Es un mito fundacional clásico de la meritocracia: el garaje. Donde empezó todo, el epítome de lo humilde, una fábula del sueño americano. Esta historia es de esas, como los orígenes en cocheras de Microsoft o de Honda. Excepto porque no es un garaje, es un taller, y porque su cabecilla no es un joven emprendedor, tiene 74 años. Él es Avi Gus y es el cofundador de la marca de ropa urbana Salpi.Hablar con Agustín Gregori (Jaén, 74 años) es empezar hablando de ropa y pasar por espiritualidad, viajes, comida, medicina, lenguaje, horóscopo, redes… para volver a hablar de ropa. Uno de sus nietos bromea que es lo cotidiano, lección de “todología”. Gregori creó, junto con sus nietos y amigos, una marca de moda urbana, y por eso aquí lo reconocen como Avi Gus, abuelo Gus en catalán. Es la primera planta de un taller en la localidad de Pineda de Mar, provincia de Barcelona, y mientras en la planta de abajo hay motos de trial, pistones, cigüeñales y un Porsche 911 setentero verde, en la de arriba hay cajas para envíos, planes de producción, burros, pizarras y lienzos. Gregori señala girando el dedo por la habitación y dice: “Por esto estoy aquí, esto me da ánimos”. Antes de estar debatiendo sobre patrones, colores o tallajes, Avi Gus tuvo que pasar por mucho para llegar hasta ahí. Tuvo que volver de Bulgaria, donde estuvo aprendiendo cocina eslava, tuvo que pasar por restaurantes en Andorra, bares de puertos catalanes y discotecas por el barcelonés barrio de Gràcia y, especialmente, tuvo que recuperarse de un intento de robo que le rompió el húmero, varios tendones del brazo y el fémur. Poco más tarde, dos diagnósticos de cáncer. Cuando su nieto Gerard empezaba a tontear con la idea de montar su propia marca de ropa con amigos del tenis y del pueblo, Agustín se recuperaba de varias intervenciones quirúrgicas. Cuando la idea se iba asentando, Gregori se pasaba el tiempo “con los chavales” para salir de casa. Cuando la idea ya era un proyecto, Avi Gus ya estaba ahí. “Ellos se han portado muy bien, no han dejado de atenderme. Cuando no podía andar, me recogían con el coche. Ahora vengo todos los días solo, y cada vez me duele todo menos. Y cuando vengo discutimos qué tenemos que hacer, miramos la ropa, grabamos un tiktok y miramos los pedidos”, explica sonriendo.Cuando habla siempre se ríe. Se ríe de los comentarios que le dejan en sus vídeos de redes —algunos de ellos, con varios millones de reproducciones—. “Me tienen frito”, bromea. Se ríe del hombre que lo atracó y no se pudo llevar nada “porque no tenía nada”. Y se ríe de ayer, que era domingo y todos fueron a trabajar. “Estaban de fiesta en un pueblo de al lado, así que cuando ya estaba preparado por la mañana les llamé para quedar; me dijeron que era temprano [6.54, señala Gerard en su teléfono]. A las diez estábamos ya aquí”, sentencia y carcajea.Avi Gus relata que está entusiasmado con cómo han ido las cosas hasta ahora. Las ventas que han hecho a EE UU, Sudamérica y varios países europeos, las risas con los vecinos cuando ven camisetas con su cara, bromear con la gente por redes sobre sus gustos musicales, ver el resultado de consejos que ha dado para ciertas prendas de ropa… “Pero, sobre todo”, interrumpe, “ayudar a encontrar una meta a mis nietos”. Asegura que todos tenemos una y que está contento de que los nietos y sus amigos hayan encontrado la suya.—Y ¿cuál es la suya?—Esto.Y apunta el índice a su derecha donde, delante de las cajas de pedidos, se sientan los chavales.