La autopsia y las versiones policiales alimentaron dudas sobre la identidad del cadáver al mencionar dedos mutilados con ácido, cabello teñido y un rostro alterado por cirugíaJ. Edgar Hoover no cabía en sí del orgullo la noche del domingo 22 de julio de 1944 cuando convocó a la prensa para anunciar la muerte de John Dillinger, ocurrida esa misma tarde a la salida de un cine de Chicago, cuando intentó escapar de un equipo de detectives especialmente creado para capturarlo. “Hemos abatido al Enemigo Público número uno”, dijo con jactancia el jefe del Bureau of Investigation (BOI), la agencia gubernamental que un año después se convertiría en el FBI. Para despejar dudas sobre la identidad del muerto, al día siguiente otros hombres del BOI hicieron públicas las huellas dactilares de las características del cuerpo acribillado que todavía permanecía en la morgue del condado de Cook a la espera de que un artista forense realizara una máscara mortuoria del rostro del pistolero. También, con el permiso de Hoover, hubo circo, porque el cadáver fue expuesto en una sala de la morgue, por la que desfilaron miles de curiosos para verlo.Para entonces, la noticia de la muerte del asaltante de bancos más famoso de la época estaba en la portada de los diarios. “Los planes de la policía para capturar a Dillinger habían fracasado repetidamente (...). Cuando los agentes se encontraban muy cerca, apuntaron sus pistolas contra él y dispararon. No hubo, por lo tanto, lucha, pues Dillinger, aunque trató de sacar su pistola, no tuvo tiempo de llevarse la mano al bolsillo donde la guardaba. Los disparos alcanzaron al gánster en la parte superior del cuerpo y cayó al suelo bajo los efectos de un colapso a causa de las heridas. Según el jefe del departamento de Justicia, a Dillinger se le salieron los ojos de las órbitas”, se podía leer en la crónica publicada por el Chicago Tribune.PUBLICIDADLa nota del Tribune, en la que no faltaban declaraciones de testigos de los hechos, contradecía la versión oficial, según la cual el delincuente había caído en un enfrentamiento con los agentes. Si esa contradicción molestó a Hoover, pronto pasó a ser el menor de sus problemas, porque no pasó mucho tiempo antes de que se pusiera en duda la identidad del muerto. La primera duda la sembró la autopsia realizada por el médico forense de la Policía de Chicago J.J. Kearns, donde se señalaba que el cuerpo del muerto no correspondía exactamente con el Dillinger que describían las fichas que tenían las autoridades penitenciarias. Citando fuentes policiales, varios diarios publicaron que “los extremos de los dedos habían sido mutilados con ácido, mientras que el pelo, las cejas y el pequeño bigote estaban teñidos de negro. En cuanto al rostro, estaba alterado mediante una operación quirúrgica y sus rasgos eran más duros y crueles” que los que mostraban las fotos más conocidas de John Dillinger.El BOI salió de inmediato a confirmar que el muerto era sin lugar a duda John Dillinger, el criminal más buscado de los Estados Unidos, pero no pudo evitar que los medios se hicieran eco de versiones que afirmaban todo lo contrario. La más difundida decía que el muerto era en realidad Jimmy Lawrence, un delincuente de poca monta que había sido víctima de un engaño pergeñado por el propio Dillinger con la complicidad de las dos mujeres que estaban con él en el cine, que aprovecharon el parecido del hombre con el enemigo público número uno para engañar a la policía y al BOI. PUBLICIDADMientras corría ese rumor, se desató otro escándalo alrededor del cadáver. El 3 de agosto, un diario de Chicago publicó una crónica en la que afirmaba que el encargado de casa de pompas fúnebres donde fue llevado el cuerpo del gángster para prepararlo para el sepelio descubrió que le faltaba el cerebro. Se decía también que lo había extraído –con autorización de Hoover– un equipo de neurólogos que tenía la misión de estudiarlo.El rumor más difundido afirmó que el muerto era Jimmy Lawrence y que John Dillinger había engañado a la policía con ayuda de las dos mujeres que lo acompañaban al cineLas sospechas sobre la verdadera identidad del muerto se acrecentaron un par de meses después, cuando que uno de los hombres más cercanos a Dillinger pronunció una enigmática frase minutos antes de enfrentar a la muerte. Fue poco antes de ser atado a la silla eléctrica de la prisión estatal de Ohio, que Harry Pierpont soltó esas palabras que, dicen algunas crónicas, molestaron sobremanera a Hoover: “Yo soy el único que sabe toda la verdad y me la llevo conmigo”, dijo sin aclarar a qué verdad se refería. Cuando Pierpont fue electrocutado el mediodía del 17 de octubre de 1934 era el último sobreviviente de la banda de John Dillinger.PUBLICIDADNo hizo falta que nadie le aclarara la frase a Hoover. Apenas se la repitieron supo que estaba dirigida a él o, más precisamente, que apuntaba a desacreditarlo ante la opinión pública. Pierpont era un hombre de muy pocas palabras, una definición que también se aplicaba a su vida criminal: nunca había confesado sus crímenes y mucho menos delatado a alguno de sus cómplices. Por eso, esas “últimas palabras” del delincuente echaron más leña al fuego de las polémicas que comenzaban a subir de tono alrededor de la muerte de Dillinger.La noticia de la caída de Dillinger bajo las balas de los hombres de Hoover dividió a la sociedad estadounidense. Mientras unos la consideraban un éxito de la ley y el orden, otros la lamentaban porque en apenas dos años de carrera criminal el delincuente más buscado se había ganado la simpatía de muchos norteamericanos que habían perdido sus bienes o sus trabajos por el crack financiero de 1929 y consideraban que asaltar bancos –a los que veían como responsables de su situación- no era un delito sino un acto de justicia.PUBLICIDADEso no le molestaba a Hoover, que venía construyendo su imagen de duro e implacable con el mundo de crimen sin que importaran demasiado los métodos. Pero la “verdad” a la que aludía la frase casi póstuma de Pierpont contribuía a poner en ridículo al jefe de la agencia que en el futuro sería el FBI. Porque ya no eran pocos los que se preguntaban si el muerto era realmente John Dillinger u otra persona, un involuntario protagonista de un ardid montado por el propio enemigo número uno para engañar a sus perseguidores y vivir tranquilo el resto de sus días. Si Pierpont se había referido a eso y podía comprobarse, la imagen de Hoover se caería a pedazos.J. Edgar Hoover anunció la muerte de John Dillinger en Chicago y presentó el operativo del BOI como la caída del Enemigo Público número unoJohn Dillinger había aprendido todo en la cárcel, en la que cayó cuando era muy joven por un error de principiante. Tenía 21 años y nunca había cometido un delito hasta una noche de 1924 cuando un amigo, Ed Singleton, le pidió que lo acompañara asaltar el negocio de un tendero del barrio en que vivían. El asalto les salió bien, pero dejaron tantos rastros que cayeron presos al día siguiente. Singleton, que pudo pagar un abogado, fue condenado a dos años de cárcel; en cambio, Dillinger, con un defensor oficial, recibió nueve. Detrás de las rejas se relacionó con un grupo de presos que cumplían condenas por asaltar bancos y con ellos aprendió lo que podría llamarse la teoría del oficio. Y no solo eso, porque allí, detrás de las rejas conformó parte de su primera banda. Cuando salió en libertad condicional, a principios de 1933, con ellos y algunos hombres más, pasó de la teoría a la práctica.PUBLICIDADA partir de allí su salto a la fama como asaltante de bancos fue vertiginoso. En poco más de un año, desde mayo de 1933 hasta poco antes de su -cierta o supuesta– muerte, había capitaneado dos bandas y asaltado decenas de bancos, con botines de cientos de miles de dólares; capturado y encarcelado, protagonizó fugas espectaculares para retomar de inmediato su raid criminal.La banda que lideraba utilizaba siempre el mismo modus operandi. Dillinger y sus hombres estudiaban los movimientos del banco de una pequeña localidad; el día elegido, entraban cinco delincuentes al local mientras un cómplice esperaba afuera con el auto en marcha, una vez adentro Dillinger gritaba la frase que rápidamente se hizo famosa, “todo el mundo al suelo”, tras lo cual dos de los hombres controlaban a los empleados y el público mientras otros tres saqueaban las cajas y obligaban al gerente a abrir el tesoro. Todo ocurría a una velocidad de vértigo y poco después estaban escapando por una ruta previamente estudiada.PUBLICIDADDebutaron, si se puede decir así, asaltando un banco en Bluffton, Ohio. El asalto fue un éxito, al que siguieron otros más. Su carrera pareció terminar el 22 de septiembre, cuando la policía lo cercó y lo capturó, pero cuatro días después, sus cómplices Harry Pierpont, Russell Clark, Charles Makley y Harry Copeland, entraron a la prisión de Lima vistiendo uniformes policiales y le dijeron al sheriff Jessie Sarber que tenían orden de llevar a Dillinger a una prisión en Indiana. Cuando el sheriff les pidió las credenciales y la orden de traslado, le contestaron con un balazo. Escaparon con éxito después de encerrar al sheriff y a su mujer en la misma celda en la que había estado Dillinger y días más tarde retomaron su raid de asaltos. Armados con pistolas y ametralladoras robadas del arsenal de la policía de Auburn, Indiana, en poco tiempo desvalijaron media docena de bancos en distintos pueblos y pequeñas ciudades de ese Estado.Se habían impuesto una regla de oro: no derramar sangre. No por humanidad, sino para que, en caso de ser capturados, solo les pudieran aplicar penas menores. Todo cambió cuando uno de los miembros de la banda, John Hamilton, mató a un policía y el asalto al Primer Banco Nacional del Este de Chicago terminó en un tiroteo donde perdió la vida el oficial William Malley. Para entonces, los buscaban las policías de Indiana y de Chicago, a las que se sumó pronto la agencia que dirigía J. Edgar Hoover, quien le encargó a uno de sus agentes más implacables, Melvin Purvis, que capturara a Dillinger vivo o muerto.PUBLICIDADLa muerte de John Dillinger dio un enorme impulso a la figura de Hoover, que con el correr de los años llegó a acumular un poder que ningún presidente se atrevió siquiera a recortarleEn su raid de asaltos desvalijaron varios bancos en Florida y en Arizona, y después Dillinger y su banda decidieron tomarse un descanso y disfrutar del dinero ganado a punta de pistolas y ametralladoras. El 23 de enero de 1934 se alojaron con nombres falsos en el Historic Hotel Congress de Tucson, con un botín de 25.000 dólares –una verdadera fortuna en esa época– que repartirían mientras celebraban con champagne en una de las habitaciones. Estaban en eso cuando el hotel se incendió y quedaron atrapados adentro. Cuando los rescataron, un oficial de bomberos los reconoció por las fotografías que publicaban los diarios y los carteles de búsqueda y llamó a la policía. Así, Dillinger, Pierpont y sus cómplices pasaron sin transición del festejo a la cárcel de Crown Point, en Indiana, donde serían llevados a juicio por el asesinato del oficial O’Malley.Parecía que la carrera criminal de John Dillinger había llegado a su fin, pero el 3 de marzo protagonizó otra fuga espectacular. Consiguió un pedazo de madera, lo talló durante días con una hoja de afeitar hasta darle forma de revólver y lo oscureció con betún. Cuando el guardia abrió la puerta de la celda para darle su plato de comida, el enemigo público número uno lo amenazó, lo dejó encerrado y se abrió paso apuntando con el falso revólver a otros guardias hasta llegar al auto de la sheriff Lilian Holley, con el que salió de la cárcel a toda velocidad.PUBLICIDADDillinger buscó refugio en Chicago, donde estaba su novia, Evelyn Frechette, y allí formó una nueva banda con varios asaltantes experimentados: Homer Van Meter, Lester Joseph Gillis, Baby Face Nelson, Eddie Green y Tommy Carrol. Con ellos no demoró en retomar su raid de asaltos bancarios. El 3 de abril la policía de Chicago cercó a Dillinger y a su cómplice Eddie Green, que se resistieron a los tiros. Green cayó muerto, pero Dillinger, aunque herido, logró romper el cerco y escapó con Evelyn a Mooresville, Indiana. Pocos días después, la chica volvió a Chicago para tratar de retomar contacto con el resto de la banda, pero el FBI la identificó y la detuvo.La carrera criminal de John Dillinger comenzó tras su condena de 1924, se consolidó en prisión y derivó en una banda que asaltó decenas de bancos y protagonizó fugas espectacularesLos primeros días de julio de 1934, un hombre llamado Jimmy Lawrence comenzó a hacerse ver en algunos bares de Chicago. Decía que era funcionario de la Junta de Comercio y, aunque no ostentaba, se veía que tenía dinero y que le gustaba gastarlo. Una de esas noches, en el club Barre of Fun, conoció a Rita “Polly” Hamilton, una joven prostituta con la que comenzó a salir asiduamente. Polly vivía en la casa que regenteaba su madama, una mujer que se presentaba como Anna Sage, pero que en realidad era una inmigrante ilegal originaria de Rumania. Cuando Polly le presentó a su nuevo novio, a la señora Sage se le ocurrió que ese hombre tenía una cara que ella conocía. Y así era, el tal Jimmy Lawrence se parecía mucho a la de John Dillinger, el asaltante de bancos por el que se ofrecía una recompensa de 5.000 dólares. No era exactamente igual, pero se le parecía mucho.Anna Sage pensó que si Lawrence era realmente Dillinger no solo podía ganar un buen dinero sino conseguir algo que necesitaba con urgencia, legalizar su residencia en los Estados Unidos. Por su oficio, tenía buenos contactos con la policía local y a través de un detective amigo –es decir, uno de los que cobraban sobornos para no allanarle el burdel– buscó la manera de contactar al BOI, la agencia que dirigía Hoover y que ofrecía la recompensa. El detective se llamaba Martin Zarcovich y, después de informar a sus jefes, se puso en contacto con el hombre encargado de perseguir a Dillinger en el BOI, Melvin Purvis, que a su vez informó a Hoover.Por orden de su jefe Purvis le prometió a Anna Sage que recibiría la recompensa, pero también la amenazó: le aseguró que si no llegaban a capturar a Dillinger la deportarían a Rumania en cuestión de días. Acordaron que apenas supiera con certeza dónde estaría el enemigo público número uno, pasaría la información para que lo capturaran. El 22 de julio a la mañana, la madama rumana salió de burdel, fue hasta el teléfono público más cercano y llamó al número que le había dado Purvis. Cuando la atendieron, informó que esa noche Dillinger iría con ella y con Polly al Biograph Theatre, un cine de la Avenida Lincoln donde proyectaban Manhattan Melodrama. Por esas ironías del destino, la película –que después sería rebautizada como “Enemigo Público Número Uno”– contaba la historia de un gangster, encarnado por Clark Gable, que terminaba ejecutado en la silla eléctrica.Los testigos del tiroteo en el Biograph Theatre afirmaron que a John Dillinger le dispararon por la espalda, mientras la versión oficial sostuvo que intentó sacar un revólverMinutos después de las siete de la tarde del 22 de julio, un equipo del BOI encabezado por Purvis se desplegó en los alrededores del Biograph Theatre. No llevaban mucho tiempo ahí cuando vieron llegar al hombre llamado Jimmy Lawrence al que Anna Sage había identificado como Dillinger. Venía acompañado por Polly y por la propia madama, vestida con una pollera roja, una prenda que había acordado llevar para que la reconocieran los agentes.Los hombres del BOI no los detuvieron en ese momento, sino que dejaron que el trío entrara al cine. El plan era esperar que terminara la película para capturar a Dillinger cuando saliera, vivo si no ofrecía resistencia, muerto si intentaba escapar. Cuando la película estaba a punto de terminar, Purvis se instaló cerca de la puerta del cine. El plan era avisar a sus hombres que Dillinger estaba saliendo con una señal: sacaría un cigarro de su bolsillo y lo encendería. Lo hizo, pero además de alertar a sus agentes, el gesto de Purvis también puso sobre aviso al hombre que debían capturar. La versión oficial diría después que Dillinger intentó sacar un revolver que llevaba en el bolsillo del saco y que entonces los agentes le dispararon, pero los relatos de algunos testigos, publicados en diferentes diarios, coincidieron en que el hombre simplemente había corrido y le dispararon por la espalda. Fueron varios tiros: dos lo rozaron, otros dos fallaron e hirieron a dos transeúntes, y el balazo fatal entró por la nuca, cortó la médula espinal, subió al cerebro y salió por el ojo derecho. El enemigo público número uno se desplomó sobre el asfalto y quedó inmóvil. Los restos del hombre muerto a balazos la tarde del 22 de julio de 1934 al salir del cine fueron enterrados el 5 de agosto en el cementerio de Crown Hill, en Indianápolis, en una tumba sellada con hierro y hormigón. Pero ni siquiera el peso de la lápida pudo detener las dudas que corrían sobre su verdadera identidad.La identidad del cuerpo enterrado en Crown Hill volvió a discutirse en 2019, cuando la sobrina de John Dillinger pidió una exhumación con ADN y luego desistióLa muerte de John Dillinger dio un enorme impulso a la figura de Hoover, que con el correr de los años llegó a acumular un poder que ningún presidente se atrevió siquiera a recortarle. Dirigió con mano de hierro el FBI hasta el día de su muerte, el 2 de mayo de 1972, cuando el cadáver del asaltante de bancos más famoso de los Estados Unidos llevaba casi cuatro décadas bajo tierra.La muerte le evitó el disgusto de saber que, en 2019, volvió a ponerse en duda la identidad del cadáver que yace en el cementerio de Crown Hill. Ese año, Carol Thompson, sobrina de John Dillinger, presentó ante la justicia un pedido para exhumar el cuerpo y realizar un examen de ADN para confirmar o descartar si se trata de su famoso tío.Apenas se conoció la noticia del reclamo de Thompson, el FBI respondió con un tuit que aseguraba que en sus archivos había pruebas más que suficientes para demostrar que el muerto era John Dillinger y que esa exhumación era totalmente innecesaria. Sin embargo, el 31 de diciembre de ese año el Departamento de Salud de Indiana aprobó la solicitud para la exhumación del cadáver. Todo indicaba que las dudas sobre la identidad del hombre muerto frente al Biograph Theatre de Chicago la noche del 22 de julio de 1934 quedarían totalmente disipadas, pero el inicio de la pandemia de Covid-19 impidió que se realizara la exhumación. Luego sucedió algo extraño: cuando se dio por terminada la pandemia y se podía seguir adelante con el proceso de identificación la señora Thompson desistió de hacerlo. Nunca explicó las razones que la hicieron cambiar de opinión y entonces corrieron rumores de que había recibido algún tipo de presión por parte del FBI. El director de la agencia, Christopher Asher Wray, ni siquiera se molestó en desmentir esa versión, pero respiró aliviado, porque si se llegaba a comprobar que el muerto del cementerio de Crown Hill no era John Dillinger, la imagen del prócer Hoover sufriría una mancha imborrable.
Balazos a la salida del cine: la muerte del “enémigo público número uno”, el anuncio del FBI y el enigma sobre la identidad del cuerpo
La tarde del 22 de julio de 1934, la agencia que dirigía J. Edgar Hoover anunció que sus hombres habían matado Enemigo Público número uno cuando salía de un cine de Chicago. Sin embargo, de inmediato empezaron a correr versiones que afirmaban que el FBI había sido engañado por el asaltante de bancos más buscado del país






