va a tener un lugar donde va a poder descansar en esa paz que requiere”.María Alejandra Moreno FlórezEscuela de Periodismo Multimedia EL TIEMPO / Redacción Política
Huellas entre las cenizas: así identificó el equipo de lofoscopia a las víctimas del Hércules C-130 que se estrelló en Putumayo
Un equipo de trece peritos logró darle nombre a decenas de cuerpos calcinados mediante procedimientos que reconstruyen la piel dedo por dedo.






