Lo primero que dijo Ferran Torres tras la victoria de España en el Mundial fue que aquel gol, su gol, el hermoso e iracundo gol que se inventaron entre Nico Williams y él, y que está destinado a ser recordado durante generaciones, no lo había marcado él solo sino 47 millones de españoles. Es decir, todos nosotros.Ferran Torres tenía ocho años cuando John Carlin publicó su novela El factor humano y nueve cuando Clint Eastwood estrenó su película Invictus. Es difícil, pero no imposible, que Ferran sepa que su frase de los 47 millones es la reproducción casi exacta de la que dijo en 1995 François Pienaar, un fornido mozo rubio de ojos azules, capitán del equipo nacional de rugby de Sudáfrica, cuando, justo después de ganar el Mundial, un malévolo periodista le preguntó qué había sentido al verse arropado por los 60.000 sudafricanos que llenaban el estadio. Pienaar contestó con la frase más importante de su vida: que su equipo –los Sprinkboks– no había sentido el apoyo de 60.000 sino de 43 millones de sudafricanos. Es decir, todos. Con el presidente Nelson Mandela a la cabeza. Eso es lo que cuentan Carlin y Eastwood.Aquel periodista era lo que nosotros entendemos por un cabroncete. O todavía mejor sin el diminutivo. Llevaba meses escarneciendo a los jugadores, riéndose de ellos por lo malos que eran. Solo cuando concluyó la final, tras la victoria de Sudáfrica sobre los invencibles All Blacks de Nueva Zelanda, cambió de opinión con toda frescura y se puso a elogiar al equipo de su país. Exactamente lo mismo le ha sucedido a Ferran Torres. Muchos pontífices del periodismo deportivo, que se creen más importantes –frase de mi padre– que una mierda en un solar, y que saben que su audiencia crece o mengua en función de la virulencia de sus opiniones y sentencias, llevan mucho tiempo zahiriendo a Ferran por su inconsistencia, por su falta de calidad, por su medianía.Naturalmente, casi todos han cambiado ya de parecer. El gol de Ferran, como el de Iniesta de hace 16 años, está ya en la historia del deporte español y permanecerá en la memoria colectiva cuando todos nosotros hayamos muerto. También ellos. Y eso tapa muchas bocas… y muchas bocazas, por no decir todas. No es prudente enfrentarse a todo el rebaño que pretendes pastorear.Estamos viviendo ahora mismo las últimas horas de un milagro que se produce cada varios años. Ese milagro no es una deslumbrante victoria deportiva, sino el hecho de que tal victoria espante durante dos o tres días los miasmas del navajeo político y nos haga creer que vivimos en un país normal, que todos somos compatriotas, que remamos juntos como los noruegos, que lo más importante es precisamente eso y que, como dice el sabio Luis de la Fuente, "unidos somos más fuertes".Pero no se hagan ilusiones. Ese golpe de belleza y lucidez es siempre breve. Hay demasiada gente interesada en que no dure, en reanudar cuanto antes su siniestra y navajera pelea por el poder. La enseñanza luminosa de la victoria en el Mundial será olvidada muy pronto, y los 47 millones de Ferran volveremos a ser lo que somos todos los días: un nidal de insectos empeñados en medrar mediante el método de mentirnos y pisarnos la cabeza unos a otros. Así hasta el próximo golazo de La Roja. No tiene remedio. Pero qué bonito ha sido, ¿verdad?