La silla pierde a su jinete, pero permanece junto al cuerpo para prolongar un viaje que la muerte acaba de interrumpir. El caballo actúa entonces como vehículo para el más allá, porque acompaña al fallecido, conserva su rango durante el entierro y representa una continuidad de su vida después de la sepultura.

Su entrega también exige renunciar a un animal útil, valioso y capaz de trabajar, de manera que el rito expresa poder económico y respeto por la persona enterrada. La función asignada a cada ejemplar puede depender de su edad, su condición física y el lugar que recibe dentro de la ceremonia, una selección que los restos arqueológicos permiten examinar.

Novozavedennoye-III reservó los adultos para las ceremonias principales

Esa selección aparece con especial claridad en Novozavedennoye-III, un cementerio de túmulos situado en la región rusa de Stávropol y fechado aproximadamente entre 430 y 300 antes de Cristo. El estudio publicado en Journal of Archaeological Science: Reports examinó restos pertenecientes a entre 38 y 41 équidos y concluyó que los animales de cinco a 15 años dominaban las ceremonias principales.

Natalya N. Spasskaya, investigadora al frente del equipo, relaciona esta preferencia con ejemplares que se encontraban en plena capacidad física. Los individuos de uno a tres años aparecieron con mayor frecuencia en las fosas funerarias, probablemente preparados como alimento para las comidas de despedida.