Los dioses argentinos no mueren: se convierten para siempre en personajes de un tango.

El futbolista Diego Armando Maradona acabó su carrera en la triste final de 1990; el hombre Diego Armando Maradona cayó por el despeñadero de la vida cuando, tras el tristísimo Mundial albiceleste de 1994, fue sancionado por dopaje.

Leonel Messi, héroe hasta el penúltimo minuto, aspirante al balón de oro hasta el penúltimo minuto, lloró mientras sus compañeros desahogaban la rabia soltando tarascadas a los campeones. El mejor futbolista rozó el final glorioso y acabó en la pena infinita, en el gesto mezquino, en la renuncia a cualquier elegancia deportiva. Es decir, en tango.

“Uno va arrastrándose entre espinas y en su afán de dar su amor/ sufre y se destroza hasta entender que uno se ha quedao sin corazón”. Así se fueron Maradona y Messi. Con el corazón roto y el cabreo en la garganta. Ambos sufrieron la derrota definitiva en Estados Unidos. Casualidad, probablemente.

El Mundial de 2026 marca el adiós de Messi y confirma la hegemonía de una selección que, a diferencia de todas las demás selecciones, no es realmente una selección sino un equipo. España, campeona de Europa y del mundo, dominante también en fútbol femenino y en las categorías de jóvenes, se instala en la cúspide. Cualquier superlativo está justificado.