¿Qué sería de las buenas historias sin personajes secundarios? Sin ser los pilares de la narración, también la sostienen y le otorgan profundidad y textura; suelen ser ellos quienes levantan el velo de las apariencias, un pico al menos. Por esa razón se afanaron tanto con los castings que trasladaron a la pantalla Vida privada (1932), la gran novela de Josep Maria de Sagarra. En las dos miniseries que se han rodado hasta la fecha, la de Francesc Betriu (1987) y la de Sílvia Munt (2017), ambos directores confiaron el papel del barón de Falset a Héctor Alterio, en el primer caso, y a Pedro Casablanc, dos actores soberbios, capaces de meterse en la piel de ese industrial algodonero con título comprado y un secreto erótico que lo arrastrará a la perdición. Betriu, con todo, se toma alguna licencia respecto del original: el barón de Falset no acude a la fiesta que hoy nos ocupa. Más aún, su ausencia suscita rumores entre los asistentes; algunos aseguran que se ha vuelto loco, y no es para menos: está siendo objeto de un chantaje horripilante.La soirée en cuestión se celebra en una gran casa con jardín en el paseo de la Reina Elisenda, propiedad de Hortènsia Portell, trasunto de la mecenas Isabel Llorach, heredera de una fortuna en la vida real gracias a un agua purgante embotellada. Un disfraz muy reconocible. Si la publicación de Vida privada resultó un escándalo, no fue tanto por el ménage à trois y los pasajes de alto voltaje sexual, sino porque los coetáneos podían leerla como un roman à clef y distinguir entre sus páginas a próceres de la alta sociedad barcelonesa, una serie de calcos que el paso del tiempo ya ha borrado. En cualquier caso, estamos de fiesta, en una noche de mediados de junio de 1927, y hace “un calor colonial y grasiento” (qué bien adjetiva Sagarra, ¡y eso que escribe la novela en dos meses!). Asisten al evento 150 personas, que bailan jazz y trasiegan champán a manta; el lector lo sabe porque la anfitriona se reconcome, unas páginas más adelante, por haberse gastado un dineral “para dar de beber a todo aquel personal linfático y grotesco”. En las dos versiones cinematográficas, los invitados se abrevan en copas Pompadour, las chatas y de boca ancha.El personaje de Hortènsia Portell, la anfitriona, se inspira en la mecenas Isabel LlorachEn la fiesta de Hortènsia Portell, uno de los episodios más coloristas de la novela, confluyen las dos placas tectónicas que articulan la trama: de un lado, la vieja aristocracia catalana, arruinada por el declive de las rentas agrarias y obligada a desprenderse de sus fincas señoriales, representada por la estirpe de los Lloberola; de otro, la pujante burguesía industrial, enriquecida, ambiciosa y resuelta a transformar su poderío económico en prestigio social, al amparo de las oportunidades abiertas con la dictadura de Miguel Primo de Rivera y la Exposición Internacional, que se inauguraría en Barcelona el 19 de mayo de 1929. La tensión entre ambos mundos cristaliza en un objeto de gran carga simbólica: el tapiz del siglo XVII que los Lloberola se habían visto obligados a vender a la anfitriona, una pieza que recrea la escena bíblica de Jacob y Esaú, quien cede su primogenitura por un plato de lentejas. Todo tiene un precio, sí. Dos convidados a la velada, dos caballeros sin nombre, ponen a caldo a unos y a otros, sobre todo a los negociantes arribistas: “Como son personas sin convicciones, van sin rodeos; hoy son partidarios de este general estúpido y mañana serán partidarios de una república o de un régimen comunista si ven la manera de ganar dos reales”.Lee tambiénLas damas concurrentes lucen hileras de perlas y brillantes bien engastados; nada de collares de fantasía. El transcurso del party, diseminado entre corrillos y salones diversos, pivota sobre dos figuras: Conxa Pujol, la esposa del barón de Falset (ausente), una belleza de ascendencia antillana cuyo abuelo se había hecho rico en Cuba con la trata de esclavos y el comercio de café; y, por otro lado, el general Primo de Rivera, cuya llegada se hace esperar tanto que los congregados la ponen en duda. Pero, cuando al fin el personaje entra en escena, la mirada de Sagarra desciende sobre la presa con la ferocidad de un águila (la metáfora rapaz es de Marcos Ordóñez). El escritor prodigioso describe a un hombre fatigado y vulgar, “mezcla entre inspector de policía y jugador de siete y medio, y con algo de eclesiástico y domador de tigres”. Por cierto, la miniserie de Betriu para TVE se toma otra libertad creativa: el dictador, vestido de civil, baila con una de las convidadas el pasodoble La banderita, muy popular entre los militares africanistas.El escritor prodigioso describe a primo de Rivera como un hombre fatigado y vulgar, “mezcla entre inspector de policía y jugador de siete y medio, y con algo de eclesiástico y domador de tigres”La broma y el paripé se prolongan hasta las cuatro menos cuarto de la mañana. Al día siguiente del jolgorio, un grupito de invitados y la señora Portell improvisan una incursión por los bajos fondos del barrio chino, donde intentan divertirse en el cabaret La Criolla, en el tablao flamenco Villa Rosa y en un tugurio llamado La Sevillana.En el arranque de la segunda parte, al talento de Sagarra le bastan cinco páginas espléndidas para sintetizar tanto el lustre de la Exposición, un entusiasmo que se parece bastante a la euforia olímpica de 1992 ­–“Barcelona hervía en un sofrito de grandeza y de sálvese quien pueda”–, como la crisis económica posterior y el advenimiento de la república. Vida privada es una de las novelas para llevarse a la isla desierta.